Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2008/06/25 00:00

Revelan vuelos de la muerte durante la dictadura de Noriega

Tras 25 años de silencio, un grupo de ex militares reveló al diario panameño ‘La Prensa’ que en Darién se lanzó desde helicópteros a una veintena de extranjeros, entre ellos varios colombianos. Investigación de Santiago Fascetto.

"Más allá, el mar. Detrás del edificio -y antes del agua- se encuentra la pequeña cárcel. Allí iban a parar los indocumentados que ingresaban a Panamá por la frontera con Colombia".

El lunes en que iba a morir se levantó temprano. O, mejor: el día en que lo iban a asesinar lo despertaron temprano.
No hubo advertencia previa, el lunes en que el Paisa Arévalo iba a morir pensó que volvía a Colombia.

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A La Palma, la capital de Darién, sólo se puede llegar por agua o por aire: no hay carreteras habilitadas. Una enorme lengua de mar atropella a la selva y la invade casi hasta la mitad del istmo. A un costado de esa impertinente masa de agua se levanta La Palma, un pueblo de caseríos de madera que nacen sobre el agua y mueren arriba de una colina.

El cuartel militar -cuadrado, verde, castrense- está ubicado sobre la angosta calle principal. Una alta reja negra separa la vereda de la puerta de ingreso al edificio.
La parte posterior del terreno muere en unas rocas. Más allá, el mar.
Detrás del edificio -y antes del agua- se encuentra la pequeña cárcel. Allí iban a parar los indocumentados que ingresaban a Panamá por la frontera con Colombia.

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Había desayunado con la certeza de cada mañana: creyendo que, al día siguiente, repetiría esa rutina inocente de pan y café.

Pero al rato, sin advertencia previa, lo hicieron formar junto a otros tres presos -dos colombianos como él y un peruano- en el patio del cuartel.

Iban -les mintió el jefe de la cárcel- a ser deportados a Colombia.

Eran las 7:30 de la mañana del último día en que el Paisa Arévalo -unos 27 años, tez blanca, pelo cholo, nacido en la zona colombiana de Antioquia y detenido hacía tres meses por pecado de indocumentación- iba a estar vivo.

En el libro de registros de la Sala de Guardia del cuartel de La Palma, aquella mañana de marzo de 1983, el jefe de la cárcel anotó los cuatro nombres para cumplir con el trámite migratorio.

No era la primera vez que respetaba ese paso burocrático: en aquel momento había un promedio de 30 indocumentados, como el Paisa Arévalo y sus compañeros, que perdían el tiempo en la prisión. En su mayoría eran colombianos, peruanos y ecuatorianos.

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El capitán Luis "Papo" Córdoba llegó a La Palma el 9 de noviembre de 1982. Iba con la orden de hacerse cargo de esa provincia.

Para entonces, en la capital del país la transición había comenzado dentro del régimen militar y sólo faltaba que Manuel Antonio Noriega pusiera el día y la hora para adueñarse de Panamá. Atrás, en la cima impenetrable del Cerro Marta, había quedado el dudoso accidente aéreo que le costó la vida a Omar Torrijos en 1981.

Las intrigas dentro del poder, tras la muerte de Torrijos, generaron cambios dentro de la cúpula militar, uno de ellos fue la llegada de Luis "Papo" Córdoba a Darién.

El gran poder, unos 170 militares a sus órdenes, le permitía a Luis "Papo" Córdoba manejar sin ser manejado: desde el cuartel de La Palma mandaba a detener a alcaldes, representantes o cualquier otra persona que le disputase su trono.
Él era dios y diablo jugando en el purgatorio de Panamá.

***

El ruido del helicóptero rajó la calma del patio del cuartel de La Palma.

Eran las 8:30 de la mañana cuando el Paisa Arévalo subió a la aeronave junto a sus tres compañeros. Los acompañaba un grupo de militares de la Primera Compañía del 4to Batallón Cémaco.

El calor pegajoso del verano empezaba a golpear. Desde la puerta del cuartel salió una figura maciza. Caminó los pocos pasos que separaban al edificio del patio del cuartel, en el que funcionaba el helipuerto. De un brinco, decidido, se subió a la máquina.
Era Luis "Papo" Córdoba.

Los cuatro extranjeros indocumentados iban a ser expulsados. Iban a ser dejados en Paya -un pobre rancherío de indígenas a pocos kilómetros del departamento colombiano del Chocó- para que, desde allí, caminaran hasta la frontera.

El Paisa Arévalo no habló durante todo el viaje.

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Durante 1983, en la zona del Darién, cuando años antes de la invasión gringa la Fuerza Aérea se llamaba Fuerza Aérea Panameña, los cielos eran dominados por dos helicópteros marca Bell: los modelos UH-1H y B.

La aeronave Bell UH-1H tenía capacidad para 14 personas incluidos los tres tripulantes. Y si se viajaba con mucho equipo el número se reducía a 12.

Un antiguo piloto que trabajó durante esa época en el Darién dice que el helicóptero “estaba a disposición” de Luis "Papo" Córdoba.

Y se hacía lo que él ordenaba. La rutina militar, estricta, de relojito.
Y, dice el ex piloto, que desde La Palma salían misiones todos los días.

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No habló.

El Paisa Arévalo no pronunció una sola palabra mientras el helicóptero se elevaba y enfilaba hacia el Golfo de San Miguel, en el océano Pacífico.

El aparato iba con las puertas abiertas. Al Paisa Arévalo y a sus compañeros los sentaron allí mirando hacia afuera con los pies apoyados en los estribos del helicóptero.
Nada los sujetaba a la aeronave.

Abajo, el mar.

***

Las rutas que más transitan las personas que llegaban – y aún llegan- a Darién desde Colombia son tres: la ruta a Candí, por el río Tuquesa; la ruta a Paya, por el río Tuira y la ruta “de la frontera”, que empieza en Juradó (Colombia) y termina en la panameña Jaqué, en las costas del Pacífico.

Las rutas, que no son tales pero que todos en la zona llaman “las rutas”, atraviesan el llamado Tapón de Darién, una selva insondable que interrumpe el paso del sur al norte del continente americano.

Por una de esas rutas había llegado el Paisa Arévalo desde Colombia en tres ocasiones. Las dos primeras veces había sido devuelto a su país.

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El primero en caer fue el peruano. Luis "Papo" Córdoba dio la orden, un instante, un empujón y un grito. Mientras el peruano desaparecía en el mar, el Paisa Arévalo no habló.

Tampoco habló cuando la máquina cambió de rumbo y volvió a internarse en el continente rumbo al río Tuquesa. Ni cuando Luis "Papo" Córdoba, kilómetros arriba del río, otra vez dio la orden, y otro empujón, que esta vez fueron dos, y dos gritos. En segundos, a los dos colombianos se los tragó la selva.

El Paisa Arévalo tampoco dijo nada cuando en el helicóptero quedaron él, Luis "Papo" Córdoba y sus hombres.

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Los datos duros, los de manual escolar, dirían que la provincia de Darién tiene una superficie de 11 mil 896 kilómetros cuadrados y cuenta con 44 mil 953 habitantes según datos oficiales de 2007. Está ubicada en el extremo oriental de Panamá, limita con la provincia de Panamá y la Comarca Kuna Yala (norte); al sur con el Pacífico y Colombia; al este con Colombia, y al oeste con el Pacífico y la provincia de Panamá.

El manual diría, además, que la geografía es una planicie ondulada por la cual se desarrollan los valles de los ríos Chucunaque y Tuira; y está enmarcada por las áreas de las serranías de San Blas, Bagre, Pirre y del Sapo.

También que la población se caracteriza por ser escasa, estar dispersa y parecer heterogénea.


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Al momento de morir, el Paisa Arévalo tenía los ojos vendados.

El helicóptero había aterrizado en un claro, en la ribera del río Tuquesa, y ni siquiera entonces, cuando lo obligaron a bajar, y lo pararon ahí y le vendaron los ojos, el Paisa Arévalo dijo algo.

Sin hablar, y sin derramar ni una sola lágrima, caminó delante del grupo unos pocos metros con las manos detrás de la espalda.

Segundos después, una orden seca, y todos frenaron. El grupo levantó los fusiles en dirección al Paisa Arévalo, los rostros tensos, y el primer sonido retumbó entre los árboles.

El primero que habría disparado fue Luis "Papo" Córdoba y un segundo después el silencio se volvió a destrozar con una ráfaga de balas. Todos – todos – dispararon con sus fusiles. Luis "Papo" Córdoba quería que todos quedaran manchados de sangre.
Ahí, en ese claro de la selva sobre la ribera del río, el Paisa Arévalo quedó atravesado por las balas. Una o varias, de todas, fue la que lo mató. La que no lo devolvió a Colombia.

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Esto diría, también, el manual de colegio: en Darién se registraban –y se registran- permanentemente flujos migratorios muy significativos desde Colombia.

***

Lo enterraron ahí mismo.

Uno hundió el acero en el suelo y luego lo siguió el resto. Con las bayonetas de los fusiles el grupo comenzó a cavar una fosa justo al lado del cuerpo -el cadáver- del Paisa Arévalo.

Cinco minutos, 10 minutos, 30 minutos y el cuerpo del Paisa Arévalo terminó en el fondo de la improvisada fosa.

Volvieron al cuartel de La Palma dos horas después de partir.
La Operación Arévalo había terminado.

***

La Comisión de la Verdad - integrada por varias figuras civiles del país- se creó el 18 de enero de 2001 durante la gestión de la presidenta Mireya Moscoso. Su misión era contribuir al esclarecimiento de la verdad sobre las “violaciones de los derechos humanos fundamentales a la vida” durante el régimen militar que gobernó Panamá a partir de 1968.

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Nadie pudo explicar por qué al Paisa Arévalo lo pusieron frente a un pelotón de fusilamiento, por qué no lo tiraron, como a los otros, al mar o a la selva.
Nadie pudo explicar qué había en el Paisa Arévalo que faltaba en los otros.

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En abril de 2002 la Comisión de la Verdad presentó a la sociedad sus conclusiones: en 15 meses logró documentar 110 casos de personas asesinadas o desaparecidas.
En las provincias de Panamá y Chiriquí se dieron el mayor número de víctimas: 43% en la primera y 34% en la segunda.

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Le indicó que se acercara a la puerta. Era de noche: la noche del día en que habían matado al Paisa Arévalo. Le dijo que se alejara del grupo de compañeros que en ese momento tomaba cerveza en la cantina El Manolín, de La Palma.

Y en la puerta, con la mano en el hombro, le contó lo que había pasado esa mañana, y Juan Calzada, integrante entonces del G2 (el organismo de inteligencia militar), escuchó al hombre llamado Crisol Uriarte hablar por primera vez de la Operación Arévalo.

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Se arrima al borde de la silla y hace un gesto con la mano: la levanta y enseguida la baja. “Tiró un pocotón de gente”.

Se ríe, una risa nerviosa.

Un pocotón son muchos. No recuerda cuantos. Lo repite así: “un pocotón”.

Y tirar significa lanzar desde un helicóptero al mar o a la selva a los extranjeros. A los indocumentados, a los sin nombre que nadie reclamaría.

Siempre en el borde de la silla de una cantina del barrio de Calidonia, en Panamá, Julio Ortiz – moreno, alto, frente hacia delante, pelo enrulado– dice que la persona que los ordenaba era un sanguinario.

Habla de Luis "Papo" Córdoba.

- A los presos revoltosos los montaba en el helicóptero y los echaba por allá.
Dice Julio Ortiz. Y por allá es lejos, hace el gesto con la mano, por allá. Lejísimo.
- ¿Se podían negar?

- Nooooo, en ese momento la bota tenía mucho poder.

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El calor se puede oler mientras se baja por el Tuira, un río de aguas marrones que parte al Darién por su centro y llega casi hasta la frontera con Colombia.

Tras media hora de viaje desde Yaviza – donde se corta la carretera Panamericana- , el bote llega a El Real, un pueblo que congeló las agujas de su reloj 20 años atrás.

- Siempre había un problema en algún puesto: un transeúnte que no portaba la visa, que se resistía a no regresar porque el camino era malo y entonces se iba allá y se le traía a El Real y luego a La Palma.

La voz de Florentino Paredes, el hombre de mayor rango -después de Luis "Papo" Córdoba- que ejecutó la Operación Arévalo, retumba en la pequeña galería de su casa.
- Después se les registraba.

Florentino Paredes es moreno, musculoso, y tiene dos tatuajes gastados que se pierden en su piel negrísima. Habla y dice que a él le fue bien con Luis "Papo" Córdoba.

- Papo cuando tenía que ser militar era militar, cuando tenía que ser maestro era maestro, pero cuando había que tomar decisiones tomaba decisiones como un soldado.

Un gallo grita –se queja-; es casi el mediodía.

- ¿Participó de la Operación Arévalo?

- Arévalo era uno que traía indocumentados por el área de Tupisa; él explotaba al transeúnte.

Dice Florentino Paredes y dice que era un mercenario, dice que era una persona que le mentía a la gente, dice que le robaba y dice que los indocumentados llegaban a los puestos fronterizos sin dinero y estafados por el Paisa Arévalo.

- Comenzamos a tener incomodidad y ahí comenzaron esas operaciones.

Florentino Paredes no dice que lo mataron. Sólo dice: “ahí comenzaron las operaciones”.
Nada más.

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La Comisión de la Verdad documentó 22 casos de personas asesinadas o desaparecidas entre los años 1973 y 1983.

Ninguna de esas 22 víctimas del terrorismo de Estado era de la provincia de Darién. Dicho de otro modo: la Comisión de la Verdad no registró ni un sólo caso en Darién. Ni uno sólo.

Pero cinco ex militares que cumplían funciones en el cuartel de La Palma, en 1983, confesaron por primera vez a La Prensa, 25 años después, que existieron en esa época los llamados vuelos de la muerte.

Coinciden en que durante la época en que mandó en Darién, Luis "Papo" Córdoba habría “mandado a volar” por los aires a una veintena de extranjeros.

20, 21, 23 o 25, ninguno recuerda el número exacto.

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Tres de los cinco militares retirados que lo reconocieron dicen que era sólo diversión. Que no había ningún motivo político para arrojar gente desde los helicópteros, o llenarles el cuerpo de balas.

Que era sólo diversión. O el hartazgo de tener al cuartel de La Palma lleno de extranjeros indocumentados.

O no era nada: nada en el sentido de tener un sentido.

Se elegían al azar.

- Prepárame cinco para el jueves, ordenaba Luis "Papo" Córdoba, según cuenta el ex integrante del G2 Juan Calzada -tez oscura, bajo, cara redonda, barba prolija- en un local de comidas rápidas en la terminal de buses de Albrook, en la capital.

Y así se “preparaban” 5 ó 6 ó 3, agrega.

- ¿Se acuerda del rostro de alguno?

- No, de ninguno

No se acuerda. Casi nadie se acuerda de las caras.

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Los vuelos de la muerte no son nuevos. En 1995 el ex capitán de corbeta argentino Alfredo Scilingo confesó a un periodista que durante la dictadura de ese país (1976-1983) se tiró gente al mar desde aviones militares. Scilingo confesó que a las víctimas se les inyectaba un sedante.

- Se les informó que iban a ser trasladados al sur y que por ese motivo se les iba a poner una vacuna. Se les aplicó una vacuna... quiero decir una dosis para atontarlos, sedante. Así se los adormecía- le dijo Scilingo al periodista Horacio Verbitsky.

Una vez en el avión se les volvía a dar otra dosis de sedantes y, dormidos, se los tiraba al mar. Así: dormidos y pensando que iban a ser enviados a otro lugar menos amplio, menos extenso, menos profundo.

En Chile, durante el régimen de Augusto Pinochet, también hubo vuelos de la muerte.
La revelación de los ex militares del Darién suma a Panamá a esta lista.

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- Papo quería demostrarle su valor a Noriega, por eso pienso que hacía eso.

Dice Benito González - flaco, bigotes finos, pantalón camuflado, sombrero militar de tela- sentado en una humilde cantina sobre la carretera Panamericana en la provincia de Darién.

También dice que Luis Papo Córdoba se comunicaba bastante seguido con Manuel Antonio Noriega.

La comunicación fluida entre ambos no era nueva: Luis "Papo" Córdoba conoció a Manuel Antonio Noriega en 1974 cuando, a los cinco años de ingresar a la carrera militar, fue transferido a la sub jefatura del G2, el organismo de inteligencia militar que en esa época manejaba Manuel Antonio Noriega. Su paso por esa dependencia, en la que permaneció hasta 1981, le permitió a Luis "Papo" Córdoba entrar al círculo íntimo de Manuel Antonio Noriega.

- Hablaban por teléfono bastante seguido y Papo viajaba a Panamá para verlo.

Dice Benito González, a quien Luis "Papo" Córdoba no quería y por eso mandó matar dos veces, aunque al final –dice, aliviado- ningún oficial se animó a cumplir la orden.

- En esos tiempos no existían los Derechos Humanos, eso era algo internacional.

- ¿Cree que Manuel Antonio Noriega estaba al tanto de los vuelos de la muerte?

- No sé, pero hablaban bastante seguido...

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Luis "Papo" Córdoba dejó Darién, con el rango de mayor, el 15 de diciembre de 1983. Manuel Antonio Noriega lo trasladó a la provincia de Chiriquí, en el otro extremo del país.

La provincia cambió, pero él no.

Dos acontecimientos marcaron el tiempo de Luis "Papo" Córdoba en esa provincia: primero el homicidio del campesino Edwin Amaya, hecho ocurrido en 1984. Y después un incidente que sacudió los cimientos del país: el secuestro, asesinato y decapitación del médico Hugo Spadafora. Así, en ese orden: secuestro, asesinato, decapitación.

Del crimen de Spadafora se salvó: en un polémico fallo un tribunal de conciencia lo absolvió en 1993.

Igual, Luis "Papo" Córdoba fue a parar al calabozo por el crimen de Amaya: la Justicia lo condenó a 20 años de prisión en 1995. Recién recuperó la libertad en diciembre de 2004.
- Me acerqué a Dios.

Dijo cuando salió de la cárcel.

***

“No se trata solamente del derecho individual que toda víctima, o sus parientes o amigos, tiene a saber qué pasó en tanto que derecho a la verdad. El derecho de saber también es un derecho colectivo que tiene su origen en la historia para evitar que en el futuro las violaciones se reproduzcan”. La cita es de Michael Joinet, de la Organización de las Naciones Unidas, y fue citada en el informe de la Comisión de la Verdad.

Según los ex subordinados de Luis "Papo" Córdoba, nunca un pariente o un amigo llegó al cuartel de La Palma para preguntar por alguno de los indocumentados asesinados.

***

El salón está abarrotado de sillas de color rojo vino. Una fila detrás de la otra mira hacia un escenario que, al fondo, está adornado con una pared pintada de celeste y blanco. El cielo versión los de la tierra.

Es el “Palacio de la Vida Eterna”, un templo evangélico ubicado en el área de Tocumen al que ahora asiste todas las semanas Luis "Papo" Córdoba. Allí, desde hace dos años y medio, es predicador y uno de los líderes espirituales.

Cuenta un miembro del templo que cuando Luis "Papo" Córdoba salió de la cárcel en 2004 visitó varias iglesias y que, un día, mientras paseaba por el área, conoció ese templo y se quedó.

La Prensa intentó sin éxito tratar de conversar con Luis "Papo" Córdoba. La última vez que visitó -el viernes último- el templo se encontraba “predicando la palabra de Dios” en diferentes casas de la zona.

La máquina de su teléfono móvil recibió múltiples mensajes de voz. Fue imposible. Siempre tres palabras se escucharon tras el sonido característico de la central de mensajes: “Dios lo bendiga”.

***

Por el Paisa Arévalo nunca preguntó nadie.
Está desaparecido. 


Recuadro


Un ex G2, clave para la investigación

Las fuentes de la crónica.

La Prensa accedió al expediente militar de Luis "Papo" Córdoba para confirmar que estuvo asignado en Darién entre 1982 y 1983. En ese documento también figura su paso por el aparato de inteligencia militar (G2) cuando ese organismo estaba en manos de Manuel Antonio Noriega.

La investigación nació gracias al testimonio de un ex militar que integraba el G2 en Darién. Esta persona aseguró que existieron los vuelos de la muerte. La Prensa confirmó esa versión gracias al relato de otros cuatro ex militares, que hoy no tienen contacto entre sí y viven en diferentes lugares. De esos, cuatro colaboraron para narrar la historia del Paisa Arévalo y los extranjeros que fueron asesinados junto a este en marzo de 1983. Ninguno de ellos recordó la fecha exacta en que se llevó a cabo la Operación Arévalo, aunque sí el año y el mes.

Los detalles de la entrega del Paisa Arévalo los relató el ex miembro del G2 que tuvo participación directa en ese momento. Otros ex militares aportaron, gracias a conversaciones que tuvieron con participantes directos de esa operación, los demás detalles; los nombres de los participantes, sus últimos momentos y que se disparó contra el colombiano “a la orden” de Luis "Papo" Córdoba.

En la Dirección Nacional de Migración no existe ningún registro que pruebe que el Paisa Arévalo fue deportado a Colombia en marzo de 1983. La Prensa extendió la fecha y pidió que se buscaran, sin éxito, los registros de deportación en los meses de febrero, marzo y abril de ese año. Tampoco existen registros en el Ministerio de Gobierno y Justicia.
La investigación incluyó viajes al Darién y múltiples encuentros con ex militares en Panamá. Además, colaboró un ex coronel.

Sólo dos ex militares autorizaron a incluir sus nombres en esta investigación. No obstante, por razones de seguridad, La Prensa decidió mantener en reserva todas las identidades, por eso los nombres de los ex militares que hablaron se cambió por nombres ficticios.

Este diario organizó dos veces un encuentro con Luis "Papo" Córdoba, aunque él al final no asistió. Se le llamó por teléfono, además, al menos en siete ocasiones para volver a coordinar una cita. Hace una semana Luis "Papo" Córdoba dejó de atender los llamados de La Prensa.

Se dejaron al menos cuatro mensajes en las últimas 48 horas indicando el tema a tratar y las acusaciones. Igual, no contestó.


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