Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2005/04/10 00:00

Reforma Académica en la Universidad Nacional

El vicerrector académico de la Nacional defiende la reforma de los planes de estudio así como la decisión de jubilar a los profesores más antiguos y contratar a nuevos maestros.

Ninguno de los proyectos que adelanta la actual Dirección de la Universidad Nacional puede considerarse como producto original de la misma. En un momento u otro, todos ellos ya han sido han sido planteados por otras personas. Pero lo que sí es propio de esta Dirección es la decidida voluntad de realizarlos. Y en ese empeño ha contado con la ciega y obstinada oposición de algunos grupos minoritarios dentro de la comunidad universitaria. Es cierto que con su actitud lograron en un principio entorpecer una adecuada comprensión de las propuestas. Con todo, su influjo disminuye: al fin y al cabo, en una comunidad pensante, la cómoda instalación en estribillos repetidos como mágicos comodines hasta la saciedad no puede aspirar a efectos duraderos.

Esta Dirección también reclama el esfuerzo de traspasar los límites de la Universidad, para hacer partícipe a la sociedad de una discusión que le compete. La sociedad financia a la Universidad, tiene derecho a saber cómo son invertidos sus recursos, y tiene derecho a esperar los mejores rendimientos de esta inversión. Este esfuerzo de comunicación parece irritar a algunos: desgraciadamente la transparencia se la va muy mal con la agorafobia. Pero como al menos en este sentido soy claustrofóbico, van para el lector, en trazos muy generales, dos de los proyectos más importantes.

El primero de ellos es, sin lugar a dudas, la reforma de los planes de estudio. Decantada la espuma inicial, la propuesta empieza a ser analizada y también criticada en sus justas dimensiones, y es preciso reconocer que son los propios estudiantes quienes llevan aquí la delantera. En esencia, lo que hemos propuesto es revisar los actuales planes de estudio del pregrado, que en su mayor parte fueron concebidos durante los años 70 del siglo pasado. Esto no quiere decir que estemos proponiendo hacer tábula rasa con todo lo existente. De lo que se trata es de reconocer que, con los años, junto a lo básico suele decantarse lo accidental y pasajero. Si esto último fuese removido, tendríamos planes de estudio menos pesados, despojados de contenidos caducos. Así mismo, en nuestros días el ciclo completo de la educación universitaria se ha vuelto más complejo. Un médico que no esté actualizándose continuamente, muy prontamente dejará de ser un buen profesional. Y esto sucede en todas las ciencias y profesiones: la vida útil de un título se ha reducido porque los conocimientos que acredita viven menos tiempo que antes. Por eso se vuelven imprescindibles las especializaciones, las maestrías y los doctorados. Son las fases de la educación en las que se adquiere y se produce el conocimiento, siempre cambiante, llamado de punta. Dicho sea de paso, en este tipo de estudios el país se enfrenta a un déficit alarmante: para dar sólo un ejemplo, en Colombia formamos 0.4 doctores al año por millón de habitantes, frente a 294 en Alemania, o 31 en el Brasil.

La consolidación de los estudios de postgrado nos permite ahora una redefinición de las metas que haya de proponerse la educación en el pregrado. Valga aquí el popular dicho: "el que mucho abarca, poco aprieta". Como ya no se trata de transmitir toda la información que constituye un determinado campo del saber -tarea por lo demás imposible-, el pregrado puede concentrarse en la formación en hábitos y disposiciones básicas, así como la transmisión de aquellas informaciones imprescindibles para un ejercicio profesional de calidad, o para profundizaciones investigativas ulteriores. En ningún caso puede olvidarse que las posibilidades de aprender sólo terminan con la muerte.

El segundo proyecto tiene que ver con el "relevo generacional". Entre el presente y el próximo año, cerca de 600 profesores habrán cumplido con los requisitos necesarios para el disfrute de su jubilación. En cualquier momento, un buen número de ellos podría decidir hacer efectivo, de manera inmediata, tal derecho. A lo anterior se suman los proyectos en curso de reforma pensional, que afectan seriamente la remuneración del jubilado. Si su aprobación resultase inminente, es indiscutible que el proceso de jubilación se aceleraría. Cumplidos los requisitos de ley, el docente tiene pleno derecho a hacer sus cálculos, y a tomar las decisiones que más le convengan. Pero resulta ridículo, por decir lo menos, que lo que se reconoce al docente, se le niegue a la Institución. Cumpliendo los requisitos de ley, ésta no sólo puede, sino que debe hacer sus cálculos, y tomar las decisiones que más le convengan.

A la Universidad le conviene conservar a aquellos profesores que, aunque en condiciones de disfrutar de su jubilación, por la excelencia de su trabajo se han convertido en pilares de la misma. No es la simple antigüedad la que hace valiosa una trayectoria. Y son las propias comunidades científicas, profesionales o artísticas las que han de configurar los criterios que permitan distinguir con objetividad a aquellas trayectorias valiosas. La Universidad solicitará a esos profesores su permanencia, con el fin de que introduzcan a su flujo vital a las nuevas generaciones.

Dentro del proyecto de "relevo generacional" cabe mencionar la propuesta del estatuto que ha de regir los procesos de ingreso y la permanencia y promoción de los nuevos profesores. Se plantea allí la necesidad de reclutar decididamente profesores con título de doctorado. En la actualidad, sólo el 2% de los profesores universitarios del país tienen tal título, y sólo el 16% en la Universidad Nacional. Se considera igualmente necesario establecer niveles mínimos de productividad por parte de los docentes, ajustados siempre a las peculiaridades de su área de conocimiento, o a su categoría. Lecturas si no de mala fe al menos atolondradas, pretenden encontrar en la propuesta estatutaria un espíritu punitivo. No obstante, de lo que se trata es de establecer niveles mínimos, realistas pero efectivamente exigibles de productividad. Para quien tenga la vocación y la formación adecuada, tales exigencias serán entendidas como reglas de juego, sin las cuales ningún juego es posible.

Un último aspecto del proyecto de "relevo generacional" es el Concurso especial de Méritos 2017. Se trata de un esfuerzo para dotar a la Universidad de un cuerpo profesoral óptimamente calificado, en todas las áreas del conocimiento, y con miras al año 2017, cuando la institución estará cumpliendo 150 años. Tan sólo a dos semanas de abierto, el concurso cuenta con más de mil inscritos, 120 de los cuales tienen ya título de doctorado. Todas estas cifras contradicen el escepticismo estéril con que en ocasiones se busca paralizar toda iniciativa renovadora.

El pasado 29 de marzo el Consejo Superior Universitario aceptó la renuncia presentada por el doctor Marco Palacios, quien fuera Rector de la Universidad durante los dos últimos años. Los motivos de tal renuncia, de índole estrictamente personal, son, a secas, respetables. Quiero resaltar tres virtudes del doctor Palacios: en primer lugar, su honradez. Nadie, y en primer lugar sus detractores, podrá quejarse de no saber a qué atenerse en lo que a los propósitos de su gestión se refiere: desde el primer momento fueron claramente planteados, y a ellos siempre se atuvo. En segundo lugar, me parece que se trata de un hombre recio, a quien las circunstancias adversas no amilanan, y con quien no valen los chantajes. Finalmente, es una persona audaz, que pone apuestas altas. Agradecemos su gestión, y vamos a extrañar sus aportes. Pero algo tendría que quedar claro: en la Universidad Nacional está en juego un proyecto, y no una persona. Y hay un grupo humano que apoya tal proyecto, que se hace responsable de él, y que convoca a su alrededor al conjunto de la comunidad universitaria.

*Vicerrector académico de la Universidad Nacional

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