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| 6/9/2003 12:00:00 AM

A sangre y fuego

El próximo martes 10 de junio se lanza en la Biblioteca Luis Angel Arango A sangre y fuego: la violencia en Antioquia 1946-1953, editado por el Icanh y el Banco de la República y premiado por el departamento de historia de la Universidad de Harvard. Su autora, Mary Roldán, demuestra la manera como se combinaron tensiones entre la política regional y el débil estado central, prejuicios sociales e intereses económicos para convertir a la violencia en un modo predilecto de acción política. Lea un c

Introducción

Para muchos, Colombia y violencia son sinónimos. Después de todo, Colombia produce la mayor parte de la cocaína procesada y enviada al mayor consumidor de drogas del mundo, los Estados Unidos, y padece el crimen y corrupción que resultan de este comercio ilegal. Colombia también alberga la más antigua insurgencia guerrillera del hemisferio occidental; es el país donde ocurrió la mitad de los secuestros en el mundo durante el año 2000 y donde los paramilitares (grupos armados privados que asumen las funciones de fuerzas estatales en cuestiones de orden público) inscriben con motosierras mensajes amenazantes en los cuerpos de sus víctimas, en su mayoría campesinos; un territorio al cual los medios estadounidenses se refieren como "del doble del tamaño de Francia", donde el Estado central ejerce poca autoridad, y una democracia formal donde un puñado de familias monopoliza el control de los medios, la política y la economía (legal) del país. Además, hasta hace poco, la ciudad colombiana considerada la cúspide de la ilegalidad era Medellín, capital del departamento de Antioquia y durante la mayor parte de dos décadas, el centro financiero de una empresa global de narcóticos conocida como el cartel de Medellín.

Este libro no trata directamente de narcóticos, ni tampoco de la crisis contemporánea de Colombia. En lugar de ello, examina la experiencia del departamento de Antioquia (Véase mapa 2) durante los primeros siete años (1946-1953) de una guerra civil desencadenada entre miembros de los partidos Conservador y Liberal por el poder, período conocido como la Violencia. Mi propósito inicial no era establecer paralelos entre el período de la Violencia y la Colombia contemporánea, pero gradualmente llegué a concebir que la violencia del pasado y la reciente están entrelazadas de manera inextricable. Creo que puedo señalar con exactitud el día en que dejé de pensar en la Violencia como algo totalmente diferente de la realidad cotidiana colombiana. Me encontraba en mi oficina, preparando la última clase del semestre de mi curso sobre la América Latina moderna. En un momento de distracción, revisé mi correo electrónico. Había recibido un mensaje de un amigo de Bogotá, un compañero violentólogo de la Universidad Nacional, quien me decía que un colega de la Universidad de Antioquia, en Medellín, acababa de ser asesinado a quemarropa por tres individuos enmascarados que usaron armas con silenciadores. Mi amigo omitía en su mensaje el nombre del profesor asesinado, pero supe al leer el mensaje, con una certeza que no logro explicar, que se trataba de Hernán Henao, con quien yo había colaborado durante varios meses en un seminario interdisciplinario dedicado al análisis de la violencia en Medellín y a la reflexión sobre formas no violentas de terminarla.

No era la primera vez que alguien que yo conocía era asesinado. Durante un período especialmente horroroso, a principios de los años noventa, había funerales todas las semanas ?y a veces con más frecuencia? de profesores, periodistas, estudiantes o defensores de los derechos humanos. Durante el día, la gente hacía llamadas telefónicas frecuentes para informarles a sus seres queridos que iban camino a casa, que acababan de llegar a la oficina o que salían a hacer diligencias, porque cualquier retraso insignificante era causa de temor mortal. A pesar de esta familiaridad con la violencia, la muerte de Hernán me sumió en una profunda depresión y superarla me tomó varios meses. Ese día, deambulé por los corredores de mi edificio estremecida por el dolor. Una y otra vez se repetía en mi imaginación, la visión de Hernán agonizante en el charco de su propia sangre en su oficina del Instituto de Estudios Regionales (INER), que yo conocía como mi propia casa. Recuerdo mi sentimiento de ira, miedo, aturdimiento, incredulidad. No podía entender por qué razón habían matado a Hernán, un académico que había dedicado su vida a buscar la manera de negociar un espacio de tolerancia, respeto mutuo y pluralismo en una sociedad cada vez más polarizada, pero que nunca había abogado por la violencia ni participado en actividades violentas. Ni Hernán ni ninguno de los demás profesores del INER creían que las masacres, el desplazamiento forzado de personas o la violación persistente de los derechos humanos que tiene lugar diariamente en Colombia se podían atribuir a una única causa. Hernán y otros investigadores se habían acercado a las víctimas de la violencia de derecha y de izquierda ofreciéndoles consuelo, educación y programas para reconstruir sus vidas. Su asesinato carecía totalmente de sentido.

Sintiéndome traicionada y vulnerable, descubrí repentinamente la razón de ser del terror y la manera como funciona. Quiero decir que me di cuenta de ello en cada una de las fibras de mi cuerpo y no como una simple abstracción intelectual. Acababa de terminar una versión preliminar de este manuscrito y sentí que ya era incapaz de pensar más sobre la violencia. Soñé con maneras de dejarlo de lado, como si haciéndolo pudiera también olvidar la realidad de la violencia. Y, de repente, tuve la certeza de que aunque nunca pudiera establecer de manera absoluta la trayectoria de la violencia, ni aquello que la motivó exactamente ?incluso a pesar de no poder demostrar que hay una "verdad" objetiva de los hechos históricos? debía intentar rastrear, con la mayor exactitud posible, los hechos sombríos, a veces contradictorios y aparentemente sin relación entre sí, que conducen a la violencia. La única manera de superar mi propio terror era rehusándome a callar.

Este libro es el resultado de dicha certeza; es el producto de la convicción de que lo ocurrido en el pasado es fundamental para comprender lo que está ocurriendo hoy, y que es una obligación moral negarse a aceptar que la mayor parte de la violencia es incoada, casual o inexplicable. También constituye un pequeño tributo a las personas cuya insistencia en descubrir verdades indeseadas, a pesar de la intimidación, ha sido para mí una constante fuente de inspiración. El que yo haya tomado conciencia de la existencia de vínculos entre la violencia del pasado y el conflicto del presente, no debe entenderse como una creencia en que la violencia en Colombia sea, en cierto modo, inherente, singular, inevitable o estática. Por el contrario, si el caso de la Violencia en Antioquia llega a ser representativo de la violencia colombiana como un todo, lo significativo de este estudio es el descubrimiento de lo selectiva y concentrada que ha sido esa violencia ?supuestamente generalizada?, y hasta qué punto factores como la etnia y la raza, las diferencias culturales, la clase social y la geografía han moldeado la evolución, trayectoria, dirección e incidencia de la violencia en Colombia a lo largo del tiempo. El acto histórico de glosar la Violencia como un fenómeno generalizado le brinda poca atención a la memoria de aquellos que se negaron a tomar parte en ella y también a la de sus verdaderas víctimas, los miles de campesinos anónimos que murieron y cuyas voces han sido silenciadas u olvidadas. Hernán Henao se dedicó a aclarar las causas de la violencia y la identidad de sus víctimas, y este libro intenta, a su manera, perpetuar ese legado.

La Violencia en Antioquia

Se calcula que aproximadamente 200.000 colombianos murieron a causa de la violencia entre 1946 y 1966. Más de dos millones emigraron o fueron obligados a desplazarse de sus pueblos de residencia, la mayoría para no regresar jamás. El impacto de la Violencia fue tan contundente que produjo el único golpe militar del siglo XX en Colombia y dio lugar a un acuerdo sin precedentes entre los líderes de los partidos Liberal y Conservador para alternarse la Presidencia y compartir el poder durante casi veinte años.

De las regiones más golpeadas durante la Violencia, Antioquia ocupa el tercer lugar en el número total de muertes violentas registradas en el país entre 1946 y 1957, pues se calcula que aproximadamente 26.000 habitantes del departamento murieron a causa de la Violencia. Entonces, si en 1951 Antioquia tenía casi el 14% (1'570.000) de la población total del país (11'500.000), la cifra de muertes violentas se traduce en un tasa de mortalidad regional de aproximadamente 1,7%. En otras palabras, en Antioquia se produjeron muchas muertes, pero debido a que la población total de otros departamentos afectados gravemente por la violencia era mucho menor que la de Antioquia, el impacto de las muertes fue incluso más pronunciado en estos otros territorios. Antioquia también registró el octavo puesto en el cálculo de migraciones causadas por la violencia en Colombia (117.000), es decir, el 6% del total nacional de migraciones causadas por la violencia. Pero nuevamente, en términos regionales, los siete departamentos que preceden a Antioquia en las estadísticas tenían poblaciones totales significativamente más bajas y, por lo tanto, padecieron un desplazamiento de población proporcionalmente mucho más elevado que el de Antioquia. Lo que hace que el caso de Antioquia durante el período de la Violencia sea significativo no es el número de muertes o las migraciones que causó, sino los lugares del departamento donde se produjo y las razones que la generaron.

En este libro me apoyo en fuentes que hasta ahora no han sido utilizadas, como los archivos gubernamentales del departamento y los municipios, testimonios judiciales, registros parroquiales de muertes y entrevistas para contar una historia que, a la vez que hace eco de los hallazgos de investigadores que han rastreado la trayectoria de la violencia en otras regiones colombianas entre 1946 y 1953, plantea desafíos con respecto a dichos trabajos.

A pesar de ocupar el tercer lugar entre los departamentos más afectados por la violencia, Antioquia no fue azotada por la generalización de dicha violencia, ni la misma se pronunció o se concentró en los municipios productores de café del suroeste antioqueño, como se ha pensado a lo largo de la historia. En cambio, la violencia demostró ser mucho más severa en las zonas periféricas de Antioquia, donde, la tenencia de tierra, las formas de producción, la mano de obra y la autoridad del Estado fueron significativamente diferentes del paradigma predominante en los municipios de la zona central del departamento. En Antioquia, la etapa más temprana de la Violencia (1948-1953) marcó en formas indelebles las áreas situadas en la periferia, como las tierras bajas tropicales de Urabá, el Bajo Cauca, el Nordeste y el Magdalena Medio, y no el sector cafetero antioqueño ni los municipios situados en la región central (Véanse mapas 3 y 4).

Las estadísticas de muertes relacionadas con la violencia ofrecen un crudo indicador de las dimensiones espaciales y temporales de la violencia en Antioquia. La cifra total de muertes registradas oficialmente durante los años de la violencia oscila entre 22.210 en 1948 y 25.125 en 1951. Sin embargo, la cifra de defunciones correspondientes a tres categorías: "homicidio", "no definidas o mal definidas" y "otras muertes violentas", aumentó de manera significativa entre 1948 y 1951, y luego disminuyó hasta 1959. En 1951, el total acumulado de muertes clasificadas en estas tres categorías alcanzó un máximo de 10.212, cifra equivalente a casi un 41% de las muertes registradas ese año.

Las estadísticas de muertes recopiladas por la Gobernación de Antioquia (para uso interno, no para divulgación al público) ofrecen una imagen más precisa de la violencia en el departamento. Antes de 1949, el gobierno regional no mantenía un registro estadístico exclusivo de las muertes relacionadas específicamente con la violencia. Sin embargo, los datos del gobierno y las entrevistas a los sobrevivientes sugieren que la violencia fue esporádica entre 1946 y 1949 y se concentró en los pueblos situados en el centro del departamento, donde el número total de muertes relacionadas con la violencia fue bajo. Por ejemplo, en 1949, tres cuartas partes (12 de 16) de las muertes registradas oficialmente en los archivos de la Gobernación como consecuencia directa de la violencia tuvieron lugar en los pueblos ubicados en el centro del departamento. Sin embargo, para 1950, cambió el patrón de muertes esporádicas concentradas en la región central. Las muertes clasificadas específicamente como consecuencia de la violencia llegaron a los cientos en 1950 y se concentraron en los pueblos antioqueños localizados en el extremo suroeste (Urrao), en el occidente antioqueño y en las porciones del extremo oriental del departamento (el nordeste, el Bajo Cauca y el Magdalena Medio). En contraste, los municipios de la región central, como Medellín y los municipios industriales aledaños como Bello y Envigado, las zonas cafeteras del sur y el suroeste, el oriente cercano y las subregiones del centro-norte cercano reportaron muy pocas muertes relacionadas con la violencia entre 1950 y 1953. De hecho, la mitad de más de 4.000 muertes relacionadas con la violencia, registradas oficialmente entre 1949 y mayo de 1953, tuvieron lugar en tan sólo cinco municipios (Dabeiba, Puerto Berrío, Urrao, Cañasgordas y Remedios), todos situados en la periferia del departamento (Véase mapa 5; también apéndice A.1, A. 2).

Un 43% de todas las muertes relacionadas con la violencia registradas por el gobierno regional ocurrió en el occidente antioqueño y Urabá, 20% en el suroeste, 14% en la región del Magdalena Medio y 13% en la región del nordeste de Antioquia. Con la excepción del suroeste ?densamente poblado?, todas las áreas con altos porcentajes de muertes eran también las menos pobladas de Antioquia. La mitad de las muertes violentas registradas oficialmente entre 1949 y 1953, además, tuvieron lugar en el mismo año, 1952. Únicamente el municipio de Puerto Berrío dio cuenta de casi una cuarta parte del total. La naturaleza selectiva y concentrada de la violencia es aún más sorprendente al calcularse las muertes relacionadas con ella en términos de porcentaje de la población local. Según el censo de 1951, la cuarta parte del 1% de la población de Antioquia sufrió muertes relacionadas con la violencia entre 1949 y 1953, pero Puerto Berrío, ubicado en la región del Magdalena Medio, perdió un 6% de su población durante la violencia, mientras que Caucasia, en el Bajo Cauca, perdió un 14% de sus habitantes. Los municipios occidentales como Urrao, Dabeiba y Cañasgordas, perdieron entre 2 y 3% de su población en un período de tres años.

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