Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2005/05/01 00:00

¿Qué es lo más importante a la hora de escribir?

Cuando estoy en la ducha, o me subo al bus ejecutivo donde correré el riesgo de pescar una pulga, o escribo párrafos que nada tienen que ver con la literatura pero me van a dar el sustento, o me echo un polvo, o ejercito el pulgar haciendo zapping, o leo cuanta cosa cae en mis manos, o estimulo la deformación de un hueso de mi mano con el exagerado uso del mouse, o sufro por la mediocre selección nacional de fútbol, o me enrumbo ocasionalmente para recordar que ya no estoy para esos trotes, o pongo suma atención a cada paso para no resbalar y quebrarme el culo en el suelo permanentemente mojado del edificio donde vivo en Bogotá, o no hago nada... en cada una de estas situaciones y lugares -y en miles más- estoy atado a la historia de turno de que me obsesiona, que se atraviesa para restarme concentración y eficiencia. Como un tumor demandante de atención me atosiga hasta que no puedo más y corro a contarla -como sea- para deshacerme, por fin, de su presencia abusiva. El problema es que, una vez libre de ella, descubro que su compañía vampiresca me resultaba muy placentera y que si no la tengo aferrada a la nuca, jodiéndome, mi vida tiene menos sabor. Ahí vuelve y juega, y la busco con otro nombre y otra forma. Ese es el motor primario y último para ponerme a teclear historias cuando, si vamos a ser sensatos, podría estar dedicando ese tiempo a una actividad más amable con mi billetera.

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