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| 5/1/2005 12:00:00 AM

Todo en otra parte

Carolina Sanín <br>Editorial Planeta

Les juro que traté de que me gustara. Hice el mapa con todos los personajes, conecté con flechas sus parentescos y traté de seguirle el hilo a la trama, anotando lo que iba pasando, en el margen de las páginas. Traté de pensarlo como una "burla a lo trascendental" como menciona Alonso Sánchez Baute en la cintica roja que ponen en la carátula, y como la autora misma lo dice. Sin embargo, tenía que hacer un esfuerzo de concentración permanente para no perderles el hilo a los dieciocho personajes que alcancé a identificar, quienes, al mejor estilo de Clase de Beverly Hills, resultan enredados todos con todos. A lo largo de la lectura se me ocurrían paralelos con La cantante calva, y con Tristram Shandy, hasta con "La naranja mecánica" y con "Amélie", y pensaba que tal vez su ironía o el absurdo de las situaciones desbordaban mi mente cuadriculada. Yo, acostumbrada a la cómoda formulita de introducción-nudo-desenlace, yo, desconsiderada, déspota. Pero ese intento por burlar lo trascendental, creo que se vuelve una camisa de once varas donde el estilo trata de ser tan novedoso y tan avant garde, que ataca y ahuyenta al lector. Debo admitir que me parece atractivo el tema: Carlota abandona a Julio y le avisa que se irá de viaje, pero que a su regreso le robará algo del apartamento, y al día siguiente, le dejará un regalo. La historia se publica al calor de los hechos, en el periódico Los Mundos. Llega un punto en el que el frenesí de la historia obliga a buscar un medio de comunicación más expedito: la radio. Entonces todos se enteran del devenir de los acontecimientos por la Radio Los Mundos. El recurso narrativo es ingenioso, nos recuerda los realities en su manera más rudimentaria: las radionovelas. Muy ingenioso, pues la realidad de los personajes, de Carlota, de Jairo, de las azafatas, del hombre que está haciendo un perro, se vuelve ficción al imprimirse en el periódico a manera de relato o al transcribirse en la radio a manera de radionovela. Varios niveles de realidad, no hay nada reprochable en eso. Pero creo que la autora peca por un uso desmedido de los recursos narrativos: los juegos de palabras se atraviesan como una reja a través de la cual el lector apenas si logra seguir los paseos de los personajes por calles desérticas y por la vida de ese barrio en el que una mujer toma en arriendo un apartamento a las doce de la noche, y un restaurante ofrece comida de avión. Estos datos extravagantes alertan al lector, llaman su atención y lo obligan a subrayar la frase con un signo de admiración al lado, pero las palabras opacan las acciones. Al principio el relato evidencia las numerosas acciones absurdas que pueblan la vida diaria, fruto de nuestras neurosis, como contar cuatrocientos pasos hasta la tienda de la esquina o no usar la cocina por temor al fantasma que la habita. Es cierto, practicamos rituales absurdos, pero su hallazgo y exposición se vuelve en esta novela un imperativo en el que la trama parece quedar relegada a un segundo plano. El relato está salpicado de estos eventos, al punto de que empiezan a hacer turupes sobre la lisa línea narrativa. De una autopista, desembocamos en un camino de herradura, en el que cada alusión pintoresca y aparentemente normal de los personajes, desdibuja la trama y le resta verosimilitud. En el relato, como dije arriba, un hombre está haciendo un perro, porque tiene un hueso, y como a los perros les gustan los huesos, entonces decide construirse un perro para darle el hueso. Cualquier parecido con Melquíades y su perol untado de metales derretidos, en busca de la piedra dorada, puede no ser pura coincidencia. Y no me quedó claro por qué hablar de un hombre que hace un perro, o de una pareja cuya historia se transmite en directo en la radio, sea una burla a lo trascendental. Tal vez la autora entiende por trascendental algo más trascendental de lo que entiendo yo. De pronto mi perplejidad se debe a eso, a que tal vez no entiendo los chistes y las ironías que pueblan el relato. de pronto me quedo corta. Es muy probable, pues no está dicho que todos los lectores entendamos lo que quieren decir los narradores de las historias. Eso me pasó con Gulliver, por citar el primer ejemplo que se me ocurre, lo leí a los catorce años y no tuve ni la menor malicia de que era una parodia de la monarquía inglesa. En cambio en "La cantante calva" o en "Tristram Shandy" sí sentí que había un guiño, que el escritor patinaba deliberadamente en detalles que configuraban una burla abierta a lo convencional, más que a lo trascendental. Pues nada más trascendental que la triste vida que llevan Mr. y Mrs. Smith, con sus sopas más o menos condimentadas. Quiero releer "Todo en otra parte", y gozarme el enredo tal vez deliberado de situaciones y de personajes, el exceso de datos pintorescos y absurdos, para convencerme de que tal vez no todo está en otra parte. * Literata U. De los Andes Lea un comentario de Carolina Sanín a la reseña
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