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| 3/6/2006 12:00:00 AM

Tiene un problema: su hijo es un genio

En Colombia existen doscientos mil niños genios. El país, en cambio de aprovechar este talento, los ve como un problema. Crónica de una mamá.

Ese día Daniel José se acercó a mí preocupado. Tenía el ceño fruncido y apretaba contra su pecho una lámina del sistema solar que acababa de leer. Las gafas las traía torcidas, mal puestas sobre su pequeña nariz. Pero eso no era raro. Después de pasar horas debajo de la cama hurgando entre sus libros preferidos, aparecía normalmente despelucado, con la ropa arrugada y pidiendo comida. Sin embargo, esa tarde era distinta. Noté su angustia tan pronto se asomó a la puerta de mi habitación.

- ...Daniel, mi amor, ¿por qué estás así?

Me miró sin mirarme. Se veía ensimismado, absorto en sus pensamientos, ido. Lo sujeté por los hombros y sacudí su cuerpo para que reaccionara, creí que esa era la única forma de hacerlo hablar. Y funcionó.

- No mami, a mí no me ha pasado nada. Es al mundo al que le va a pasar, a todos los que viven en este planeta, a los animales, a las plantas. ¡Todos van a desaparecer! Y siguió hablando atropelladamente, casi sin respirar. Mira (señalándome el dibujo de la galaxia y sus astros), aquí está el problema, es el sol, mami, el sol se está apagando y cuando el sol se apague, ¡el mundo se va a morir!

En ese instante descansé porque si bien el planeta tierra estaba en veremos por la inevitable extinción del sol en millones de millones de años, a mi hijo de tres años no le había pasado nada grave, y eso para mí era lo único importante.

Para ese entonces ya sabía que era precoz, pero no tenía ni idea cómo etiquetar sus “salidas”. ¿Es acaso un superdotado? Los términos para diferenciar a los niños con capacidades superiores a las del promedio abundan en la literatura: genios, talentosos, prodigios, excepcionales... Pronto descubriría que encontrar la palabra exacta que definiera sus capacidades era un escollo insignificante comparado con los que vendrían después, esos mismos que me tendrían al año siguiente en terapia y devorando toda clase de artículos sobre inteligencia y superdotación.

Daniel no recibió estimulación prenatal ni tampoco es un vivo ejemplo de las maravillas del Efecto Mozart. Nació así, con una facilidad enorme para aprender que aún no deja de asombrarme. De bebé parecía crecer muy rápido, como si su desarrollo físico no correspondiera con su edad real. A los cuatro meses le salieron los primeros dientes, a los diez meses ya caminaba, al año hablaba.

Todo lo hacía rápido y antes de tiempo. En su primera Navidad le regalaron un abecedario de colores con letras extraíbles. Podía pasar largos ratos con ese juguete, sacando y metiendo las letras en el lugar correspondiente. Cuando me percaté que ya diferenciaba muy bien las formas, que no le costaba dificultad identificar cuál cabía en este espacio y cuál en aquel otro, le dije que esas figuras tenían nombre, que con ellas se formaban palabras y que así se escribían los cuentos que tanto le gustaban. “Daniel, esta gordita y redondita es la O.” Pero él no se conformó con eso. Siguió preguntando el nombre de las otras. “¿Y esta, mami?” Al llegar la noche se las sabía todas y de allí al momento en que aprendió a leer no transcurriría mucho tiempo. Tenía un año.
Eran cincuenta rectángulos de cartulina con palabras de dos o tres sílabas pegadas en el frente y otras pegadas en el revés. Daniel José aprendió a leer con esos cartones de colores. Nunca silabeó ni confundió la E con el 3 o la M con la W. Después de leerle dos o tres veces lo que aparecía en cada lámina, se le quedaba grabada la palabra como una fotografía revelada en su cabeza. De algún extraño modo que yo no logro aún comprender, mi hijo al año y medio podía leer cien palabras sin equivocarse y afirmar con toda certeza que aunque mano y mono se parecen, una vocal las hace diferentes.

Debo confesar que estaba orgullosa. Adonde llegaba con mi hijo, él llamaba la atención, despertaba curiosidad. Y no era para menos. Ver a un niño metido de cabeza en un libro de enciclopedia más grande que él era todo un espectáculo. Oírlo recitar poemas de memoria a los dos años era otro. “...estírase el queo, coge el aldabón, da dos o tres golpes, pregunta, ¿quién es?...” Así que aparte de creerme la mamá más afortunada del mundo, todo transcurrió con relativa calma y normalidad en la casa hasta que mi hijo cumplió tres años. Lejos estaba de imaginar que tan pronto ingresara al preescolar y estuviera en contacto con otros niños, la vida se nos iba a complicar. Pero exactamente eso fue lo que pasó.

Los primeros problemas

Nunca entendió que aparte de ir a jugar al Jardín, tenía que hacerle caso a la profesora, estar sentado mientras ella daba clase, hablar sólo cuando se lo pidieran y no interrumpir, sobre todo eso, no interrumpir. Así que cuando la profesora estaba enseñando los colores básicos, él se apresuraba a contarle a sus compañeros que al morado también se le podía decir púrpura, “... ah y si le echan blanco, entonces se vuelve lila.” Cumplir con los horarios era otro dilema.

Así transcurrió el primer mes hasta que la Miss, desesperada por el niñito que no la dejaba dar clase, me citó con carácter urgente. “Tome con calma lo que le voy a decir. Daniel es muy capaz, pero no sabe canalizar su inteligencia, necesita atención especial y aquí no podemos modificar la rutina para atender las necesidades de un solo niño. Se ha convertido en un elemento negativo dentro del salón. Corrige a sus compañeros porque hablan a media lengua y por eso ellos no lo aceptan como parte del grupo, no quieren estar con él.” Esa fue la primera vez que escuché una retahíla llena de tantas frases negativas. Era un ‘no’ seguido de otro ‘no’.

- ¿Pero cómo así que un elemento negativo?, ¿cómo puede decir eso de un niño tan inteligente como Daniel?

- Precisamente mamita, esa es su mayor dificultad. Es como si sufriera de una discapacidad.

Las palabras de la profesora me cayeron como un balde de agua fría. En ese instante me estrellé de frente con la dura realidad que le tocaría vivir a mi hijo de ahí en adelante. Entendí que hacía parte de una minoría y que en este país, más que una ventaja, nacer muy inteligente puede convertirse en un gran encarte. No es como ganarse la lotería. Eso puede que sea cierto en Estados Unidos, pero en Colombia la cosa es a otro precio.

Mientras allá tienen programas especiales para encontrar, apoyar y guiar a temprana edad a los niños con capacidades superiores y a sus familias, en este país ese tipo de niños estorban.

La crisis de genialidad en Colombia no responde a factores genéticos, ni que a estas tierras llegó lo peorcito de España en los tiempos de la Conquista de América. Aquí nacen muchos niños intelectualmente mejor dotados que la media, pero la mayoría de ellos desperdician sus habilidades en un sistema educativo que no los promueve, sino que por el contrario, los castiga. Entonces, ¿por qué nos extrañamos de contar con un solo Premio Nobel o de tener tan pocos científicos colombianos de renombre mundial?

Los que nacen genios en Colombia no sólo enfrentan a temprana edad la incomprensión de su entorno, sino que además tienen que luchar contra una serie de mitos que generan resistencia alrededor de ellos. En el imaginario popular se tiende a creer que los superdotados son ratones de biblioteca, ‘nerds cuatro ojos’ que sólo disfrutan con un libro entre sus manos, seres raros, huraños, retraídos y solitarios. Pero más allá de ese estereotipo, ¿sabe usted como son realmente?, ¿en qué se diferencian de los demás?

¿Qué es un niño genio?

Los niños superdotados tienen un coeficiente de inteligencia superior a 130, cifra que por sí sola los convierte en la excepción a la regla pues el 98% de la población infantil tiene un C.I. que oscila entre 70 y 110. Empiezan a hablar muy rápido, aprenden con enorme facilidad, leen generalmente antes de los cuatro años, desarrollan un vocabulario extenso no acorde con su edad cronológica, sienten fascinación por las palabras y las ideas, hacen preguntas existencialistas sobre la vida, el origen de las cosas y la muerte. En pocas palabras, son niños que desarrollan niveles altos de curiosidad, creatividad e interés por el conocimiento a una edad temprana.

Por la experiencia de Estados Unidos, país donde se inventaron hace cien años los tests de inteligencia con los cuales todavía se sigue midiendo el C.I., se estima que entre el dos y el cinco por ciento de la población infantil de cada país posee estos rasgos aunque se diagnostican menos del cincuenta por ciento de ellos, y eso en el primer mundo, porque en Colombia vamos varios pasos atrás. Teniendo en cuenta solamente esa variable, la del coeficiente intelectual, que no es totalmente concluyente a la hora de encontrar genios pues sólo indica la capacidad analítica de un ser humano, por lo menos doscientos mil niños colombianos deben estar en este momento perdidos en los salones de clase de los colegios del país.

Y digo perdidos porque el sistema educativo de Colombia fue diseñado (y eso no ha cambiado) para formar a los alumnos dentro de un esquema homogéneo en el cual no existen mecanismos para detectar o promover a los más capaces. Esa minoría se deja a un lado. En ese sentido la escuela tradicional es estricta y poco flexible. En ella se privilegia al niño sumiso, aquel que acata normas con facilidad, que no le discute al profesor, que es disciplinado. Por el contrario. Al niño inquieto, curioso, que no traga entero, se le castiga, y en muchos casos, se le tacha de niño problema.

Con la Constitución del 91 el Estado reconoció la existencia de estos niños por primera vez. Desde entonces, ofrecerles una educación acorde con sus necesidades se convirtió en uno de los deberes constitucionales del país. Pero todo ello se ha quedado en el papel. Lo cierto es que aquí no existen mecanismos para detectarlos a tiempo.

En palabras de Julián de Zubiría, experto en el tema de la excepcionalidad, lo que sucede con la escuela tradicional es que condena a los niños más inteligentes a la desadaptación y a la automutilación de sus capacidades superiores. Sólo una pequeña fracción del total de la población infantil con capacidades excepcionales recibe una educación especializada, pero ésta responde más a esfuerzos aislados y de carácter privado que a políticas oficiales.

La gran mayoría se debe conformar con recibir lo mismo de lo mismo y esa es una de las razones por las cuales nueve de cada diez de esos niños más inteligentes, pierden sus habilidades intelectuales por no recibir una formación diferenciada. Tal vez la experiencia más destacada y reconocida a nivel nacional es la del Instituto Alberto Merani (IAM), una innovación pedagógica con dieciocho años de experiencia detectando y promoviendo el talento de los jóvenes en Bogotá. Pero, a pesar del éxito de su metodología (el IAM ha obtenido los mejores resultados en el ICFES desde el 2000) no dejan de ser un grano de arena en la vasta playa.

Itinerario de una búsqueda

Después de realizar toda una peregrinación por los colegios de Bogotá, de escuchar un sin fin de excusas, de que le cerraran a mi hijo de cuatro años una puerta tras otra en la cara, llegamos al Merani. Por primera vez sentí que no estaba sola, que otras mamás vivían la angustia que yo estaba viviendo, que a otros niños les pasaba lo mismo que al mío. Todo era nuevo, un pénsum diferente, unas materias con nombres rarísimos y hasta los cursos se llamaban de otra forma.

Daniel José entró a Proposicional A y a mitad de año fue promovido a Proposicional B. Es decir, cursó transición y primero de primaria en un mismo año. Pero no era feliz. Incluso en el mundo de los excepcionales, mi hijo era distinto, no encajaba. En su grupo era el único que sabía leer, sumar y restar. Los demás estaban aprendiendo el sonido de las letras. Entonces se aburría, se escapaba del salón y prefería buscar caracoles en el parque que entrar a clase. Cuando lo subieron de curso fue peor. Sus compañeros tenían uno o dos años más que él y ya sabían perfectamente en qué consistía el sistema binario y cómo se escribían los números romanos, los egipcios y los griegos.

En el Merani pasó de suspensión en suspensión y de pelea en pelea. La última fue la peor de todas. Era un martes y al año escolar le faltaban pocos días para acabarse. La circular decía, “Daniel estará suspendido por los próximos tres días para que reflexione sobre la importancia de hacer silencio durante las conferencias.” Hasta allí llegó el Merani para nosotros. Esos tres días eran los últimos de clase, y ellos, expertos en niños excepcionales, trataron a uno de cinco años como si tuviera quince. Nunca se despidió.

La mente de estos niños va rápido, varios años adelante de su edad cronológica, pero sus sentimientos no evolucionan de la misma forma, tardan más en madurar. Esa parte, la emocional, va de la mano con la cronológica, así que un niño de cinco años con un C.I. de 150 puede tener la inteligencia de un niño de 9 años, pero las emociones de uno de cinco. Esa diferencia es lo que se conoce como disincronía y es mayor en cuanto el niño es más inteligente. Lo difícil entonces para ellos es que todo el mundo espera que también sean más maduros y que no actúen como niños pequeños. Las presiones vienen de todos lados, inclusive, de sus familiares.

Después del Merani seguimos en la búsqueda de ese lugar donde Daniel José pudiera aprender cosas nuevas, no se aburriera, pero sobre todo, ese lugar que le devolviera la sonrisa. La opción que teníamos era clara: un colegio de nivel muy superior de los 150 que hay en Bogotá porque en esas instituciones, además del pénsum oficial, les ofrecen a los niños estímulos adicionales que elevan la calidad misma de la educación. Eso hicimos. Buscamos entre los mejores diez colegios de Bogotá según el ICFES, uno que le ofreciera a Daniel más posibilidades para expresarse. La decisión la tomó él. De todos los que visitamos, escogió uno enorme. La verdad es que no miró mucho las canchas ni la piscina, pero quedó matado con el lago, los patos y los micos. Así fue a parar al Corazonista, un colegio relativamente nuevo de Hermanos españoles.

Allí también lo subieron de curso. Todos sus compañeros son mayores que él. Esa parece ser la constante en su vida. Pero también allí ha aprendido a mantenerse dentro del aula de clases, a respetar los horarios y a patinar como David Rosero. Lo que sí no ha aprendido es a ser sumiso. Tal vez por eso en la última entrega de notas, su boletín, lleno de sobresalientes y excelentes, dice en la parte de abajo donde están las observaciones: “promovido a cuarto de primaria, pero recuerda, respetar la normatividad del colegio también hace parte de tu formación integral.”

“Mama ea, ¿tú me quieres porque yo aprendo todo rápido?” Eso le preguntó a la abuela mirándola fijamente a los ojos. Era de madrugada y se alistaban para salir a pescar en Santa Verónica, una playa no muy lejos de Barranquilla. Mi mamá aún se conmueve con esa anécdota pero tal vez lo que todavía no sabe es por qué su nieto de cuatro años le hizo esa pregunta. Yo, que soy su madre, lo descubrí hace poco, entrevistándolo para escribir esta historia.

- ¿tú sabes mami, cuántas personas me quieren a mí?

- Muchas Daniel, todo el mundo te quiere, tu familia, tus amigos.

- No mami, yo sé que son pocas. Por eso espero que esas pocas no me quieran porque aprendo rápido, espero que me quieran simplemente porque soy yo.









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