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| 2/2/2008 12:00:00 AM

Resistencia civil y arma política

La diferencia de la marcha de este lunes con las que se vivieron en España es que aquí hay una guerra, y no sólo una lucha antiterrorista. Por Marta Ruiz

Para muchos, la marcha del lunes es una muestra de resistencia civil. El despertar de una ciudadanía fragmentada que por fin se une en torno a una sola voz, para rechazar a las Farc. Otros, en cambio, tienen el presentimiento de que alguien está usando o usará esta manifestación como una poderosa arma política. Y lo que es más perturbador aún, como un arma de guerra.

¿Hay razones para tener tantas suspicacias?

Los escépticos suelen ser aguafiestas indeseados cuando las mayorías se han congregado bajo una bandera en apariencia indiscutible. Decirle no a las Farc es a primera vista una consigna ciudadana, que representa un sentimiento popular. Sin duda con esa buena fe los muchachos de Facebook la convocaron. Pero una vez la idea echó a andar, se fue cargando de contenido político. Si miramos el contexto en el que la marcha se produce, encontraremos que ésta ha sido objeto de debate porque su significado, y quizá sus implicaciones, van más allá de lo simbólico.

Esta manifestación se produce en un momento en el que el gobierno ha definido como el centro de gravedad de su política de defensa la disputa por la legitimidad. Parece haber entendido –finalmente- que la guerra contrainsurgente no se gana o se pierde contando los muertos que quedan tendidos en el campo de batalla, sino en la legitimidad que conquista su propio ejército, en detrimento de la su adversario. Esa es la lección que le dejó Vietnam a los Estados Unidos, y que ha sido incorporada en su nuevo manual de guerras contrainsurgentes. Hay que recordar que aún buena parte de la derecha estadounidense considera que Vietnam se perdió en los medios de comunicación, y en las manifestaciones públicas frente a la Casa Blanca. No en Saigón. Por eso que en la nueva doctrina contrainsurgente, para las llamadas guerras de cuarta generación, hay una simbiosis entre acción militar y política.

El temor de las fuerzas militares es que mientras han logrado debilitar a las Farc en el campo de batalla, y de eso hay suficiente evidencia, éstas terminen ganando oxígeno en el terreno político, sobre todo en Europa y América Latina, donde se venden como un movimiento que representa a las mayorías populares. Deja la sensación inequívoca de que un pueblo está en resistencia civil contra las Farc y se constituye en uno de golpes más duros a su ya casi inexistente legitimidad.

De paso, ratifica la idea joseobduliana de que en Colombia no hay guerra sino una amenaza terrorista. Las comparaciones tan fáciles que se han hecho con las marchas españolas dejan de lado dos elementos de contexto que hacen una gran diferencia. La primera es que en España no había una guerra. ETA era una amenaza a una democracia que le había costado mucho alcanzar a los españoles y los partidos –opuestos en casi todo- se unieron contra ella. Esta en cambio es una sociedad que apenas empieza a escarbar la tierra para conocer los horrores que se cometieron en nombre de la contrainsurgencia. Y a la que la acechan muchos más factores de violencia, incluidos, desafortunadamente, las violaciones a los derechos humanos por parte del mismo Estado.

La otra diferencia con España es que así las marchas nacieran de iniciativas muy espontáneas, rápidamente hubo organizaciones fuertes de la sociedad civil que las convirtieron en campañas más consistentes. Eso les dio trascendencia y cohesión por algún tiempo, antes de que, como parecía inevitable, la lucha contra ETA se convirtiera en un instrumento electoral. La marcha del lunes en todo caso será capitalizada. Facebook es un medio de convocatoria, pero no un partido ni un movimiento social. ¿Quién entonces convertirá la masiva protesta contra las Farc en su capital político?
El temor que suscita la marcha en muchos, y quizá no de manera infundada, es que se impongan los sofismas del gobierno, y la sociedad colombiana queme las naves de una salida política negociada. Con las masas no se juega. Si uno instala en el alma de un pueblo no un argumento sino un sentimiento movilizador – el repudio- eso puede terminar muy mal.

Una lectura del conflicto colombiano tan emocional es un arma de doble filo. La marcha aglutina a la gente alrededor de una consigna aparentemente simple. Como simple ha sido la lectura que tienen los sectores urbanos, sobre un conflicto profundamente rural como el que vive Colombia. Obviamente la simpleza es necesaria para poner a marchar una maquinaria de propaganda tan impresionante como la que hemos visto en estos días. Pero es la propia simpleza en los argumentos la que inquieta.
Aunque la marcha sea una genuina manifestación de resistencia civil, no por ello dejará de ser, de todos modos, una poderosa arma política. Con ella, el Estado está obteniendo una ventaja estratégica de largo plazo para ganar la guerra. Y eso es bueno, si esa arma se usa con sensatez, y no para incentivar el fanatismo. Pero en el corto plazo, esa misma arma también puede ser usada para propósitos menos elevados, de gobierno, partidistas, y hasta personales.

La marcha, con propósito o sin él, ratifica la tesis que expresó hace poco Rafael Pardo en su columna de El Tiempo: "las Farc son el problema y no la consecuencia del problema". Si el país se convence de esa tesis, la consecuencia es que el Estado tiene la obligación de ganar la guerra. Y pronto. Ya las disculpas de que los militares están solos, o que la guerra política de las Farc es muy fuerte, no funcionarán. El clima de opinión está dado para seguir en pie de guerra, y en el futuro se necesitará mucho esfuerzo para inclinar la balanza hacia una posible negociación. Habrá de correr mucha sangre antes de que el péndulo se devuelva y los colombianos avalen un proceso de paz con las Farc. Aunque sea uno tan ramplón como el que hizo este gobierno con los paramilitares.
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