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| 5/31/2006 12:00:00 AM

Solo el liberalismo aguantó el ciclón caudillista

A pesar de que casi todas las voces afirman que el liberalismo fue el gran perdedor de las pasadas elecciones, esa es una verdad a medias. De hecho, fue el único partido que logró preservarse del huracán personalista.

Quién perdió fue el sistema de partidos, a manos del caudillismo. La tradición rota es la de un sistema político basado en el manejo del Estado por parte de partidos políticos, que fue reemplazado, no ahora sino desde hace cuatro años, por un fenómeno común en América Latina pero nuevo en Colombia, el personalismo. Este fenómeno implica que el poder político no se encuentra en cabeza de una institución partidista, ni en una alianza de partidos, como se requiere en toda democracia sólida, sino que reposa en la figura carismática y de corte populista de Alvaro Uribe. Prueba de ello es que en las pasadas elecciones el triunfó no fue de un partido político.

La pérdida liberal es consecuencia de la desinstitucionalización progresiva de la vida política colombiana, que ha afectado a todos los partidos políticos. En manos del Presidente estaba cambiar esa tendencia, pues habría podido ganar su reelección a nombre de un partido nuevo, o del liberalismo, si realmente es liberal, en calidad de vencedor de la consulta popular.

La votación sustancialmente más alta de Uribe frente a la sumatoria de votos obtenidos en marzo por las colectividades que apoyaban su candidatura, confirma que la victoria corresponde a su persona, y no a que el bipartidismo fue sustituido por un sistema pluripartidista. El poder presidencial en Colombia no está en manos de una coalición de partidos, sino en cabeza de Álvaro Uribe.

Es indudable que las elecciones de 2006 representaron la protocolización del fin del bipartidismo colombiano. Pero precisamente por ello es destacable el hecho de que el liberalismo logró sobrevivir el embate del caudillismo, lo que no consiguió el Partido Conservador.

Y no puede decirse que los demás movimientos uribistas sobrevivieron el ciclón caudillista, porque quedó ratificado que las votaciones de marzo se deben exclusivamente a Uribe - a su jalonamiento político y a su gasolina clientelista. Estos movimientos ni siquiera se han consolidado como partidos, y está por verse si podrán superar su incoherencia ideológica, la competencia entre sí, la adicción al clientelismo y el desdén del Presidente. Porque el mayor enemigo de que los movimientos uribistas se conviertan en verdaderos partidos es Álvaro Uribe, por temor a ser extorsionado y sobrevivido por éstos, y por su naturaleza antipartidista.

Prueba de que Uribe es en realidad profundamente antipartidista es que llegó al poder enfrentando a los partidos políticos, que adelantó ambas candidaturas presidenciales desde un movimiento independiente, que niega la distinción entre derecha e izquierda, que adelanta directamente la relación con los electores, pero sobre todo, que ha rechazado hacer parte del Partido Conservador, que ha repudiado al liberalismo, que se ha negado a constituir un partido propio, y que el partido supuestamente suyo, la U, carece del elemento fundamental del partidismo – la plataforma ideológica.
El resultado favorable de Carlos Gaviria es una ratificación del ascenso del personalismo frente a al sistema de partidos. Al igual que los partidos uribistas, no está claro si el resultado del domingo consolidó al Polo Democrático, o si por el contrario lo debilitó, al constatarse que los votos del partido fueron menos de la mitad de los de su candidato, y al formalizarse la división entre el sector duro que representa Gaviria y el blando de Luis Eduardo Garzón. El caudillismo puede además convertirse en el vehículo para que otros líderes del Polo se escapen del lote en un futuro, para resolver así la división ideológica.

Sobrevivir al advenimiento del caudillismo, como logró hacerlo el liberalismo, no es cosa de poca monta. Ese no fue el caso de los partidos tradicionales en Venezuela con la llegada de Hugo Chávez, y en Perú solamente el APRA logró aguantar el embate de Fujimori. En los próximos días, con el regreso del aprismo al poder, veremos que tan significativa es la hazaña de César Gaviria al mantener vivo al Partido Liberal. Porque casi nadie duda que de no ser por el expresidente, entre Alvaro Uribe y Horacio Serpa habrían diluido para siempre al Partido Liberal.

Como no hay mal que por bien no venga, el liberalismo puede resultar ganancioso del vía crucis que ha recorrido en los últimos años. Logró romper el círculo vicioso del clientelismo que erosionó la legitimidad partidista, deshacerse de gran parte de sus cuadros más corruptos, y alcanzar la meta de la definición ideológica. Hoy los liberales, tienen la convicción de la necesidad de que Colombia recorra por primera vez el camino de la socialdemocracia, y tienen prácticamente limpias las manos de corrupción y politiquería. Esto es significativo frente a las candidaturas de Uribe y Gaviria, que invirtieron tantos esfuerzos en maquillar sus verdaderas inclinaciones en materia ideológica. Cuando las posiciones concretas sobre temas críticos como el TLC y la reforma tributaria desnuden las reales afiliaciones ideológicas del uribismo y del Polo, el liberalismo quedará solitario atendiendo el centro del espectro político.

El centro, tan mal visto hoy, puede ser la clave del éxito electoral en el 2010, luego de que los excesos personalistas, la feroz oposición desde la izquierda, y la tensión pendular hacia la derecha, convenzan a los colombianos de los peligros de la polarización. Porque Colombia tiene una particularidad que la ha hecho fértil para el centro – la guerra.

Luego del 28 de mayo, solo el liberalismo cuenta con algunos atributos importantísimos para la acción política efectiva: plataforma clara y consensuada, jefe único fuerte y de consenso, bancada unida, sintonía con la tendencia política continental, y política de paz mesurada. Y buenas posibilidades de ganar la próxima alcaldía de Bogotá en cabeza de Rafael Pardo.

Gran parte de los análisis electorales están escondiendo la realidad del avance vertiginoso de la personalización en la política colombiana. Se trata de un hecho de profundas implicaciones hacia el futuro. Si el segundo gobierno Uribe demuestra tendencias autoritarias, o si en el 2010 una izquierda de corte chavista alcanza el poder, será resultado de la derrota de la tradición partidista a manos del caudillismo que estamos presenciando. Eso hace afortunado que haya quedado vivo el liberalismo, como única expresión verdaderamente partidista. Ojalá ello contribuya a que la democracia colombiana sea la excepción a la tradición desoladora del caudillismo en América Latina
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