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| 9/12/2006 12:00:00 AM

Testimonio de la travesía por el desierto de una decena de colombianos que terminó en tragedia

Henry Rodas Restrepo protagoniza un sueño que terminó en pesadilla: su madre, Aurora Restrepo, murió al intentar atravesar el desierto de Egipto para llegar, de manera ilegal, a Israel.

Abandonado en Tel Aviv, la ciudad más grande del país en el que perfiló todas sus ilusiones, con el cuerpo cicatrizado por la inclemencia del desierto y con una deuda de 110 millones de pesos, Henry Rodas Restrepo le relató a SEMANA.COM los detalles de una tragedia que aún no termina.

“Hace tres meses las deudas de mi casa y las de mis padres llegaron a su punto más alto. En ese momento llegó a nuestros oídos la historia del sueño hebreo: poco trabajo, buen salario y gran expectativa de vida.

La sola idea de pensar en las hipotecas de la casa de mis padres y la mía, ambas por valor de 110 millones de pesos, hizo muy fácil tomar la decisión. A una amiga le pedí fiado lo de los pasajes para mi mamá, Aurora Restrepo, y para mí; sin pensarlo me los entregó, con la condición de pagárselos con el primer sueldo que obtuviera de mi nuevo empleo aquí en Israel.

Estaba seguro y convencido de obtener rápidamente un trabajo; de esos que mencionan una y otra vez en las charlas sobre el ´Sueño Hebreo´. Salarios que no bajan de los 1.500 dólares al mes y patrones que no atormentan a sus empleados y les permiten llevar una vida cómoda.

Antes de empacar maletas y que el calendario empezara a contar los días de agosto sabíamos que para llegar a nuestro objetivo era inevitable untarnos de ilegalidad. Nuestro tour llegaría hasta El Cairo, Egipto, y hasta allí teníamos visas; luego nos desprenderíamos de la excursión para iniciar por nuestra propia cuenta la osada travesía.
Nosotros no contábamos con la guerra que días después estallaría entre Israel y la guerrilla de Hezbolá. Por ese motivo llegar a nuestro destino ya no sólo sería una acción ilegal. Se convertía en una aventura muy peligrosa. Mi madre y yo pensamos y meditamos durante varias horas; al final decidimos que lo mejor era buscar guías que nos ayudaran a atravesar el desierto del Sinaí, en Egipto, y Néguev, en Israel.

En un par de horas teníamos varias ofertas de guías, que nos cobraban entre 1.500 y 1.800 dólares por persona. Nos advirtieron que la ruta era peligrosa, especialmente por los árabes que custodiaban esa zona. Sin embargo, olvidaron mencionar el detalle más importante y que finalmente provocó la tragedia: una caminata de 15 horas por el desierto.

Antes de salir del hotel nos encontramos con seis colombianos, todos vallecaucanos, y con ellos discutimos lo del paso ilegal de la frontera, la ruta y los guías; decidimos viajar juntos para evitar cualquier mala intención de los árabes.

De El Cairo nos trasladamos en una camioneta hacia un punto cercano a la frontera; nos bajamos en un cambuche. En ese lugar se unieron al grupo cuatro jóvenes pereiranas. Hasta ese momento el ambiente era de hermetismo pero cordial; cuando abrimos el cambuche lo primero que observamos fue un hombre sentado en el piso y con un fusil entre sus piernas. Parecía un guerrillero o paramilitar. Nos vio pero ni siquiera se inmutó. A pesar de su frialdad sentimos que alguien al otro lado de la frontera respondía por nosotros y daba instrucciones precisas a los hombres que nos cuidaban. Creo que era un mandamás, porque al comienzo nos ofrecieron gaseosa y comida.

A la una de la madrugada del sábado 19 de agosto percibimos un inesperado movimiento en el cambuche atestado de incertidumbre. Nos informaron que el viaje estaba listo y debíamos partir inmediatamente pero que sólo seis personas podían pasar. Según explicaron, tenían que dividir el grupo porque en la camioneta que nos trasladarían sólo cabían seis pasajeros. Tenían razón porque nosotros debíamos viajar acostados en el platón debajo de unas lonas para que no nos detectaran.

En el primer grupo estábamos mi madre, la señora Luz Adriana Ocampo Hoyos, Luz Dary Hernández, Yamileth López y Juan Carlos Álvarez. En el cambuche quedaron las cuatro jovencitas pereiranas y los vallunos Marleny Quinchucua y Jorge Duván Valencia.
El desplazamiento en la camioneta fue corto. Posteriormente nos bajaron, nos despojaron de toda pertenencia o carga y empezó lo inesperado: una caminata por el desierto con temperaturas de hasta 54 grados centígrados, que arrancó a la 2 de la madrugada y terminó a las 4 de la tarde.

Durante el tortuoso camino en ascenso, sin agua y a paso de baquiano, muchos empezaron a desfallecer. El único líquido que consumíamos era el que lograban retener nuestros dedos porque sólo nos dejaban mojarlos para humedecer nuestros labios.
Esa prueba no la puede resistir ni el mejor atleta. Cuando nos faltaba poco para llegar, mi mamá se detuvo y me miró fijamente como diciéndome que continuara. Repentinamente cayó al piso y empezó a convulsionar. Me acerqué rápido, la tomé en mis brazos y la miré, pero volteó la cabeza. Allí aguardé cerca de 10 minutos esperando que reaccionara, pero dejó de respirar.

Mientras observaba en silencio la muerte de mi mamá, otra de las mujeres del grupo gritaba cosas incoherentes. Estaba alucinando. El joven que la asistía pedía a gritos agua. Me acerqué y le prometí que traería ayuda. En medio de ese escenario de muerte y horror saqué fuerzas para llegar al otro lado de la frontera y regresé con agua. Pero ya era tarde. Luz Adriana Ocampo Hoyos también había muerto. Los guías jamás se detuvieron ante lo sucedido. Los hombres ayudamos a las dos mujeres que aún estaban con vida pero a punto de desfallecer. Finalmente llegamos al sitio del encuentro.

Al cruzar, lo primero que hicimos fue pagar el servicio por atravesar aquella ruta de la muerte. Una vez allí nos recuperamos un poco gracias al agua que nos brindaron quienes esperaban nuestra llegada en territorio israelí y empezó la huída.

Los tres restantes colombianos que pasaron con vida emprendieron la fuga. Yo le pedí a un amigo que me llevara hasta el consulado. Así lo hice y relaté mi historia al cónsul Jaime Godín, quien posteriormente coordinó la búsqueda de los cadáveres de mi mamá y la señora Luz Adriana Ocampo y me dio una carta en la que certifica que perdí mis documentos.

En la actualidad subsisto gracias a la caridad de colombianos residentes en este país y el apoyo de una ONG internacional, quienes se ofrecieron a brindarnos atención médica y sicológica. Ya llevo una semana acudiendo a los programas de ayuda humanitaria que ofrecen. Con ellos espero poder obtener algún permiso o estatus de refugiado que me permita trabajar por un tiempo y recuperar parte del dinero que gasté en este viaje que empezó como un sueño y que ahora es una pesadilla que no parece tener fin”.
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