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| 6/30/2008 12:00:00 AM

¿Quién es John McCain?

Nacido en una familia de militares, preso y torturado en Vietnam, John McCain fue considerado un héroe de guerra antes de meterse en política, donde ha asumido posiciones de centro en el partido republicano. Esta es su historia.

John McCain es el clásico héroe de guerra norteamericano. Su vida ha estado marcada por la milicia. Hijo y nieto de almirantes de la Armada, el candidato presidencial del partido republicano nació en Coco Solo, una base aérea en la Zona del Canal de Panamá el 29 de agosto de 1936. En aquella época, su padre, John Sidney McCain, cumplía tareas militares en el istmo, que se encontraba bajo control estadounidense. Vivía con su mujer, Roberta Wright, con quien había formado una familia cuyos antepasados incluyen un ayudante de campo del general George Washington y al mismísimo rey Robert the Bruce que se batió contra los ingleses en el Medioevo para que Escocia proclamara su independencia.

Tras haber pasado por casi veinte colegios debido a la carrera del papá, el joven McCain recibió su cartón de bachiller en un colegio episcopaliano (esa es su religión) del norte del Estado de Virginia, a las afueras de Washington D.C. Luego se entrenó como piloto en Pensacola (Florida) y terminó su preparación en 1958 en la Academia Naval de Annapolis, cerca de la capital del país. No fue un alumno brillante. “Era muy relajado, especialmente en matemáticas”, dice Mark Halperin, analista político de la ABC en Estados Unidos, en su libro ‘La guía de los votantes indecisos para las próximas elecciones’.

Seis años después se casó con Carol Shepp, una modelo de Filadelfia, y adoptó los dos hijos de ella. Posteriormente tuvieron una hija, Sidney, que nació en 1966. La vida en familia duró poco. En 1967, McCain fue destinado a la guerra de Vietnam, donde sobrevivió milagrosamente al ataque contra el ‘USS Forrestal’, en el que murieron 130 soldados norteamericanos. La suerte le cambió en cuestión de días. El 26 de octubre, mientras pilotaba un avión en su misión número 23, un misil tierra-aire lanzado por la guerrilla norvietnamita del Vietcong alcanzó de lleno el aparato. McCain se salvó gracias a que pudo oprimir el botón que lo lanzó por los aires.

Con lesiones diversas, fue capturado en el agua por el enemigo y conducido al campamento de Hoa, próximo a Hanoi, donde fue torturado largamente. Sufrió la fractura de sus brazos, lo que explica que hoy no pueda levantar las manos para peinarse en las mañanas o lavarse los dientes como los demás mortales. Sus captores no tardaron en darse cuenta de quién era. Artículos de portada en ‘The New York Times’ y ‘The Washington Post’ dieron la noticia. Los del Vietcong le ofrecieron la libertad inmediata, pero McCain se negó con el argumento de que, según las normas de la guerra, se iría a casa siempre y cuando liberaran primero a quienes habían sido detenidos antes que él. Le contestaron ‘no’, y McCain siguió preso, sufrió disentería y estuvo a punto de pegarse un tiro.

El drama terminó en 1973, después de cinco años y medio, cuando McCain volvió a Estados Unidos para someterse a un tratamiento sicológico tras el cual resquebrajó a base de infidelidades su matrimonio con Carol Shepp. El divorcio se hizo oficial en abril de 1980 y un mes más tarde se casó nuevamente con Cindy Hensley, casi veinte años menor que él, heredara de Anheuser-Busch, una firma distribuidora de cerveza. Al año siguiente, pidió la baja en la Armada y se mudó al estado de Arizona, donde ha vivido desde entonces con Cindy, que sigue a su lado y con quien tiene tres hijos aparte de Bridget, una niña huérfana nacida en Bangladesh que decidieron adoptar.

Fue en Arizona donde lo picó el bicho de la política. Primero llegó a la Cámara en 1983, y después, en 1987, logró un escaño en el Senado luego de que el célebre dirigente republicano Barry Goldwater dejara su curul. Como senador, ha formado parte de comités importantes como el de Relaciones Exteriores y Servicios Armados y se le ha conocido por diversas posiciones de centro, más bien alejadas de la derecha tradicional de los republicanos. “Por eso es que ‘The New York Times’ lo llamó ‘el subversivo’ alguna vez”, anota Halperin. De ahí que su reto sea convencer a los republicanos más derechistas de que él es miembro del partido.

Y es que McCain ha promovido la legalización de los inmigrantes indocumentados, se ha opuesto a los recortes tributarios impulsados por George W. Bush y ha sido partidario de que las campañas cuenten con financiación oficial. Pero, por contraste, se ha situado en la orilla contraria de quienes promueven los matrimonios homosexuales, se ha mostrado a favor de los tratados de libre comercio y ha sido uno de los mayores apoyos de Bush en la guerra en Irak. No sólo respaldó la invasión desde un principio, sino que votó ‘sí’ cuando el presidente pidió más tropas y más dinero para seguir en tierras iraquíes.

No es la primera vez que McCain se lanza a la presidencia. Lo hizo en 2000 y perdió frente al propio Bush. “No estoy haciendo campaña para ser alguien. Estoy haciendo campaña para hacer algo”, dijo en ese momento. Muchos los respaldaron inicialmente, ganó en New Hampshire a comienzos del año, pero cuando llegaron las elecciones primarias de Carolina del Sur fue literalmente aplastado por el actual inquilino de la Casa Blanca. Ahora, con casi 72 años, y no piensa que su edad (sería el dirigente más viejo en llegar a la Casa Blanca) vaya a convertirse en un escollo. Por algo lleva a su madre a las manifestaciones. A sus 95, está vivita y coleando.

Ya McCain tiene el número de delegados necesario para que la convención republicana le dé la bendición como candidato el próximo 5 de septiembre en St. Paul Minnesota. Le falta escoger su compañero de fórmula y terminar la campaña el 6 de noviembre, fecha de los comicios presidenciales. Es un hombre sencillo, de apuntes divertidos, pero hay quienes afirman que sufre accesos de cólera. No lo tiene fácil. Según todas las encuestas, su rival demócrata Barack Obama lo supera por seis puntos porcentuales o más. Eso no significa que esté pedido. Las cosas pueden cambiar. Lo dice la frase famosa: “Una semana, en política, es una eternidad”.
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