Sábado, 1 de noviembre de 2014

| 2007/05/07 00:00

A su estilo, con humor negro, el escritor Fernando Vallejo renuncia a la nacionalidad colombiana

Más irreverente que de costumbre, el controvertido hombre de letras y cine decidió dejar de ser colombiano y anunció que quiere morir en México, país que hace una semana le dio la nacionalidad.

Fernando Vallejo vive hace 37 años fuera de Colombia. Dice que no volverá porque este es un país mezquino.

Fernando Vallejo se salió de todos los moldes. Después de una vida desnudando a través del cine y los libros la “hipocresía de la sociedad colombiana” en la que nació, acaba de decidir que Colombia ya no es su país. Que lo deja por ser atropellador, asesino y mezquino. Que los malos recuerdos de las frustraciones vividas cada vez que intentaba acometer un nuevo proyecto artístico le colmaron la paciencia y que ahora, cuando acaba de recibir la nacionalidad mexicana, no volverá a la tierra en la que nació sino que se quedará a vivir en su nuevo país los días que le restan.

Pese a que su padre fue congresista, constituyente y ministro por el Partido Conservador y su hermano Carlos fue alcalde de Támesis, Antioquia, Vallejo prefirió denunciar la vida desde su particular visión, de la cual no se escapa personaje alguno del país. Nació en Medellín hace 65 años, en el seno de una familia de clase media y militancia política, temas a los cuales ha dedicado algunos de los más punzantes dardos de su obra. La religión, el narcotráfico, la violencia y la sexualidad también figuran entre los asuntos sobre los que más ha escrito y que mayor controversia han causado dentro y fuera del país. En varias ocasiones tuvo problemas para publicar sus libros en Colombia y desde en varios pasajes la iglesia católica se opuso a ellos.

El más reciente escándalo desatado por una obra suya ocurrió a raíz de una crítica a la religión escrita en la revista SOHO. Hasta dificultades penales tuvo por proponer una nueva lectura de los evangelios. Lo acusaron de agravios a la religión. Su respuesta, divulgada este lunes por Caracol Radio en el mismo comunicado de su insólita renuncia a la nacionalidad, deja claro que se reafirma letra por letra en lo que escribió y que para él Colombia tiene problemas mucho más graves que un escrito en contra de la iglesia: “¡Agravios a la religión en el país de la impunidad! En que los asesinos y genocidas andan libres por las calles, como es el caso de los paramilitares, con la bendición de su cómplice el sin vergüenza de Álvaro Uribe que han reelegido en la presidencia. Desde niño sabía que Colombia era un país asesino, el más asesino de la tierra, encabezando año tras año, imbatible, las estadísticas de la infamia. Después, por experiencia propia, fui entendiendo que además de asesino era atropellador y mezquino", escribió.

Su irreverencia le ha llevado a cuestionar a personajes como Gabriel García Márquez, de quien sostiene que es un buen contador de historias pero que escogió el modo “facilista” de escribirlas, pues narra en tercera persona. Por declaraciones como estas muchas personas en el país le han declarado su rechazo. Sin embargo, otras influyentes plumas, casi tan controvertidas como él, destacan las bondades de su obra. El escritor Antonio Caballero, por ejemplo, dijo alguna vez que "sólo me interesa Vallejo. Me parece un escritor extraordinario. Uno que dice lo que quiere, que es de lo que se trata. Repetitivo, claro: siempre quiere decir lo mismo”. Gustavo Álvarez Gardeazábal también lo resalta: “Hace rato que le han debido dar a Vallejo el premio Nobel, pues es el mejor escritor del país. Es superior a García Márquez"


El siguiente es el texto completo difundido por Caracol con el cual Vallejo comunica que su colombianidad se acabó.


"A México llegué el 25 de febrero de 1971, vale decir hace 36 años largos, más de la mitad de mi vida, a los que hay que sumarles un año que viví antes en Nueva York. ¿Y por qué no estaba en Colombia durante todo ese tiempo? Porque Colombia me cerró las puertas para que me ganara la vida de una forma decente que no fuera en el gobierno ni en la política a los que desprecio y me puso a dormir en la calle tapándome con periódicos y junto a los desarrapados de la Carrera Séptima y a los perros abandonados, que desde entonces considero mis hermanos. Me fui a Nueva York a tratar de hacer cine, que es lo que había estudiado, y de allá me vine a México y en pocos años conseguí que Conacite 2, una de las tres compañías cinematográficas del Estado mexicano, me financiara mi primera película, Crónica roja, de tema colombiano. Entonces regresé a Bogotá a tratar de filmarla con el dinero mexicano. ¡Imposible! Ahí estaba el Incomex para impedirme importar el negativo y los equipos; la Dirección de Tránsito para no darme los permisos que necesitaba para filmar en las calles; el Ministerio de Relaciones Exteriores para no darme las visas de los técnicos que tenía que traer de México; la policía para no darme su protección durante el rodaje y el permiso de que mis actores usaran uniformes como los suyos y pistolas de utilería pues había policías en mi historia... Y así, un largo etcétera de cuando menos veinte dependencias burocráticas con que tuve que tratar y que lo más que me dieron fue un tinto después de ponerme a hacer antesalas durante horas. Entonces resolví filmarla en México reconstruyendo a Colombia. En Jalapa, la capital del Estado de Veracruz, por ejemplo, encontré calles que se parecían a las de los barrios de Belén y de la Candelaria de Bogotá y allí filmé algunas secuencias. Con actores y técnicos mexicanos, con dinero mexicano e infinidad de tropiezos logré hacer en México mi película colombiana a la que Colombia se oponía, soñando que la iban a ver mis paisanos en los teatros colombianos. ¿Saben entonces qué pasó? Que mi mezquina patria la prohibió aduciendo que era una apología al delito. Una apología al delito que se basaba en hechos reales que en su momento la opinión pública conoció y que salió en todos los periódicos, la del final de los dos hermanos Barragán, unos muchachitos a los que la policía masacró en un barrio del sur de Bogotá. A cuantas instancias burocráticas apelé, empezando por la Junta de Censura y acabando en el Consejo de Estado, la prohibieron. Nadie en Colombia, ni una sola persona, levantó su voz para protestar por el atropello, que no era sólo a mí sino al sueño de todos los cineastas colombianos, quienes por lo demás, sea dicho de paso, también guardaron silencio. Como yo soy muy terco volví a repetir el intento con mi segunda película colombiana, En la tormenta, sobre el enfrentamiento criminal entre conservadores y liberales en el campo cuando la época llamada de la Violencia con mayúscula, y con igual resultado: no me la dejaron filmar, la tuve que hacer en México y me la prohibieron, aduciendo que el momento era muy delicado para permitir una película así. Como yo sólo quería hacer cine colombiano y no mexicano, ni italiano, ni japonés, ni marciano, desistí del intento. En alguno de mis libros, aunque ya no me acuerdo en cuál, conté todo esto pero con más detalle: los camiones de escalera y los pueblitos colombianos que tuve que construir, los platanares y cafetales que tuve que sembrar en las afueras de la ciudad de México, los ríos quietos como el Papaloapan que tuve que mover para que arrastraran los cadáveres de los asesinados con la ira del río Cauca, la utilería que tuve que mandar a hacer o traer de Colombia a México, como las placas de los carros y las botellas de cerveza... Nunca acabaría de contarte cosas. Te lo resumo en una sola frase: Colombia, la mala patria que me cupo en suerte, acabó con mis sueños de cineasta.

Entonces me puse a escribir y durante diez años investigué, día tras día tras día, en un país o en otro o en otro, en bibliotecas y hemerotecas de muchos lados, sobre la vida de Barba Jacob, mi paisano, el poeta de Antioquia, que durante tantos años vivió en México y que aquí murió, y acabada mi investigación de diez años en uno más la escribí y me puse a buscar quién la editara. Se acercaba el año 1983, el del centenario del nacimiento de Barba Jacob, y el Congreso colombiano se interesaba en ello. No creían lo que yo les contaba del poeta ni los años que llevaba siguiéndole sus huellas. Me pidieron que les mandara pruebas y les mandé entonces fotos e infinidad de documentos. Nada de eso me devolvieron, con todo se quedaron y el libro lo pensaban publicar en mimeógrafo. Les contesté que eso no sólo no era digno de Barba Jacob, un gran poeta, sino de ellos mismos, unos aprovechadores públicos que se designaban como el Honorable Congreso de la República. Que se respetaran. Entonces publiqué mi biografía Barba Jacob el mensajero en México con dinero de amigos mexicanos. Cuantas veces me ha podido atropellar Colombia me ha atropellado. Hace un año me quería meter preso por un artículo que escribí en la revista SoHo señalando las contradicciones y las ridiculeces de los Evangelios. Eso dizque era un agravio a la religión y me demandaron. ¡Agravios a la religión en el país de la impunidad! En que los asesinos y genocidas andan libres por las calles, como es el caso de los paramilitares, con la bendición de su cómplice el sinvergüenza de Álvaro Uribe que han reelegido en la presidencia. Desde niño sabía que Colombia era un país asesino, el más asesino de la tierra, encabezando año tras año, imbatible, las estadísticas de la infamia. Después, por experiencia propia, fui entendiendo que además de asesino era atropellador y mezquino. Y cuando reeligieron a Uribe descubrí que era un país imbécil. Entonces solicité mi nacionalización en México, que me dieron la semana pasada. Así que quede claro: esa mala patria de Colombia ya no es la mía y no quiero volver a saber de ella. Lo que me reste de vida lo quiero vivir en México y aquí me pienso morir".

Fernando Vallejo

México, mayo 6 de 2007

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