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| 5/12/2003 12:00:00 AM

Sobre la masacre en cautiverio

El señor Presidente volvió a tomar la palabra. Parecía necesario. Y comparó la estrategia de las Farc con la torpe interpretación que Stalin hacía de Maquiavelo: "Si el enemigo se muestra dispuesto al diálogo, eso es debilidad, hay que atacarlo más duro". Compara de paso su metodología frente a los violentos. Firmeza. El señor Presidente menciona compungido la llamada telefónica a la esposa de Gilberto Echeverri Mejía para darle la fatal noticia, algo atolondrado por instantes, pero sincero. El duelo. El señor Presidente al lado de la camilla del soldado herido pregunta cómo sucedieron los hechos. Repite ante los medios, ante el país entero, el segundo principio determinante de no ocultar nada. Aunque cueste la crítica. El daño. En todo el país la gente ha reaccionado con horror visceral ante la masacre en cautiverio de cada uno de los colombianos secuestrados por las Farc. No hay pausa para pensar estos hechos, tenemos que irlos escribiendo mientras los vamos describiendo. El intérprete de esta absurda guerra es testigo mudo. Tal vez sea el momento de plantear una pregunta simple: ¿Qué es lo que hace que estos asesinatos terroristas sean más dignos de condena que cualquier otra forma de asesinato? El señor Presidente emplea con rigor la palabra "terroristas de las Farc". Frente a lo sucedido estas palabras deben entenderse como una condena de los medios, no de los fines. Por cierto, quienes condenan el secuestro y la corrupción también rechazan con frecuencia los fines que se quieren alcanzar. Piensan que un Estado con tanta inequidad en la distribución de los ingresos no se puede dar el lujo de permitir estas formas de daño. Nadie puede emplear lo que es común como un medio en beneficio propio. Esta manera de ver las cosas no es tan sencilla como parece, porque no depende de un principio moral general que prohíba dar muerte a un civil. Condenar la masacre de los cautivos a quemarropa no necesariamente es profesar el pacifismo débil. El señor Presidente vuelve a referirse al acuerdo humanitario. No lo ha rehusado tercamente, no se niega su necesidad. Pero insiste, también tercamente en mirar las condiciones. No es una decisión de Estado fácil. Antes de su alocución, en la entrevista mostró sus dos manos, separándolas. En esta mano, decisión. En la otra, valores. El señor Presidente, a diferencia de su antecesor, sabe más. ¿Por qué remataron a los cautivos? ¿Para inducir al enemigo a un cese de hostilidades, alejarlo del territorio selvático? Morir es malo, cualquiera que sea la forma en que lo maten a uno. Entonces, ¿por qué ha de ser aceptable la masacre de los cautivos si ocurre como efecto de la lucha por la liberación revolucionaria del pueblo? No entendemos a las Farc. El señor Presidente citó de nuevo la entrega de muchos insurgentes, a Rafael ex comandante de las Farc. Comparo esta entrega con la captura de los líderes de Sendero Luminoso (aunque no lo mencionó explícitamente) Pero la prensa y los medios en Colombia creen que fue un espectáculo La mayor tragedia con la masacre no es política sino moral. Lo grave es la prohibición de buscar la muerte de una persona inofensiva. Se asume que cada colombiano es inviolable en este sentido hasta que se convierta en una amenaza para otros; por ello no se permite matar en defensa propia. Se trata de una exigencia general y estricta de respeto a la vida humana. Mientras no hagamos un daño, nadie nos puede matar. Y aún causándolo, nadie me puede matar con sus manos. Está la ley. Este mínimo respeto se le debe a todo individuo y no se debería violar. No se hace la revolución para matar a los inocentes. El señor Presidente estuvo acompañado por los comandantes de tropa. Los acontecimientos y los hechos fueron presentados con detalle. Casi fatigante. Las acciones encaminadas al rescate creaban riesgos. En esta situación, la meta era extremadamente importante. Cada paso se debía medir. No había prohibición moral siempre y cuando se tomasen las debidas precauciones. Minimizar los riegos del daño. El daño resulta infinitamente irreparable. No tiene valor. Naturalmente, las víctimas en cautiverio acabaron muertos, asesinados deliberadamente por las Farc. Hubo una orden categórica del 'Paisa'. Los muertos también quedaron categóricamente muertos. Pero en nuestra percepción de lo que moralmente nos debemos entre colombianos, hay una enorme diferencia entre esta masacre y los combates militares. La diferencia viene dada por la actitud de odio visceral que se siente hacia los asesinos. Mientras que la guerra en Colombia siga siendo un medio efectivo no podemos esperar que desaparezca. No obstante, debemos tener la esperanza de que se generalice la percepción del desprecio hacia la humanidad de los criminales, y que no se pierda como resultado de su huida montañas adentro. * Director del Seminario Problemas Colombianos Contemporáneos Escuela de Economía UIS festrada@uis.edu.co
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