Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2005/06/25 00:00

Recuerdos de Tomás Eloy Martínez

Era un domingo de marzo o abril, caliente como todos los días de aquella semana santa de 1992. Abordamos juntos el ascensor del Ateneo de Caracas y allí Sergio Dahbar, me preguntó si conocía a Tomás Eloy Martínez. Su nombre era reverenciado con cierta solemnidad entre los periodistas de la generación anterior a la mía. Repetían uno de sus principios del oficio como si fuera una ley de la física: "Cada línea un dato". Y hablaban con nostalgia de los tiempos legendarios de El Diario de Caracas, periódico que Martínez había contribuido a fundar durante los nueve duros años de su exilio en esta ciudad, y que había renovado la prensa venezolana como casi ningún otro esfuerzo editorial.

Pero, a decir verdad, yo tenía 22 años aquel día y no me habían tocado en suerte esos tiempos de gloria. Era apenas un periodista en potencia y mi conocimiento de la obra de Martínez era mucho más reciente. Éste venía del semanario Domingo Hoy, que Dahbar dirigía, en cuyas páginas aparecían en forma regular sus crónicas y ensayos. Más tarde cayó en mi poder un ejemplar de segunda mano de Lugar común la muerte. Diría que fue ese breve libro lo que me devolvió la fe en que el periodismo puede también dar pistas de la misteriosa complejidad de la experiencia humana con una densidad y una elegancia totalmente diferente a la que encontraba en las noticias. 

De modo que era una forma extraña de conocer a alguien que admiraba por sus crónicas y cuyo sofisticado sentido de lo poético siempre tenía para mí un efecto hechizante. Después de las presentaciones de rigor, me hice el loco y ocupe con la mayor discreción un asiento en la sala donde en pocos minutos Martínez leería una charla magistral sobre el Nuevo Periodismo en América Latina. Lo primero que me sorprendió fue su capacidad para darle un sentido inusitado a nuestra propia historia. Para Martínez, el Nuevo Periodismo no había nacido en Estados Unidos, con Tom Wolfe y Gay Talese, como enseñaban en las escuelas de Comunicación Social, sino precisamente en Caracas, la tarde en que Gabriel García Márquez había desembarcado en el aeropuerto de Maiquetía con una maleta de tapas desconchadas.

Aquella vez no nos hicimos grandes amigos ni nada por el estilo. Sin embargo, el encuentro iba a ser la semilla de una amistad que comenzó a desarrollarse cuatro años más tarde cuando me fui a estudiar literatura en Rutgers University, sin la más mínima idea del lío en que me metía.

En este punto vale la pena referir uno de esos momentos que, dada su inclinación al azar, a Tomás Eloy le gusta tanto contar. Antes de partir a Rutgers, coincidimos una vez más en el Ateneo de Caracas. Esta vez él presentaba su novela Santa Evita y una multitud de admiradores en constante expansión lo seguía donde quiera que iba. Sin embargo, apartó tiempo para una conversación "seria" sobre su obra. Allí se me ocurrió escribirle en un papelito una pregunta sobre "Sitio y ocupación de Ramos Sucre", una de sus mejores crónicas. "¿Cómo hizo usted para saber que el poeta José Antonio Ramos Sucre se había suicidado con láudano si nadie le había hecho una autopsia?"

Tomás Eloy hizo gala del tipo de parábolas que hacen coincidir de manera perturbadora su vida y obra. La mención al láudano fue producto de una deducción luego del tenaz rastreo de los últimos días del poeta. Pero poco después de publicada la crónica, un familiar de Ramos Sucre lo llamó para preguntarle cómo se las había arreglado para descubrir un secreto que la familia había guardado con tanto celo por medio siglo.

En Rutgers nuestra amistad se hizo más estrecha y cotidiana. Tuve la suerte de ser su estudiante en dos seminarios y trabajamos juntos en muchas actividades que, de un modo u otro, invitaban a reflexionar sobre el periodismo y la literatura. Susana Rotker, su esposa -quien nos dejó grabado el dolor de su muerte prematura-, y él se convirtieron en padrinos cómplices de mi reciente matrimonio. Ambos abrieron las puertas de su casa y de su biblioteca con una generosidad infinita, aunque desde luego estoy claro que esto puede sonar como un halago hueco e hiperbólico.

En Rutgers pasé seis largos años, en los cuales las enseñanzas sobre la literatura y el periodismo saltaban como resortes en la conversación más casual. Se divertía como un niño hablando de política, cine o literatura, en conversaciones que estaban ineluctablemente trufadas por chismes y anécdotas maliciosas y mordaces. Pese a que su juicio suele ser directo e implacable, en lo personal sus comentarios eran siempre cuidadosos y esmerados. Si lo llamaba para pedirle consejo urgente sobre algún texto, se impacientaba si el documento demoraba más de 10 minutos en llegarle por el correo electrónico. Recuerdo que discutimos sobre el final de una crónica sobre una visita que hice a Nueva York dos días después del ataque del 11 de septiembre.

"Es muy impresionante ese descenso al infierno que muestras, pero el final la caga", me dijo al teléfono.

Le respondí que el final contaba literalmente lo que me había pasado en el vagón del subway de regreso a Penn Station.

"Sí, pero nada es literal en literatura. La realidad no es como sucede, sino como la contamos". Tomás Eloy prefería cortar la crónica con la imagen dantesca de las torres ardiendo a mis espaldas.

No sé si ese juicio se puede calificar como una lección de periodismo. Quizás los puritanos del oficio tomen estas palabras con animosidad como una herejía. Pero yo lo veo de otra forma.
 
Con demasiada frecuencia olvidamos que lo maravilloso nos rodea y perdemos el instinto que nos permite la posibilidad de mirarlo y apreciarlo. Pues bien, si algo distingue a Tomás Eloy es su ojo inexorable para captar los guiños insólitos -unas veces crueles e irónicos, otras risueños y cómicos- que la realidad nos depara a los mortales. Pocas veces Tomás Eloy quiere interpretar las fuerzas desconocidas que gobiernan el azar más allá de la voluntad humana. Se trata de una sabia maniobra que le permite eludir la calificación de esotérico. Pero al leer sus crónicas y novelas siempre se da vuelta a la última página con la rara impresión de que el misterio que interviene en nuestros destinos es el iceberg sobre el cual se empina su escritura. Lograr plasmar esto en el ámbito literario, donde el escritor cuenta con todas las licencias de la imaginación, es relativamente sencillo. En cambio, muy pocos logran la difícil tarea de disolver las divisiones artificiales entre periodismo y literatura sin traicionar los hechos. Y esa, aunada al manejo maestro de un lenguaje que avanza y retrocede entre lo poético y lo analítico, entre la memoria y el presente, es la fuerza indeleble de su prosa.

Para hacer justicia a este testimonio, al final debo reconocer que carezco una definición adecuada de Tomás Eloy Martínez. Pero sé, sin embargo, que llevo encima sus enseñanzas igual que los recuerdos entrañables de su amistad.

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