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| 4/5/2006 12:00:00 AM

“Si llegara Lothard, quedaría como suspendida, agarrada a él”

Viviana Esguerra entrevistó hace un par de meses a Rossy Cano, la esposa del alemán Lothar Hintze liberado este miércoles tras casi cinco años de secuestro. Esto era lo que ella se imaginaba que sentiría cuando regresara a la libertad

Conocí a Rossy Cano en el 2002, cuando le enviaba a Lothard mensajes radiales cargados de aliento, de amor y de optimismo. Su rostro dejaba ver unas ojeras que denunciaban mucho llanto y poco sueño.

Ella es una mujer muy guapa, la caracterizan su pelo rojo y su jovialidad. Me llamó a contarme que su esposo, quien hace 20 días cumplió cinco años de estar secuestrado, había regresado a la libertad. El operativo de rescate lo hizo el Comité Internacional de la Cruz Roja, y con la mediación de la Iglesia y el pago de un rescate, Hintze quedó libre. Reproduzco ahora la charla hecha en Bogotá, hace más de 3 meses.

El día que lo iban a secuestrar, Lothard Hintze, alemán radicado en Colombia desde hace dos décadas, secuestrado hace 4 años y 8 meses por el frente 25 de las Farc, en marzo de 2001, se levantó a las 3 de la mañana. Era viernes inicio de puente y junto con Rossy, su esposa, salieron de su casa en Bogotá a las 4 de la madrugada. Por tierra viajaron hasta Prado y allí se embarcaron en una lancha para llegar a la represa. Una vez ubicado en el hotel de su propiedad y a la espera de que muchos turistas los visitaran, empezó a trabajar mirando que todo estuviera al día: las motobombas, las plantas de luz, las neveras… luego de almorzar se acostó a dormir la siesta y se levantó a las 4 de la tarde. A las 5 estaban Rossy y Lothard en su apartamento privado cuando ella vio por la ventana que varios hombres vestidos de camuflado rodeaban la piscina.

- “Mi amor, llegó la guerrilla”, le dijo a su marido.
- “¿Será que quepo debajo de la cama?”, contestó él preguntando con voz temblorosa

Desde entonces, ella pagó tres veces por su libertad y tres veces las Farc le hicieron ‘conejo’. Por momentos pensó que lo mejor hubiera sido que a su esposo lo incluyeran dentro del grupo de canjeables que regresarían a la libertad una vez se diera el acuerdo humanitario. Otras veces, no supo qué pensar. Lo que Rossy sí tiene claro es la respuesta al preguntarle cómo se imagina el regreso de su Lothard.

“Lo pienso como un momento feliz, el momento más feliz de mi vida. Lo imagino como al gran hombre con todos los deseos de recuperar el tiempo perdido, yo me idealizo receptiva y resistente. Ese día quiero estar en condiciones óptimas físicas y mentales. No quiero dejarme influir por lo que cuentan las personas liberadas y sus esposas. Dicen que el regreso no es nada fácil, que hay un síndrome que se llama el del ‘día después’, que es cuando regresa el secuestrado y con él vienen los problemas, los disgustos, los reproches. A eso le temo, idealizo un hombre emprendedor y no que me reproche, que llegue con el velo de todos y preguntándome: ¿Qué hiciste, porqué no pagaste, porque no me enviaste mensajes? Uno está aquí tocando puertas y ellos en medio de su monotonía sólo esperan mensajes. El común denominador de los que retornan es el reproche y yo no quiero reproches”, aseguró.

Cuatro años y ocho meses después, Rossy mira hacia atrás. Se mira a sí misma y encuentra una persona cambiada. Esa Rossy de antes a marzo del 2001 lo tenía todo, o al menos así lo pensaba.

“Cuando secuestraron a Lothard, cuando me lo arrancaron de mis manos, empezó una pesadilla que aún no ha concluido. El instante de la retención fue tenaz, aún tengo esa película en mi mente, eso me marcó muchísimo… siento que soy otra porque me tocó enfrentar las situaciones sola. Me volví más humana, más amiga, mejor persona, hasta protectora con los demás. Conmigo misma me volví un poco dura porque siempre estoy insatisfecha. Nunca he estado equilibrada, siento que me ha faltado, uno empieza a sentir que esta persona está en sus manos. Veo cada liberado y me da cosquilla de envidia, uno pregunta porqué no el mío”.

¿Quién es Lothard?

Lothard es un sobresaliente comerciante alemán, reconocido en el mundo de los negocios bogotanos. Su esposa es quien en estos cinco años estuvo al frente de sus finanzas.

“Lo de todos para uno y uno para todos, lo que decía Dartañán, es pura fantasía. Me siento ahora más madura en el área social y comercial. La soledad ha sido dura. Antes era una persona sonriente y feliz, ahora mendigo compañía de familiares y amigos, ellos no tienen la culpa. Siempre todos preguntan lo mismo, siempre la misma respuesta: no ha pasado nada. Las expectativas cuando uno paga son muy grandes… en este momento yo ya casi no idealizo ese momento, lo he esperado tantas veces que ya perdí el impulso, ya son tres veces que he pagado”, dijo con resignación.

Como en el cuento infantil de El Lobito, Rossy esperó tanto tiempo a Lothard que, cuando él llegue, ella no va a estar lista ni esperándolo. Quizá lo esté esperando tiernamente, todo es hipotético, lo cierto es que su vida en pareja tampoco volverá a ser la misma que antes.

“Las estadísticas dicen que el liberado se muere porque no aguanta venir y ver un desorden total porque no están sus negocios como antes. Hay deudas, hay que trabajar para cubrirlas y siempre hay un culpable… quien regresa busca la culpa en la persona que se ha hecho responsable de la negociación. Creo que esto en la pareja va a ser bien complicado. Le pido a Dios que no, estoy dispuesta a dar todo de mí, pero este problema de tanto tiempo, esto de llevar un muerto vivo a las espaldas es muy difícil. Si el marido se murió uno vive el duelo, si se fue con otra, también uno vive el duelo, pero esto es por obligación y nos pasa cuando estamos absolutamente desprevenidos”.

Ella nunca tuvo hijos, pero tiene un sobrinito que nació veinte días después del secuestro de Lothard. Lo contempla, lo consiente y lo mira. Se convirtió en una personita grande mientras su marido ha estado muriendo en cautiverio.

“Esa rendición de cuentas cuando Lothard regrese va a ser jarta. A veces pienso que me va a preguntar qué he hecho por su libertad cada uno de los 365 días de cada uno de los casi cinco años que ha estado ausente. Creo que me va a hacer esa pregunta independientemente del desenlace que permita su regreso”, agrega Rossy.

A sabiendas de que esa pregunta le martilla su mente y consciente de que sólo la muerte de Lothard impediría que sus oídos la escucharan y ella la contestara, esta mujer sueña con su regreso. Siempre espera la llamada de Lothard diciéndole que está en un pueblo esperándola, pidiéndole que vaya por él, que lo recoja en la vera del camino.

Como pareja han convivido nueve años. Se casaron por lo civil en San Antonio del Táchira, en la frontera con Venezuela. “Viviendo solo y en cautiverio no le niego a Lothard la necesidad de un sentimiento. Igual aquí yo tampoco estoy exenta de encontrarme con alguien que pueda llenarme un vacío en mi cuerpo y en mi corazón como esposo, como compañero y como amigo. Amo a Lothard, pero en este momento no me negaría el derecho a sentir. No lo estoy buscando, pero si llega, lo viviría con plenitud. Quiero vivir el resto de mis años con mi esposo, lo sigo esperando, pero no me quiero secuestrar con él, tampoco quiero que me estigmaticen por el hecho de ser mujer”.

Su esposo tiene hijos. Hace año y medio recibió una serie de citaciones a juzgados de familias donde demandaban a Lothard por alimentos, y le tocó hacerle frente al caso. La mamá de uno de sus hijos es una mujer paisa, y otro pequeño lo es de una bogotana. “Con los hijos alemanes no he tenido problema. Sabía que existían sus hijos pequeños, pero apenas sus respectivas madres se enteraron del secuestro de Lothard, llegaron como chulos por su fortuna. En Colombia priman los derechos de los niños sobre los derechos de los secuestrados, por eso se me presentaron varias situaciones jurídicas y tuve que poner abogado”, sostiene.

“Me convertí en el blanco de todos. La Dian me iba a embargar la casa por no haber pagado impuestos. Las Farc me chantajeaban y extorsionaban a diario. Los hijos de Lothard y sus respectivas madres querían verme reducida a una pensión. Fue cuando conocí a un abogado. Él interpuso una tutela y la ganamos. Le concedieron a Lothard un tiempo después de su liberación para ponerse al día con el Estado y lo eximieron de toda sanción. Yo me sentía ahogada en medio de esos tres frentes. Hace pocos días llegaron las pruebas de supervivencia. Vi a Lothard amilanado, pidiéndome que lo sacara de allá, que hablara con los gobiernos alemán y colombiano. En el video me dice que quiere vivir lo que le quede de vida a mi lado”.

En la última prueba de supervivencia que llegó a sus manos ve a un hombre que no está ni enojado, ni enamorado, solo suplicante. Es entonces cuando se plantea dos preguntas. Si hoy fuera ayer, ¿qué haría distinto? y ¿qué pasaría si en este instante llegara Lothard? Esas respuestas si las tiene claras.

“Si hoy fuera ayer tomaría las riendas sola y desde el principio. Yo en medio de mi tristeza, recién sucedió el secuestro, hablé con la ex esposa de Lothard, con quien llegó a Colombia, de la que se divorció hace 18 años. Con ella busqué un asesor que no nos dio buenos resultados. No me atemorizaría por los otros casos y recordaría que no hay un patrón, que lo que le pasa a otras personas en su secuestro no necesariamente nos tiene que pasar a nosotros. Si en este mismo instante llegara Lothard correría hacia él, le daría un abrazo y estallaría en llanto. Quedaría como suspendida, agarrada a él”.
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