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| 11/10/2002 12:00:00 AM

Retrato de un coronel con corazón

Con una campaña activa y luego de ganarle, con 20 por ciento, la primera vuelta electoral al magnate bananero Alvaro Noboa, el ex coronel Lucio Gutiérrez aspira a ser presidente del Ecuador el próximo 24 de noviembre. Estos han sido los comicios más reñidos desde la restauración de la democracia hace 23 años.

Esta vestido de militar, la tela estampada como un mapamundis verde, negro y beige. Coge el micrófono en su mano derecha. Lo toma de manera natural y engañosa como si desde pequeño hubiera hablado en frente de multitudes. Lo envuelve con sus cinco dedos carnudos y lo acerca a sus labios rojos y gruesos. Su pelo es negro como la media noche. Su piel es chocolate. Tiene un lunar, como una enorme aceituna, entre sus ojos color café. Su mano izquierda se extiende hacia el cielo, abrazando la mano de Antonio Vargas, un fornido líder indígena. Tres walkie-talkies descansan a sus pies. Y sus antenas negras sobresalen hacia arriba, igual que las manos de miles de indígenas reunidos celebrando la desbancada del presidente ecuatoriano Jamil Mahuad.

Sucede en Quito a las 11:44 de la noche del 21 de enero de 2000. Es el coronel Lucio Gutiérrez en la, ahora, histórica foto que mostró al mundo el poderoso broche de manos. Esa foto mostró la unión entre militares e indígenas en el Ecuador y el divorció con los políticos corruptos.

Tiempo después, el nombre de Lucio Gutiérrez empezó a sonar para la primera vuelta de las próximas elecciones presidenciales del Ecuador. Esos ojos nebulosos y hambrientos del coronel ya hacían notar la ilusión. Mucho trabajo y una campaña activa lograron que el coronel ganara la primera vuelta con casi el 20 por ciento de los votos el pasado 23 de octubre. Una gran sorpresa para los seguidores del millonario bananero Alvaro Noboa, quien recibió cerca de 17 por ciento de apoyo. Después de haber sido acusado por Human Rights Watch de explotar a los niños menores de edad que trabajan en sus plantaciones, Noboa murió ante la opinión pública internacional.

Los resultados de la primera vuelta presidencial en el Ecuador son una victoria para la democracia de ese país ya que muestran que los más pobres, casi siempre representados por los indígenas, confían en las urnas para los cambios que están esperando. Lucio Gutiérrez, de 45 años, ganó gracias a los votos de 14 provincias pobladas por indígenas que ven en él la llegada del Pachakutic -el retorno al espacio cultural, político y territorial del indígena-. A diferencia de la primera vez, que el coronel se tomó el poder por la fuerza, para estas elecciones pretende llegar por la vía legítima al poder.

Sus críticos lo comparan con Hugo Chávez, otro militar político que estuvo encarcelado por liderar un golpe de Estado. Sus adversarios lo pintan de reaccionario y temperamental, cómo un volcán. "Comunista!" le gritan. En parte tienen razón, y no sólo porque el coronel cuenta con el respaldo de los sindicalistas y el partido Marxista-Leninista ecuatoriano. De hecho, no son los militares de alto rango quienes lo apoyan, sino los soldados rasos.

Yo tuve la oportunidad de seguir al coronel, como una sombra que no se va, por varios días en agosto de 2000. Lucio Gutiérrez acababa de pasar 141 días en la cárcel. Meditaba sobre su carrera militar perdida luego de que lo habían despojado de su título. "Mahuad se cayó solito. El no hizo nada contra los banqueros corruptos. Entonces, el pueblo le revocó el mandato. Es así de simple", me dijo en ese momento. "Los poderes económicos y políticos de este país están unidos, chupando la poca sangre y plata que queda. Es prácticamente un genocidio que están presionando sobre la gente. Lo que queríamos era poner a temblar la mesa para que la corrupción se cayera, y así habríamos conseguido una verdadera democracia", agregó luego de pegarle con su puño a la mesa donde estábamos. Hizo que dos velas blancas se cayeran del candelero.

El coronel y yo hablamos en el comedor de su casa en El Batán, un barrio quiteño de clase media. La casa era inmaculadamente limpia. Los pisos brillaban. El espejo del hall, enmarcado en madera pintada de oro, resaltaba la lámpara de vidrio, imitación bacarat, que brillaba como las estrellas. Las escaleras principales, enrolladas como el abanico de una dama, no tenían una mota de mugre. El sofá de la sala estaba protegido por una vieja sábana como si ese cuarto no se usara nunca.

La semana pasada en Nueva York, en reuniones con inversionistas de Wall Street y delegados del Fondo Monetario Internacional, el coronel siguió insistiendo en que su gobierno le pondrá más atención a gastos sociales, como la construcción de colegios, que a las presiones del mercado. Aseguró que antes de hacer cualquier cosa va a limpiar la casa. Sin embargo, demostró que apoya los conceptos de disciplina fiscal y de ley. De igual manera, aceptó la importancia de establecer credibilidad con los inversionistas extranjeros y lograr un acuerdo con el FMI.

El presidente estadounidense George Bush aprobó el Atpdea (Andean Trade Promotion and Drug Erradicación Acta) el pasado 31 de octubre. Así, Ecuador está de nuevo considerado para un acceso preferencial a los mercados americanos. Esto disminuiría la tendencia que tiene Ecuador de contar únicamente con las exportaciones petroleras.

Aquel día en su casa, el único desorden era en la mesa del comedor en la que comimos palomitas de maíz y tomamos café negro. Tenía un mantel de encaje blanco, enterrado en bultos de periódicos, revistas y unos documentos legales. El coronel había convertido este espacio en su oficina, y los papeles firmados por un abogado contaban cómo este hombre batallaba para sacar al resto de sus cómplices de la cárcel. El había sido liberado, porque no le convenía a Gustavo Noboa, el vicepresidente de Mahuad, quien subió al poder después del golpe de Estado, alimentar las emociones del pueblo que apoyaba a Lucio. Pero dentro del calabozo se quedaron sus soldados de bajo rango.

El día que se cayó Mahuad, quien salió temblando y con chaleco antibalas, llegaron más de 10.000 indígenas a Quito, caminando, a caballo y otros en camiones, amontonados unos encima de los otros. Se desplazaron de todas las regiones del país, de la Costa, del Amazonas y de las montañas de los Andes. Todos unidos en una misma causa de protesta: parar las privatizaciones y la dolarización, las reformas que Mahuad había aprobado 12 días antes. Estaban armados con palos y machetes.

"Nos ordenaron que les disparáramos. Teníamos dos opciones: disparar o unirnos. Nos unimos al pueblo porque su demanda era legítima", me dijo el coronel esa tarde. La sangre indígena hubiera corrido por las calles de Quito, inundando las iglesias católicas. Hubiera sido como en los primeros videos de MTV de Madonna: se habrían manchado de rojo oscuro, el tono de los claveles en los arreglos funerarios, las estatuas de las Vírgenes y de Jesucristo, reliquias que trajeron los conquistadores desde España. El coronel se rehusó a llevar a cabo tal masacre.

Ese es el lado carismático y austero de Lucio Gutiérrez. Paciente. De voz dulce. El sensible moralista que se convertirá en el próximo presidente del Ecuador antes del nuevo año.

*Corresponsal de SEMANA en Nueva York

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