Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2007/07/12 00:00

“Un intelectual extraviado en la política por el milagro de una calumnia”, por Plinio Apuleyo Mendoza

En el siguiente texto del escritor colombiano está quizás el perfil más completos del ex presidente Alfonso López Michelsen. El reportaje forma parte del libro: ‘Los retos del poder. Carta a los ex presidentes colombianos’

“Un intelectual extraviado en la política por el milagro de una calumnia”, por Plinio Apuleyo Mendoza

Pocas semanas atrás, había entregado usted la presidencia de la República a Julio César Turbay y se encontraba en París con todo su tiempo libre. Lo invité a almorzar, presidente. Le pregunté a dónde quería ir, y a qué restaurante.

- ¿Existe todavía el Cochon de Latí?- me preguntó usted.

Existía aún. Nada muere en París, usted lo sabe. Cafés, hoteles, restaurantes, permanecen en su sitio, así como plazas, puentes, árboles, mientras las generaciones se suceden.
 
Mientras íbamos, pues, hacia el Cochon de Latí, por las calles resplandecientes de sol, usted me habló del recuerdo que le traía aquel lugar.

“Allí me presentó papá a la primera prostituta que conocí en mi vida”.
Estaba sola, sentada muy cerca de ustedes. No me dijo usted cómo era, pero yo la imagino joven, llamativa, vestida con traje de talle bajo, a la moda de 1929. Usted, presidente, era un muchacho tímido de 16 años, con cara de niño y grandes lentes de miope.
 
Como su padre no hablaba francés, le pidió a usted:

- Dile a esa señora que se siente con nosotros.

- Papa – dijo usted estrujado por la timidez-, nosotros no conocemos a esa señora, ni esa señora nos conoce a nosotros.

- No importa –respondió él con ese tono de sorna tan suyo-, invítala y verás que viene.

Así ocurrió y cuando la señora tomó asiento con toda desenvoltura en la mesa de ustedes, su papá le dijo a usted, presidente: - Ahora cuéntale que tú eres todavía un pendejo.

¿Por qué, entre otras que le he oído a usted, se me incrustó esta anécdota en la memoria? Tal vez por esto, presidente: porque ella me ha planteado un incandescente enigma acerca de usted. ¿Cómo usted, que era tímido, que siguió siéndolo hasta muy tarde, logró defenderse de unas personalidades políticas más fuertes que ha tenido el país, la de su padre Alfonso López?. ¿Cómo no fue aplastado por ella?

No era fácil, presidente, ¿La prueba?. Muchos hombres importantes de su generación, que han llegado a ser presidentes, ministros, embajadores, sufrieron el hipnótico deslumbramiento de esa personalidad.

Basta observar con cuidado al ex presidente Turbay Ayala, a Palacio Rudas, a Felipe Salazar Santos, o recordar a Hugo Latorre Cabal, para descubrir que ciertas inflexiones de voz, cierta tranquila insolencia, cierta displicente elegancia suya tienen, como los corbatines, el sello lopista.

Usted, en cambio, el más expuesto a esa fácil colonización, no imita a su padre, no lo imitó nunca, aunque ciertos gustos por la paradoja, por la frase de efecto, lo heredó de él. De resto, la personalidad que usted tiene y que es un fino ensamblaje de humor, sutileza, cultura, cálculo, elegancia, encanto con las mujeres (¿sabe usted que las señoras lo adoran?), gusto por la especulación intelectual y por el chisme travieso, por el golf, los vallenatos y los corridos mexicanos, le pertenecen por entero, presidente.

De modo que en vez de ser una versión mimética de la personalidad de su padre, la suya, desde que era aquel muchacho tímido y él un personaje público, se ha definido a veces por contraste con la de López Pumarejo.

Él era como los hombres muy ricos o los reyes, escribía Juan Lozano en su tiempo: “Le bastaba saber que sus puntos de vista son suyos para saber que son buenos y para exigir que por buenos los tomen los demás. Es un creador como Adán, el marido de Eva”.

Sí, López Pumarejo, su padre, dejaba caer sobre quien tuviera por delante, con mucha autoridad, sus ideas a propósito de todo. Y ellas eran seguras, rotundas, libres de toda duda. A sus ministros, que eran siempre muy jóvenes, los trataba como si fuera el papá.

“Plinio –le decía a mi padre, que tenía la cartera de Guerra, en pleno Consejo de Ministros-: Quítese el saco y le explicó por qué no debe dejar que su sastre le haga esas hombreras”.

Muy joven, según Juan Lozano, se sentaba en los despachos de los banqueros de Wall Street para pedirles dinero sin impresionarse con el vértigo de sus millones, el humo de sus cigarrillos, las alfombras, los vestíbulos de mármol, menos aún con los porteros de librea y gorra galoneada de oro. Con igual energía y altanera seguridad de sí mismo llegó al poder y dejó su huella en la historia.

El camino de usted fue distinto, presidente; también sus armas. Usted es todo lo contrario de un hombre rotundo, habituado a imponer de entrada, con insolente seguridad, sus propias convicciones. Quienes veníamos, en tiempos del MRL, a verlo con el fin de pedirle instrucciones, no encontrábamos al hombre enérgico que convencionalmente se identificaba con un jefe, sino a un intelectual caviloso, flaco, calzado a veces con un par de mocasines tan finos como el guante de una señora, con una despreocupada elegancia de ademanes que hacía pensar en el actor James Stewart, con un refinado acento bogotanos y unos serios y penetrantes ojos azules tras el cristal de sus lentes y el humo de la pipa.

En aquel despacho suyo del edificio Antares, alfombrado, tranquilo, muy británico, en vez de las órdenes y consignas que esperábamos de usted, le escuchábamos observaciones sutiles, preguntas sibilinas, paradojas enigmáticas, finas especulaciones, que nos dejaban casi siempre en ayunas, preguntándonos si seríamos demasiado planos o demasiado brutos para entenderlo. Izquierdistas, devotos todavía de Fidel Castro o del Che Guevara, íbamos en busca del jefe de un movimiento revolucionario y nos encontrábamos con algo parecido a un profesor de inglés; a un: acholar. Lo era, lo es, lo ha sido siempre, presidente.

Pues bien: en esa fina capacidad de especulación, análisis, cálculo, dosificación de matices, propias de un intelectual, encontró usted su fuerza y su propia identidad. La inteligencia le ha permitido neutralizar, oponiéndolas, aspiraciones contrarias a las suyas. Esta actitud le ha conferido un aura, justificada o no, de travieso maquiavelismo. Por algo Rodrigo Lara Bonilla, nuestro amigo y ministro de Justicia asesinado por los narcotraficantes, se refería a usted, con humor, como Sata o Satanás.

Primera paradoja: sin tener los rasgos habituales atribuidos a un hombre fuerte, a un líder, sin renunciar a los relativismos y ambivalencias propias de un profesor, ni al golf, ni a los chismes telefónicos de las señoras, usted ha terminado por ser, a su manera, una de las personalidades políticas con más peso en el país.

Su padre, que sabía juzgar a los hombres, lo descubrió a tiempo. Y como era audaz e indiscreto, partidario de dar tempranas oportunidades, le dio a usted, en su primera presidencia, el papel de consejero. Era usted muy agudo para analizar situaciones. Sobre cada problema le presentaba diversas opciones. “Tráiganme un diccionario y esperemos a Alfonso”, decía su padre, produciendo en Alberto Lleras Camargo o cualquier otro de sus brillantes asesores, una glacial crispación.

Pues para ellos usted era sólo “Alfonsito”, un muchacho flaco y diletante, lleno de teorías, recién llegado de Europa, que había escrito en francés un libro sobre Benjamín Constant y andaba con un sombrero de paño echado hacia atrás como si estuviese en una cancha de golf.

Aquellos amigos de su padre lo veían llegar al Palacio de la Carrera o más tarde las tertulias nocturnas de El Liberal con sarcásticos comentarios: “Ahí viene Alfonsito con una nueva tesis”, decía uno. Y otro: “¿Por qué querrá parecerse a un espantapájaros con
ese sombrero?.

La gratuita hostilidad de todos ellos hacia usted me conduce a una segunda paradoja: pocos mandatarios nuestros han tenido, en principio, un camino tan pavimentado de fáciles privilegios como el suyo y ninguno, sin embargo, ha debido vencer tantos y tan terribles handicaps para llegar al poder. Usted partió políticamente de cero, como disidente, enfrentando los cerrojos institucionales de un sistema bipartidista, abriéndose las puertas que por su antigua condición de delfín, de hijo de ejecutivo, como decía Laureano Gómez, amigos y enemigos de su padre le cerraron en las narices. Su carrera sólo se la debe a sí mismo. El país quizás no sabe hasta qué punto.

Hablemos primero, si usted lo permite, de los privilegios. ¿Es usted un clásico representante de eso que la izquierda ha llamado la oligarquía colombiana?. Si y no. Depende de la manera como se corte la naranja, presidente. Su abuelo fue el colombiano más rico de su tiempo.
 
Fundador del Banco López, don Pedro a. López, controlaba el 70% de las exportaciones de café. Era propietario de barcos marítimos y fluviales, de trilladoras, de plantas eléctricas, del ferrocarril de Ambalema.

Pero López Pumarejo, que vivió en permanente conflicto con su padre, no fue el rico heredero que algunos imaginan, aunque los educara a ustedes en buenos colegios, los enviara a Europa y él mismo tuviera los gustos de un hombre de mucha fortuna. Trajes y sombreros los encargada de Londres, y su casa en Bogotá habría podido ser la de un millonario. Lo prodigioso de ese tren de vida era que no tenía un real sustento económico. Vivía saltando matones.

La abuela de usted, Rosario Pumarejo, que murió muy joven, venía de una próspera familia de Valledupar, la misma de la cual provienen, por el lado materno, los refinados y multimillonarios Santo Domingo. Sus abuelos y tíos Michelsen constituyen una flamante dinastía de banqueros.

De modo que las dos generaciones precedentes a la suya, por padre y madre, podrían de alguna manera identificarse con la oligarquía económica y financiera del país, aunque el dinero jamás sobró en su casa.

Pero yendo más atrás, los López y los Michelsen no son ningunos aristócratas. Su bisabuelo Carl Michelsen, hijo de judios poloneses establecidos en la ciudad danesa de -Nyborg, se vino en 1883 en un barco a la Nueva Granada, cuando era muy joven. El y sus primos, Bendix y Alexander Koppel, fueron dos grandes familias bogotanas.

Su tatarabuelo López era un sastre del virrey Amar y Borbón. Su bisabuelo Ambrosio López Medina, resultó ser un agitador, jefe de los artesanos liberales, de esa “guacherna” que agolpándose frente al convento de Santo Domingo, donde se reunía el congreso, hizo elegir presidente de la República a José Hilario López, el 7 de marzo de 1849. “Mi insignia no es la flor de lis sino un vaso de chicha”, escribió alguna vez, con tan buena caligrafía que uno lo pone en duda. Quizás le gustaban las paradojas traviesas como a su padre, como a usted, como a sus tres hijos, presidente. Era un López.

Bisnieto de un agitador, nieto de millonario, hijo de presidente, fue educado usted como un muchacho de clase alta bogotana. Nació usted en una casa contigua al lugar donde hoy se alza el Jockey Club, en un costado del Parque Santander. Pero los recuerdos de su infancia no están allí, sino en aquella casa de la carrera octava, entre calles 13 y 14, junto al Banco de Colombia, donde usted creció hasta que fue enviado a Europa.

Entremos en ella, si usted lo permite. Estamos en los años veinte, en pleno apogeo del charleston, del fox trot y del tango, que tocan las orquestas del hotel Regina y de la Bomboniére. La casa es enorme,
Con una vasta escalera, salones en el segundo solar donde juegan usted y Pedro, su hermano. Sillones de cuero, tapetes verdes, mesas de caoba, grabados Messonier que representaban las victorias de Napoleón. Magníficas vajillas de Limoges con borde azul y dorado se guardan en las estanterías. Tienen ustedes una linda yegua alazana llamada Sherry, regalo de José Lafut, y un magnífico coche de caballos, un coupé conducido por Duarte, un antiguo jockey, que a consecuencia de una caída ha quedado medio inválido.

Por las calles del centro, de un respetable decoro, circulan los últimos coches de caballos, los primeros y muy escasos automóviles llegados a Bogotá y también los primeros taxis de la ciudad, de color naranja. Ministros, políticos, banqueros y periodistas forman tertulias ahí abajo, en La Rosa blanca, un almacén de rancho y licores de Pepe Escobar. A las ocho de la noche, usted y Pedro le llevan a su padre, que conversa inagotablemente en el Jockey Club o en el Gun Club, un sobretodo para protegerlo del frío cortante de la calle.

Los dos clubes, uno en el Parque Santander, otro en la calle 13, están muy cerca de casa. Su padre, que tiene la firma López y Samper, los envía a veces a poner telegramas tan largos como sábanas al All American Cables, dirigidos a los banqueros de Nueva York.

Con mucha frecuencia sus padres ofrecen comidas bailables. Traen un conjunto de jazz band, cocineros muy reputados en Bogotá y es para ustedes toda una diversión ver aquel revuelo de coches entrando en el patio, de instrumentos de música, de mesas y taburetes y apurados criados de corbatín negro. Bordas, Obregones, Valenzuelas, Rochas, Umañas, Pardos, Urdanetas, calderones, la crema alta de la clase bogotana, figuran siempre entre los invitados, del mismo modo que son asiduos contertulios de su padre, a la hora de tomarse el primer whisky en un salón del segundo piso, Eduardo Santos, Luis Cano, Luis Samper, Daniel Sáenz, Jorge Obregón, Antonio Borda y desde luego un joven y vehemente parlamentario conservador, Laureano Gómez. Él y su padre son dos agudas espinas en el talón del gobierno de Marco Fidel Suárez.

En el Montessori, en el colegio de las señoritas Paquitas, luego en el Gimnasio Moderno, ustedes se codean con los muchachos de las buenas familias bogotanas. Muy niños, los acompañan las dos fieles criadas de su casa, Delfina y María de los Angeles. Más tarde irán ustedes solos hasta la avenida Chile en un tranvía de franja amarilla llamado La Cucaracha. Juegan a los ladrones y policías o cazan lagartos entre los pinos del Gimnasio Moderno con Santiago Iriarte, Luis Córdoba Mariño, Lucas Caballero, los Vásquez Carrizosa.

Queda en su memoria su primer viaje en automóvil, un cadillac de Luis Samper; la primera pelea de boxeo que vieron en el Salón Olimpia; el Circo Santos y Artigas; los partidos de fútbol entre bartolinos y lasallistas; los toreros saliendo del Hotel Florián en automóviles descubiertos hacia el circo de San Diego; las tardes en el hipódromo La Merced en que ustedes perdían hasta el último centavo que les daban los domingos en casa apostándole a Tuttifrutti y a San Marcos.
¿Cómo era usted entonces? Un muchacho retraído, de lentes, muy distinto a su hermano Pedro, que era impetuoso y travieso. Usted devoraba libros de literatura e historia, inclusive cuando iban de paseo a su finca de Las Monjas, cerca de La Esperanza. A los doce años se había leído los doce volúmenes de la historia de los Girondinos.

Su padre, impresionado, le regalaba libros. Cuando estaba hablando en un salón del segundo piso con Laureano Gómez o con Eduardo Santos, no los dejaba salir, ni a usted ni a sus hermanos. “Quédense, ¿por qué se retiran”?, les decía.

Todos ellos, que andaban por los treinta y cinco años, y usted, que sólo tenía doce, serían presidentes de la República, figuras claves en la historia colombiana de este siglo. Extraordinario ¿verdad?. Usted de formó en contacto con el poder y la política.

Su padre tuvo un destello de sagacidad, muy propio de él, enviándolo a Europa cuando apenas había cumplido usted 15 años. Fue algo vital para su formación, la huella queha hecho de usted un hombre agudo en sus análisis, sin la habitual exuberancia retórica de los políticos colombianos.

Se le ensanchó a usted el mundo, hasta entonces circunscrito a la meseta sabanera. Todo fue nuevo para usted: el vapor pedro Justo Berrío viajando por el Magdalena; el calor; los caimanes; los Lombana y sus tíos Pumarejo aguardándoles a Pedro y a usted en Barranquilla; el viaje de Santa Marta a Rotterdam en un Carbo bananero de sólo seis pasajeros; las tardes en la cubierta Tortugueros tomando el sol, leyendo o pegando estampillas en un álbum. En este puerto holandés los esperaban a ustedes Luis Samper, José Latuf y, quién podría creerlo, Laureano Gómez.

Su primer contacto en Europa fue resplandeciente: los museos de Ámsterdam; Rembrandt; luego París en verano, el lujoso hotel de los Campos Elíseso donde vivía Latuf con sus canastas rebozantes de frutas en el comedor; la Torre Eiffel, el bosque de Boulogne; los paseos por las afueras en el Delage color vino tinto de Latuf conducido por un chofer bigotudo llamado Lombarda. Luego Lovaina, las tardes calurosas de aquel verano aprendiendo francés con un viejo profesor de barbas blancas y anteojos de alambre a quienes ustedes llamaban Sócrates.

Pero, ¡qué duro debió ser para usted, después de este deslumbrante preámbulo, encontrarse de pronto en esa lúgubre cárcel de pabellones helados y altos muros grises que era el Colegio Saint Michel de Bruselas!. Los muchachos se reían de ustedes por su mal francés y por aquellas boinas y pantalones bombachos comprados en Bogotá. Se caminaba en filas rigurosas, no se podía conversar, los curas eran muy severos y sólo permitían un baño de tres minutos bajo la ducha cada quince días.

Aquel calvario duró dos años. Usted entraría luego al Liceo Pascal de París. Usted, cosa extraordinaria, sería el mejor bachiller de los colegios privados de París en aquel año de 1930. Terminaría sus estudios de secundaria en el Liceo Francés de Londres, cuando su padre fue nombrado ministro de la legación de Colombia. “Lleva a las secretarias a bailar al Kit Cat” le decía él a usted, alarmado de verlo tan cerca de los libros y tan lejos de las faldas. Usted se desquitaría a tiempo y rotundamente de este prestigioso tan puritano, presidente. Las señoras lo adoran, ya lo he dicho.

Siempre me he preguntado si tenía usted una vocación política . Usted mismo no pudo respondérmelo, presidente. “Quizás lo que realmente me interesaba era el derecho constitucional”, me dijo. Su carrera, en realidad, empezó a los 46 años, cuando regresó de México para dirigir La Calle y fundar el MRL. Mientras su padre fue figura política de primera línea, usted se mantuvo en la penumbra. Fue, es cierto, su asesor. Le escribía discursos mientras estudiaba derecho en el Rosario. Terminó estudios en la Universidad de Chile. Fue luego profesor de derecho constitucional por larguísimos años en la Universidad Nacional, en el Rosario y en la Libre; fue blanco de feroces ataques por su vinculación en los negocios de la Handel y la Trilladora Tolima; novelista, productor de cine, empresario editorial en México.

Estuvo con su padre en Lima cuando él se propuso conseguir la paz con el Perú a raíz del asesinato de Sánchez Cerro. Él, su hermano Fernando y usted estuvieron apunto de morir, por cierto, cuando el avión que los traía perdió una hélice y cayó al mar cerca de El Callao. Los rescataron en lanchas.

Fue concejal de Negativa y luego en Bogotá en 1938, al lado de Jorge Eliécer Gaitán y de Jorge Leyva. Pero nada de eso muestra, en realidad, una real vocación política. No tenía usted un solo voto. Jamás se metió en el mundo polvoriento de los barrios. Simplemente, como ocurría entonces, las directivas liberales lo incluyeron en la lista.
Su vida estaba diseñada para otras cosas. Se había casado con una linda muchacha bogotana, con Cecilia Caballero. Vivía en Santa Marta, una finca cercana de Negativa, en la casa de un antiguo mayordomo, sin teléfono y alumbrándose con velas, entre perros, pájaros y geranios. Leía a Proust, oía boleros, jugaba al golf los domingos, iba a esas fiestas que ha descrito en Los elegidos. Se levantaba temprano para dictar sus cátedras de derecho. Había abierto una oficina de abogado en la calle 16 con carrera octava, cerca del Temel. Asociado a Hernán Meuer-Lindberg, un exiliado alemán naturalizado en Colombia, daba sus primeros pasos en el mundo de los negocios judiciales. Sus primeros clientes eran alemanes refugiados del nazismo.
Aquella vida, en resumidas cuentas encantadora y fácil, saltaría en añicos cuando su padre llegó por segunda vez a la presidencia de la República en 1942. Empezaron para usted, tomándolo por sorpresa, los tiempos más terribles que haya vivido en toda su existencia. Lo envolvió el escándalo: Handel, la Trilladora Tolima. Aquel antiguo amigo de su padre que lo esperaba paternalmente en el puerto de Rótterdam, Laureano Gómez, lanzaba sobre su reputación las más feroces acusaciones. Los propios amigos de su padre se apartaban de usted y lo que es peor, le impedían defenderse.

Toda gran carrera, presidente, nace de un reto feroz. La pobreza o el desdén fueron determinantes en las de García Márquez y Botero, de Gaitán y Belisario Betancur. El reto suyo fue el escándalo, la calumnia. No estaba usted preparado, con su frágil estructura de intelectual, para afrontar la ferocidad de los ataques contra su nombre. Se habría podido suicidar. Creo que en el confín de esta situación desesperada nació el futuro de López Michelsen, el combatiente, el político, el hombre de la plaza pública. Sin la Handel no habría sido usted presidente, decía Jorge Padilla, Tiene toda razón. Bajemos, pues, al fondo de ese pozo.

II

Qué cantidad de cosas terribles llovieron sobre usted, president,e cuando su padre fue elegido por segunda vez a la presidencia, en 1942. Fue el chivo expiatorio, la víctima privilegiada de la calumnia.
He leído, a propósito de todas las acusaciones contra ustedes, los libros de sus amigos; he leído los libros de sus enemigos; debates en el congreso, cartas, artículos; y de todo ello, de los debates sobre la Handel, la Trilladora Tolima, “Mamatoco” y las casetas de Las Monjas, me ha quedado la impresión de un gran montaje tetral que no resiste, 45 años más tarde, un análisis en frío.
 
Contra su padre, y de paso contra usted, se coligaron los más diversos intereses políticos y resentimientos personales: los de Laureano Gómez; los de enemigos suyos personales, y más mortíferos que todos porque echaban leña al fuego sin mostrar la cara, los de dirigentes liberales que, dando por ciertas las acusaciones, consideraban que López Pumarejo debía abandonar el poder. Unos de manera abierta, otros de manera soterrada, todos dispararon contra usted, que no tenía armas con qué defenderse.

El ataque frontal provino de Laureano Gómez. Era obvio. El viejo amigo de su padre, sintiéndose engañado por él a raíz de un episodio
Político ocurrido en 1935, era ahora su enemigo acérrimo. Además consideraba, sin duda con razón, que su partido era objeto de atropellos electorales. De modo que se desató contra el gobierno, a la cabeza del conservatismo, una oposición sin cuartel y sin límites, feroz, carnicera, que apeló a todos los medios, inclusive a una especie de terrorismo moral: no segaba vidas, pero sí reputaciones. La dura situación de penuria que vivía el país, como consecuencia de la guerra, creaba una acústica favorable a la oposición.

Sin la fascinante personalidad de Laureano Gómez, estos cargos no habrían adquirido la escandalosa resonancia que tuvimos entonces. Estará usted de acuerdo conmigo en que el jefe conservador era un hombre fuera de serie, un iluminado. A la manera de los inquisidores medioevales, enfrentándose al demonio y a sus posesos, creía en sus propias acusaciones; las vestía de un furor moral que no era sino la metamorfosis de su furor político como jefe de un partido lastimado: las rotulaba de palabras terribles –contumelia, contubernio, corruptela, podredumbre, prevaricato, peculado-; las envolvía en la ferocidad del gesto, del ademán de su arrolladora constitución sanguínea.

Laureano Gómez tenía la mágica aptitud de transfigurar hechos, de tejer entre ellos una red tremendista de relaciones según sus hipótesis, dándoles el peso de una denuncia arrasadora. La orquestación parlamentaria y periodística hacía el resto. En un país nórdico, más riguroso y analítico que el nuestro, la fragilidad de los cargos habría sido rápidamente advertida. Pero en un país como Colombia, pasional, hijo de Espala, sin desarrollo de un pensamiento crítico, la fogosidad del verbo prima sobre la demostración, la escenografía sobre el libreto: con ellos se absuelven a veces culpables y se condenan inocentes.

Los novelistas sabemos que la ficción no es sino una transmutación astuta de la realidad, una mentira que uno hace creíble porque está fabricada con algunos elementos verídicos. Por eso es peligrosa. Las calumnias que cayeron sobre usted y su familia, presidente, constituyen, en efecto, un tejido de mentiras y verdades superpuestas. Veámoslas.
 
Tomemos el caso de “Mamatoco”. Es cierto que el 14 de julio de 1943, el boxeador negro Fracisco Pérez, “Mamatoco”, fue asesinado de 19 puñadas en la espalda, en el Parque Santos Chocoano, de Bogotá. Cierto que los autores intelectuales de este crimen fueron el mayor Luis Carlos Hernández soler y el teniente Santiago Silva, y el autor material el sargento Rubén Bohórquez, de la Policía Nacional. El móvil fue el temor de que “Mamatoco” en su periódico La voz del Pueblo, revelara las irregularidades cometidas por Hernández a sus subalternos. El pretexto fue el de debelar una conspiración contra el gobierno en la que estaría comprometido el boxeador.

Los implicados fueron detenidos, llamados a juicio y recluidos en la cárcel, de donde se fugaron el 9 de abril. El propio apoderado de la viuda de “Mamatoco”, Pedro Nel Rueda Uribe, sostiene que nunca apareció cargo alguno contra Alfonso López Pumarejo. Pero sobre estos hechos reales, se montó una feroz campaña implicando a su padre y a Pedro, su hermano: no a usted. Se hiló una fábula truculenta.

Se habló de la muerte de un carabinero en el Parque Nacional, muerte ocurrida al sorprender a su hermano con una dama dentro de un automóvil. Supuestamente enterado de este hecho, “Mamatoco” habría sido asesinado para evitar que lo divulgara.

En realidad, la fábula atroz (Pedro, su hermano, que vivía en Turbo, la tomó a broma cuando la vio publicada en El Siglo) tomaba pie en un incidente ocurrido a don José María Castro Montejo por aquellos días: atracado por tres hampones, uno de éstos alcanzó a herir de un balazo al carabinero que acudió a auxiliarlo. Don Pepe Castro tuvo el gesto de poner las cosas en claro en una carta pública.

De modo que lo que se calificaba como crimen de Estado, ordenado en palacio, no fue sino una metamorfosis, prodigiosamente orquestada en el parlamento y en la prensa de oposición, de un crimen vulgar, fraguado por el oficial crapuloso y mitómano.

Y qué decir de las otras acusaciones? El affaire de Las Monjas es igualmente irrisorio. Las casas de veraneo, construidas en una propiedad de la familia con dineros públicos –tal era la acusación-, se reducía a una caseta rústica, con baño y sanitario para alojar a los oficiales de la Guardia Presidencial, y el aprovechamiento de una especie de galpón que ya existía para la tropa. Todo ello era recuperable por el Estado, y no representaba mejoras o valorización de una finca avaluada en diez mil pesos, que ni siquiera pertenecía a su padre sino a don Carlos Michelsen y por vía de sucesión a la rama Michelsen Tamayo.

En los casos de la Trilladora Tolima y de la Handel fue usted, presidente, el blanco de las acusaciones. En el primero se le acusó de haberse aprovechado, durante el gobierno de su padre, de bienes y fideicomiso de los súbditos alemanes, para comprar aun tal señor Mellenthin, a precio de huevo, una trilladora de café.

La realidad: el señor H.S. von Mellenthin habría dado en pago al Banco Comercial Antioqueño, por 26.000 pesos, una trilladora con un derecho de retro-compra. Usted la adquirió por 39.000 pesos, negociándola no con el fideicomisario sino con el directo representante del vendedor, señor Klotz, que estuvo plenamente conforme con la operación. El fideicomiso había sido decretado durante el gobierno del presidente Santos, y no durante el de su padre. También en esa época se concretó la negociación. Incidentalmente, la venta se firmó en los primeros días del segundo gobierno López, porque usted, obligado a guardar cama por enfermedad, no había podido hacerlo antes.

De modo que no hubo en este negocio, donde obtuvo usted beneficios modestos, ni peculado, ni prevaricato, ni lesión enorme. Esta terminología jurídico-pasional-analfabeta, como la llamó Juan Lozano y Lozano, se le aplicó, sin embargo, a este caso con un sentido absolutamente efectivista y teatral. El país, sensible siempre a la forma y o al fondo, guardó en su memoria y en su impresionable sistema nervioso, la dramática escenografía de la denuncia sin ver las gruesas y artificiales puntadas con que estaba tejida. Lo mismo ocurrió con la Handel.

A qué se reduce este sonadísimo escándalo?. A un montaje semejante. A hechos que mirados desprevenidamente nada tienen de irregular, se les sobreponen interpretaciones dolosas. Pero este asunto facilita tal desfiguración, pues en él hubo coincidencia de un interés público, el de la nación, con un interés privado: el que usted representaba. La calumnia, fácil, servida en bandeja, consiste en presentar medidas del gobierno en función de lo segundo y no de lo primero.

En la Handel también se establecen entre hechos reales relaciones inexistentes para configurar cargos contra usted y su padre.
La Handel en Industrie Maatschappij, que era una sociedad holandesa con bienes en Colombia, tenía un problema acerca de la legitimidad de sus dos sedes: una en Ámsterdam y otra en Curazao. La primera se fundaba en la legislación alemana de ocupación y la segunda en la legislación de la reina Guillermina de Holanda, a quién el gobierno nacional, desde la época de la administración Santos, reconoció como el gobierno legítimo de Holanda.

A solicitud de usted, presidente, el gobierno de Eduardo Santos decretó que los bienes de la Handel fueran puestos bajo fideicomiso, como se tenía que hacer con todos los bienes de alemanes o de personas naturales o jurídicas en territorios ocupados por los nazis. No era un favor que le hacía a usted el gobierno del presidente Santos. Era un acuerdo al que se hacía acreedora la sociedad si estimaba que su patrimonio quedaba protegido por el fideicomiso.

Teniendo en cuenta el gran número de colombianos y de súbditos de los países democráticos que se veían perjudicados por el fideicomiso, la administración Santos propuso varias soluciones destinadas a convertir las acciones Handel en acciones de Bavaria, ya que estas últimas eran el único patrimonio de la compañía holandesa en Colombia. Vale decir, la liquidación de la Handel adjudicándoles a sus accionistas títulos de Bavaria.

La última de estas gestiones, durante la administración Santos, se hizo con la mediación del Departamento de Estado norteamericano, que designó al señor Edgard Millar para acordar con el Banco Agrícola Hipotecario un procedimiento expeditivo para la liquidación. La junta directiva de este banco no aprobó la negociación, pero quedó establecido que las negociaciones en adelante se harían de gobierno a gobierno, como se dice ahora. La Comisión de Asuntos Legales en Tiempos de Guerra, con sede en Curazao, asumió la representación de la Handel frente al Banco Agrícola Hipotecario, que representaba a Colombia.

Cesaron, en consecuencia, al terminar la administración Santos, las gestiones de carácter privado, o por intermedio de abogados privados, de la Handel para tramitarse en lo sucesivo entre el gobierno holandés y el gobierno colombiano representado por el tenedor fiduciario.
Meses después de iniciada la administración López la Comisión de Asuntos Legales, que representaba a la Handel, reanuda conversaciones en Colombia. Sorpresivamente, el Senado de la República aprueba una proposición en la que se acusa al gobierno colombiano de estar suplantando al poder judicial, en su concepto único competente para dirimir el conflicto de las sedes.

Este concepto fue desechado por la administración Lleras Camargo, en 1945, cuando se reconoció administrativamente como sede legítima la de Curazao, invocando el hecho de que jamás la invasión nazi en Holanda podría producir efectos jurídicos en Colombia.

Usted, presidente, representaba legalmente en Colombia un comité protector de tenedores de acciones Handel. No debía usted esta representación legal a ninguna clase de influencias políticas. Durante la administración Santos no había razón alguna para que los tuviese. Era simplemente un buen abogado, que había sentado tesis jurídica sobre el régimen de sociedades extranjeras en Colombia.

Durante el gobierno Santos, usted había registrado las acciones Handel de propiedad de judíos, holandeses y norteamericanos que se veían obligados a disponer de ellas a medida que avanzaba la guerra.
 
Como no podían obtener dividendos, intentaban venderlas. El obstáculo para adquirirlas era cómo obtener legalmente divisas aprobadas por la Superintendencia de Control de Cambios. Usted encontró una manera perfectamente legal de hacerlo sin apelar a dólares comprados en la bolsa negra: a través de una sociedad belga dedicada a la extracción del oro en Colombia, que estaba autorizada a colocar fuera del país, en dólares, el 40% de sus utilidades líquidas.
Esperaba usted que una vez nacionalizada la Handel, estas acciones, en vez de quedar en poder de otros compradores extranjeros, pasarían a manos de colombianos convertidas en acciones de consorcio. Fue así como la Sociedad de Minas de Porcecito, a través de su gerente, Carlos Salazar del Camino, y merced a gestiones adelantadas ante el Control de Cambios por su abogado, el doctor Jorge Gartner, adquirió varios miles de acciones de propiedad de la Handel. La sociedad se comprometió a pagarle a usted una comisión cuando la Handel fuera liquidada.

Todo esto ocurriría cuando su padre no era presidente de la República, sino el doctor Eduardo Santos. Se trataba de una operación completamente lícita. Pero sucedió que el señor Salazar del Camino, sin que usted lo supiera, tomó para sí y para su familia y para la Sociedad Salazar y Argáez, las acciones Handel, constituyéndose en deudor de la sociedad que él gerenciala e incurriendo de paso en una operación en la bolsa negra completamente distinta a la que usted había propiciado.

Con fecha 26 de agosto de 1942, veinte días después de la posesión del presidente López Pumarejo, la Oficina de Control de Cambios se dirige al ministro de Hacienda sugiriéndole, de acuerdo con su junta consultiva, la conveniencia de autorizar remess al exterior para la adquisición de valores vinculados a empresas colombianas, es decir, de acciones representativas de bienes situados en Colombia. Tal fue el origen del Decreto 736 de 1943, que debería convertirse en piedra del escándalo.

Este decreto fijaba, además, en 15 por ciento la multa sobre acciones compradas en bolsa negra, cuando se decía, en un decreto de 1932, que esta multa podría ser de ciento por ciento. En realidad, nunca había sobrepasado el 15 por ciento. El señor Salazar del Camino se acogió a tal decreto denunciando las acciones que había adquirido de la Sociedad de Minas de Porcecito, o sea, admitiendo que había realizado una operación en bolsa negra.

De ello no tuvo conocimiento usted, ni menos su padre. Se trata de una persona que vivía en los Estados Unidos. Sus abogados tramitaron la operación sin informarle a usted. Usted vino a enterarse sólo en medio del debate que las acciones, materia de una operación lícita, habían salido del patrimonio de la Sociedad de Minas para ingresar en forma ilegal en la Sociedad Salazar y Argáez.

¿En qué consistía la calumnia? En pretender que un año y medio antes de ser presidente su padre, usted había hecho un negocio cuya suerte dependería de un decreto que debía expedir López Pumarejo en el caso de resultar elegido. ¿Es concebible que una compañía invierta su patrimonio en forma ilegal esperando que su operación sea legalizada por alguien que podía no haber llegado a la presidencia?
Después de haber suscrito una proposición con la mayoría liberal, en 1943, reconociendo que el gobierno de su padre había actuado por motivo de interés público en el caso de la Handel, Enrique Caballero Escovar tomó el relevo de la oposición conservadora. Fue un acusador tremendo, inesperado. Que un antiguo delfín político de su padre, un lopista, se levantara en el Senado para hablar de la Handel, de supuestas transacciones indebidas, de decretos oficiales expedidos sólo para favorecerlo a usted y a sus amigos o socios, era algo con el poder explosivo de una bomba. Los propios liberales quedaron mudos de desconcierto.

Brillante, cáustico, con un verbo cortante y rápido como una navaja, con efectos retóricos de gran fuerza, dramática lectura de documentos, vehementes impugnaciones, Caballero Escovar impresionó sin duda al Senado, quizás a todo el país.

Usted, presidente, fue pintado por él como una especie de Stavinsky, aquel aventurero francés de origen ruso, que durante la tercera república francesa hizo grandes estafas valiéndose de sus influencias políticas.

Según tales acusaciones, usted habría conseguido depreciar las acciones de Bavaria en poder de la compañía holandesa Handel en Industrie Maatschappij, obteniendo primero que éstas, durante la Segunda Guerra, fueran colocadas bajo fideicomiso; luego, habría hecho que familiares y socios suyos las adquiriesen a bajo precio y en bolsa negra en el exterior; finalmente, un decreto de su padre, permitiendo el ingreso al país y la conversión de dichas acciones en acciones del consorcio Bavaria, mediante el pago de una multa benigna, las habría valorizado, facilitándole a usted un negocio millonario.

Vistos hoy, sin ninguna iluminación retórica, los cargos de Caballero Escovar reposan en la interpretación que él hace de unos hechos y no en los hechos mismos.

En resumen, en este caso existían un decreto y un beneficio. Para los opositores, el beneficio obtenido por usted o por sus representados era la razón de ser del decreto. Para sus defensores, era una circunstancia accidental. Pero para nuestra malicia indígena, excitada por el discurso de los opositores, donde hay beneficio y decreto existe, inevitablemente, un abuso de poder.

En todo caso, a la luz de la dimensión histórica adquirida por López Pumarejo, a más de 25 años de su muerte, y a menos de 50 años de aquellos debates, es inconcebible pensar que haya legislado para favorecer a un hijo. Y esa era, en última instancia, la acusación que se le hacía.

Para utilizar una expresión francesa, el debate de Caballero Escovar se basa en un clásico proceso de intenciones. Usual en nuestro mundo político, es una manera de condenar a alguien por la intención que uno le atribuye a lo que ha hecho y no por lo que ha hecho en realidad.

¿Por qué reaccionó así contra usted y contra su padre, Caballero Escovar? En el caso de éste, pesa mucho un contencioso personal contra usted. Problemas de familia, en primer término, que han enfrentado la rama de los Caballero Blanco –a la cual pertenece su esposa Cecilia- a los Caballero Escovar y los Caballero Calderón. Luego, Caballero Escovar tuvo siempre la impresión de que usted, como él lo ha dicho, le “trasconejeó” una comisión.

En efecto, enterado de la existencia de la Handel antes de la guerra, Enrique Caballero Escovar, joven abogado entonces, le propuso a su padre, en un memorándum, que comprara en Europa acciones de dicha sociedad, la liquidara y realizara así un pingüe negocio, haciéndose a acciones de Bavaria a un precio muy por debajo de la cotización que tenían en Colombia. A usted aquel negocio le pareció utópico, entre otras cosas porque no se disponía de dólares legalmente exportables para adquirirlas y porque, además, a medida que aumentara la demanda el precio de éstas necesariamente aumentaría.

La operación propuesta por usted, tres años más tarde, cuando las condiciones eran completamente distintas por la invasión de Holanda y el éxodo de judíos propietarios de acciones, le pareció a Caballero Escovar que era la misma transacción propuesta por él a su padre.

Su debate puede ser visto, pues, como una venganza. Tenía la carga pasional propia de una personalidad compleja, brillante, llena de cortantes aristas. Produjo indudablemente un efecto espectacular.
Laureano Gómez y Caballero Escovar encontraron, en estos ataques, sigilosos aliados en ciertos jefes liberales. Es su convicción profunda. ¿En quién piensa usted? Sin duda, en los aspirantes a la presidencia, temerosos de que López Pumarejo, su padre, intentara imponer como sucesor suyo a un lopista: a Lleras Camargo o a Echandía.

En casa de Camilo de Brigard Silva, como lo cuenta Carlos Lleras en sus memorias, había reuniones de liberales y conservadores donde se planteaba la necesidad de que su padre se retirara del gobierno. En realidad, la campaña de la Handel había producido efectos en el Partido Liberal. Sólo desde ese punto de vista puede decirse que la Handel tumbó al régimen.

Quien vio muy de cerca la trama del infundio fue un adversario constante de López Pumarejo: Juan Lozano y Lozano. En Sábado, un semanario dirigido por mi padre, Lozano escribió una bien documentada defensa suya. Descubrió que usted no era Stavinsky, sino Dreyfus, aquel oficial judío injustamente acusado, que fue defendido por Emile Zola. Como Zola, Lozano escribió un “Yo acuso”.
También usted intentó defenderse. El único medio de hacerlo era entrando en el mismo lugar donde estallaban las acusaciones contra usted: el congreso. Un barón electoral del liberalismo, Tulio Rubiano, secundado por Alberto Galindo, le ofreció a usted un renglón efectivo en la lista de cámara por el Huila. Usted aceptó. Fue a Neiva. “Yo soy el hijo del ejecutivo”, empezó diciendo a la multitud, pavimentada de banderas rojas, que llenaba la plaza. La frase tenía, ya entonces, un sello muy suyo de atrevimiento y provocación. Reventaron gritos y aplausos.

Tenía usted 30 años. Su carrera política habría podido nacer en aquel momento. Habría podido usted ir a la cámara, defenderse, confundir a sus adversarios, revelar esas calidades políticas que el país sólo conocería veinte años después. Pero no fue posible. A su regreso de Neiva, preocupado por un editorial de El Tiempo en el que se hablaba de nepotismo, lo llamó a usted el ministro de Gobierno, Antonio Rocha: “Alfonso, tú no puedes hacer esto…”

Es simple: los amigos de su padre no creían en usted, en sus dotes y probablemente tampoco en su inocencia. Temían que frente a la oposición usted fuera demolido llevándose de cuajo al gobierno.

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Hagamos un alto en este punto crucial de su vida, presidente. Usted es víctima de una sonora calumnia: conservadores y liberales desgarran su reputación: amigos de su padre le dan la espalda. No puede defenderse. Su madre está enferma de cáncer. Su padre, resquebrajado el gobierno por los ataques, a punto de ser derrocado por un golpe militar el 10 de julio de 1944, se retira finalmente de la presidencia. Todos los viernes desde el Teatro Municipal, Gaitán clama por una “restauración moral de la República”. Todo tiende a hundirlo a usted para siempre. ¿Quién habría dado entonces cinco centavos por su futuro político?

Handel, es cierto, no fue por mucho tiempo una palabra podrida: en 1945, durante el gobierno de Alberto Lleras, la sede de Curazao fue reconocida y levantado el fideicomiso de las acciones. Nada ocurre. Lo que era escandaloso si lo proponía su padre, es admisible en su sucesor. He allí la prueba de que el debate tenía un móvil político y de que la decisión sobre la Handel no era de competencia del poder judicial.

Vienen años terribles para el país y de ostracismo para usted. Triunfa en 1946 Ospina Pérez; Gaitán es asesinado el 9 de abril de 1948; miles de liberales son muertos o desalojados de sus aldeas; se clausura el congreso a culatazo limpio; sin opositor es elegido en 1950 Laureano Gómez; el 6 de septiembre de 1952, son incendiadas las sedes de El Tiempo y El Espectador, la casa de su padre y la de Carlos Lleras; los dos se asilan en la embajada de Venezuela y parten para el exilio. Usted acompaña a López Pumarejo.

El drama del país se superpone a su propio drama, el de un hombre enlodado por la calumnia y sin defensa, repudiado en sus libros, fuera del país. Escribe Los Elegidos, esta novela que al hacer una pintura de su propio medio, de sus frivolidades y privilegios, lo convierte a usted, también allí en francotirador impertinente. Había recogido sus clases de la universidad bajo los títulos Introducción al estudio de la Constitución colombiana y La estirpe calvinista de nuestras instituciones.

Editor, productor de la película “Llamas contra el viento”, enamorado de corridos y rancheras, México le abre la posibilidad de vivir tranquilamente alternando libros y negocios con cierta bohemia agradable. Pero algo ocurre.

Sus amigos “El Runcho” Ortega y Carlos Pérez Norzagaray, cancelada ya en Colombia la etapa de la violencia, le sugieren a Alberto Lleras Camargo, primer presidente del Frente nacional, que lo nombre a usted embajador en México. El antiguo brazo derecho de su padre se muestra reacio, incómodo: “El problema de Alfonsito es la Handel”, dice.

En las primeras elecciones legislativas, recobrada la democracia, usted recibe propuestas para ir al senado en listas de Boyacá, Atlántico, el viejo Magdalena. Pero su nombre es eliminado por los jefes del partido a la hora de hacer las planchas definitivas. Usted comprendo: es objeto de un veto. Supongo que vibra entonces el nervio más sensible de su orgullo. Entiende usted que, a pesar de los años transcurridos, quedan huellas de las viejas calumnias. Se trata de un reto, un reto político, el reto de su vida. Del polvo levantará su nombre. Encontrará su lugar bajo el sol. El agredido agredirá, al fin.

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Su padre, para entonces, es un viejo león crepuscular que olfatea su muerte cercana. Siempre ha creído en usted, contra todos. Y usted aparece en el país como un aguafiestas del Frente Nacional, recordando en un documento que las instituciones plebiscitarias y la alternación en la presidencia no son ninguna panacea, sino todo lo contrario: un pacto para eliminar a la oposición cuyos fueron nunca han sido respetados, y convertir a los dos partidos en instituciones burocratizadas y clientelistas. Palabras proféticas, por cierto.
 
Todos cuantos sentíamos entonces que, tras años de violencia, el país necesitaba puertas y ventanas abiertas y no cerrojos institucionales, encontramos en usted a un jefe. Cierto, no era un jefe con barbas y uniforme verde oliva, sino un profesor de Derecho Constitucional de gabardina y pipa, que apareció en las oficinas de La Calle, recién llegado de México. Permítame una nota sentimental, presidente. Esos tiempos, los del comienzo del MRL, son también los de mi juventud.

Allí estaban, en aquellas oficinas de la calle 18, Álvaro Uribe Rueda, Felipe Salazar Santos, Hernán Valbuena, Ramiro de la Espriella, Indalecio Liévano: y allí fueron llegando de la provincia María Elena de Crovo, Jaime Isaza Cadavid, Jaime Ucrós, Aniano Iglesias, Barberena, Iván López Botero, Nacho Vives, tantos otros. ¿Recuerda aquel primer acto en el Campo Villamil donde usted pronunció su primer discurso? ¿Y el encuentro en el Temel, que yo ayudé a organizar, el primero en que todo el MRL se encontró reunido?

“Ahora le toca al pueblo”, era nuestro lema. “Pasajeros de la revolución, pasad a bordo”, decía usted. Y de pronto fue el gran encuentro suyo con el país profundo, con la inmensa Colombia rural. Carreteras llenas de polvo, plazas ardientes, calor, gorros y banderas rojos, pensiones llenas de chinches, vasos de aguardiente, discursos. Giras por el río Magdalena, la Costa, el Tolima, los Santanderes, el Valle, Boyacá, el sur del país.

Viajando de Moniquirá a San José de Suaita, en un sitio llamado Vado Real, un mediodía zumbante de calor, detuvimos el vehículo para bañarnos en el río. No teníamos trajes de baño. Estábamos todos en el pozo, con el agua a la cintura, cuando el puente sobre el río quedó constelado de mujeres con banderas rojas, vitoreándolo a usted. Y usted, un futuro presidente, no podía salir del agua como Adán… Aquellos tiempos, presidente.

III

Usted se perfiló dentro de su propio movimiento como un hábil político. ¿Discípulo de Maquiavelo? Algunos lo aseguran. Lo cierto es que a la larga los propios fundadores de La Calle, Álvaro Uribe y Felipe Salazar, resultaron marginados. Quizás usted había aprendido a dividir para reinar y neutralizar aspiraciones contrarias a las suyas.
 
Aceptó usted que se lanzara en 1962 una candidatura suya que era inconstitucional. Obtuvo 700.000 votos. Pero entendió también que, sin alternativa real del poder, su movimiento se erosionaría. De modo que no rehuyó la unión con el oficialismo, negociada por amigos políticos suyos. Fue para todo el mundo una sorpresa que usted, atendiendo la petición de los vallenatos (lo habían conocido quince años atrás cuando estuvo allí como agricultor) aceptara ser el primer gobernador del departamento del Cesar, y más tarde, con motivo de la llegada a Colombia del Papa Paulo VI, la Cancillería.

El momento estelar de toda su carrera política fue la Convención Liberal del 30 de junio de 1973. En las precedentes elecciones de mitaca había usted derrotado al turbayismo prestando su nombre como cabeza de lista para el Concejo de Bogotá y de las listas de asamblea de seis departamentos. Lleras Restrepo aspiraba a ser reelegido. Propuso, sorpresivamente, que se procediera a escoger candidato liberal a la presidencia aquella misma tarde. El dio su voto por Darío Echandía. Usted, como buen jugador, lo hizo por su contrincante, por Carlos Lleras. Y resultó postulado.

¡Usted, el vetado de otros tiempos, el apestado de la Handel, derrotando al gran establecimiento liberal! Aquella fue su gran hora de triunfo. El desquite concedido por la historia.

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No hubo pacto con Turbay, como se ha dicho. Sus largos años de disidente habían rendido frutos. En mayo de 1973 fue elegido por un millón y medio de votos de mayoría sobre Álvaro Gómez Hurtado.
 
Exactamente 40 años después que su padre llegara a la presidencia por primera vez, en 1934. ¡Largo, accidentado camino el suyo!
Todavía esa presidencia es tierra fresca: en lo sembrado por usted, unos ven rosas, otros espinas. Pero usted confía en la historia. Contra la algarabía de sus enemigos, tiene hechos y cifras que mostrar. Miremos las rosas y también las espinas.

¿Rosas? El gobierno del “Mandato Claro”, como se llamó al suyo, dejó algunas cifras estelares. Bajó a 7,6% la tasa de desempleo, que usted encontró en 11,2%. En términos reales, el salario mínimo fue 14,25% más alto que en el período anterior. El índice de población escolar matriculada subió 44%. El crecimiento del PIB nacional llegó a su récord histórico de 8.94% y el agropecuario a 10,26%.

Es cierto que a usted lo favoreció la bonanza cafetera. Sobre la manera como la manejó se han hecho críticas y reconocimientos, pero lo cierto es que al terminar su gobierno las reservas internacionales, que usted había recibido en 278 millones de dólares, quedaron en 2.052 millones. Hubo el mayor superávit fiscal: 14.599 millones de pesos. La deuda externa sólo aumentó en 676 millones de dólares, cuando en la administración del presidente Turbay se triplicó.

Además de estas buenas cifras, debe acreditársele a usted un recio impulso a las obras públicas, los tratados sobre el mar territorial firmados con Panamá, Ecuador, Haití, República Dominicana y Costa Rica, y sobre todo una visionaria política energética: aumento del 20% del potencial hidroeléctrico; cuadruplicación de los pozos petroleros perforados; incremento notable de la producción de gas, y principalmente, la explotación carbonífera, que hasta su gobierno era sólo un proyecto, quedó convertida en realidad.

Las espinas tienen relación con la política de desarrollo puesta en práctica en la etapa inicial de su gobierno, inspirada en el modelo aplicado por el profesor McKinnon en Corea del Sur. Esta concepción, tendiente a crear un vigoroso mercado interno de capitales, produjo, según críticos suyos, una preocupante concentración del poder económico, un auge perturbador de los conglomerados financieros y tendencias a la especulación en la finca raíz y en la bolsa. Fue, de todas maneras, una política ratificada por usted a partir de 1976.
Sus adversarios levantaron gran polvareda con la inflación (se habló de un “Mandato Caro”). También con los llamados escándalos familiares. La inflación, al finalizar su gobierno, quedó en 18%, después de haberse aproximado a 30%. Ministros y gobernadores suyos se quejaron con frecuencia de su irritabilidad y de cierto alejamiento suyo, que otros confundían con arrogancia. La verdad es que usted parecía confiar sólo en su amigo, el canciller Indalecio Liévano Aguirre, que tomó su cargo con las distancias de un trono imperial.
 
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Los llamados escándalos familiares hicieron, sin duda, daño a su gobierno. Cierta deformación de hechos en su contra parece ser un sino personal, presidente. Hubo aquel sonado asunto de La Libertad. Lo cierto es que la construcción de la llamada vía alterna al Llano, empalmando la carretera marginal de la selva con la carretera que va de Bogotá a la represa de Chivor, le fue sugerida a usted por alguien fuera de toda sospecha: el doctor Virgilio Barco.
 
No sabía usted que dicha vía, recomendada por los expertos y prevista desde la administración del presidente Lleras Restrepo, pasaba cerca de la propiedad comprada por su hijo Juan Manuel. Aunque la escritura se corrió en los primeros días de su gobierno, el documento de compraventa se había protocolizado durante el gobierno de Misael Pastrana. Se repitió en este caso lo ocurrido con su padre: una medida de interés general aparecía, para sus detractores, como inspirada por un interés familiar en el que usted no había pensado. La malicia indígena obviamente no lo creyó así. Sí, es su sino personal, presidente.

También fue piedra de escándalo el que su hijo Felipe se retirara temporalmente de su cargo de secretario privado para realizarle un estudio a la Federación de Cafeteros sobre el negocio de futuros del café. O que en el jet presidencial, enviado a Europa para una revisión, viajaran dos cuñadas suyas. De este viaje, que no implicaba por cierto ningún costo para el erario, se enteró usted por la prensa. Fue el “Fonsijet” de que habló Lucas Caballero. Latía en él, como en su hermano Eduardo y en su primo Enrique Caballero Escovar, el viejo odio familiar contra usted.

Pero la historia no suele tomar en cuenta estas polvaredas episódicas. Retiene balances, y el suyo, en cifras y hechos, le es muy favorable, presidente. Naturalmente, no fue tomado en cuenta por los electores cuando usted debió enfrentar su candidatura con la de Belisario Betancur. ¿Apetito de poder? Muchos lo dirán, pero no es cierto. Sus próximos lo saben. La mayoría del partido, nada segura de que Virgilio Barco o Alberto Santofimio pudieran presentarse ventajosamente en estos comicios, lo postuló a usted. Y usted asumió este compromiso sin mayor convicción. Perdió usted con una votación superior a la que le dio el triunfo a Turbay Ayala cuatro años antes. Usted culpa de la derrota a la división liberal protocolizada por Galán. Personalmente creo más en el fenómeno de Belisario y su franja.

Ahora, a los 78 años, usted está de regreso de todo. No aspira a nada, digan lo que digan los suspicaces. Juega usted al golf, almuerza con jóvenes y encantadoras señoras bajo la mirada divertida de Cecilia, su esposa; prepara conferencias, viaja; comparte con sus hijos cierta aguda causticidad para juzgar hechos y gentes, y de vez en cuando provoca gran revuelo en el país con una declaración. En 1991, vuelve usted al primer plano, como jefe único del liberalismo y logra, en las elecciones del 28 de octubre de 1991, para renovar el congreso, un triunfo resonante, después de recorrer el país vistiendo una camisa roja.

Escribe sus memorias, que sólo serán publicadas después de su muerte. ¿Sabe lo que acongoja, presidente? Que es usted el último representante de una clase dirigente liberal en vía de extinción. López Pumarejo, Eduardo Santos, los Lleras, usted, tienen en común cierta forma de cultura y refinamiento intelectual propia de nuestro pasado. El futuro del país se dirimirá entre otra clase de dirigentes.

Como sea, ha sido usted un intelectual extraviado en la política por el milagro de una calumnia. Usted pertenece, como lo dije alguna vez, al mundo que nosotros los escritores amamos. A usted le gustan los libros, relee a Proust, pero también es devoto de las rancheras, los vallenatos, los buenos cuadros, la sopa de tortuga, las mujeres bonitas. Habla un francés y un inglés refinados, cultiva la paradoja. Y cierto espíritu de provocación como corresponde al hijo de un presidente, al nieto de un millonario, al bisnieto de un agitador de barriada. Usted, como su padre, ha vivido tormentosamente sin proponérselo, su vida política. Pero han dejado, no hay duda, profundas huellas digitales en la historia de Colombia.

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