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| 2/27/2006 12:00:00 AM

Un millón de sueños perdidos

En Japón, casi un millón de adolescentes viven prácticamente autosecuestrados en sus cuartos: no comen con sus padres, difícilmente se bañan y rara vez salen a la calle. Sufren de Hikikomori.

Makoto* lleva encerrado un año en los mismos cinco tatamis, cerca de nueve metros cuadrados. Solo abre la puerta para ir al baño y comer las sobras que su madre deja en la nevera. Pasan los días, las semanas y los meses. El chico de algo más de 17 años no va a la escuela, no tiene amigos. Depende exclusivamente de los juegos de televisión y de la música que emana de su computador. Makoto se ha encerrado en sí mismo, sufre de hikikomori.

Como él, dicen los siquiatras, pueden existir más de un millón de muchachos en Japón, y en menor proporción en Corea del Sur y China. Hikikomori traduce en español “apartarse”, “recluirse”. Se refiere a una persona que se autosecuestra por más de seis meses. A muchachos que escasamente cenan con sus padres, difícilmente se bañan y casi nunca salen a la calle. Aunque existen casos registrados en mujeres, el 80 por ciento de los enfermos son hombres, muchos entre los 13 y 14 años, otros entre los 20 y los 30.

El problema, que hasta hace poco ha sido reconocido como un fenómeno social tan dañino y peligroso como la anorexia, tiene a las autoridades en alerta. A medida que el problema crece en Japón, así mismo surgen innumerables grupos de apoyo y programas en línea cuyo objetivo es el de convencer a la víctima de que salga de su reclusión.

Las causas del mal no parecen estar claras. Mientras un grupo culpa a las madres que al fin y al cabo son en Japón completamente responsables por la crianza de los hijos, otros insisten en que todo es consecuencia de padres excesivamente cansados de trabajar, acoso emocional escolar, exagerada presión académica, video juegos y soledad. Una combinación potencialmente peligrosa para mentes en pleno proceso de formación.

Algunos antropólogos han llegado a la conclusión de que el papel social asignado al hombre ha jugado un papel determinante en el fenómeno. Argumentan que los chicos comienzan a sentir la presión a inicios de la secundaria y que es justamente en esa etapa en que los muchachos comienzan a aceptarse a sí mismos y se forjan actitudes que conducen al éxito. Muchos de estos hikikomori han decidido su fracaso mucho antes de haber terminado su secundaria. Ellos mismos han matado a sus propios sueños. Se han quedado atrapados en una inercia que les impide abandonar su casa y terminan por sufrir depresión y comportamientos obsesivos y compulsivos como consecuencia lógica de meses de encierro voluntario.

El problema ha tomado ventaja. Al principio fue diagnosticado como un tipo de depresión, esquizofrenia, o desorden de la personalidad. Pero a medida que fue apareciendo un mayor número de pacientes con síntomas similares, ha sido necesaria una investigación mucho más extensa y una difusión del problema suficientemente amplia como para que los padres con hijos en riesgo puedan ayudarlos antes de que sea demasiado tarde.

La versión de los niños

Los pacientes de hikikomori normalmente se refieren a su vida escolar como miserable. Relatan el cansancio luego de la escuela y la obligación de continuar estudiando, hasta la noche, en lugares especializados en donde se preparan para los exámenes de secundaria o de la universidad. Más de 10 horas seguidas de libros y trabajo. Se refieren al acoso emocional por ser muy tímidos, o por ser mejores que otros en música o deportes.

Los padres acusan parte de la culpa. En muchos casos aceptan no haber ayudado a su hijo o creerlo más fuerte de lo que realmente era. Los padres cada vez son más exigentes y ponen todas sus esperanzas en el éxito profesional de sus hijos. Si un muchacho no sigue un determinado rumbo hacia una buena universidad y por ende no llega a una buena compañía, es considerado como un fracaso, especialmente de la madre.

Los psiquiatras aseguran que el fenómeno es también consecuencia de la falta de relaciones familiares. Se refieren a padres trabajadores que viven en las grandes ciudades y que normalmente son solitarios. Ya no existen las relaciones fuertes entre los clanes familiares y los chicos crecen sin confrontar a otros de su edad. Simplemente van madurando sin las habilidades necesarias para comunicarse y negociar sus propios vínculos con otros niños de su edad. Luego no serán capaces de relacionarse emocional o sexualmente sin temor al fracaso. Por eso prefieren encerrarse.

El futuro

Dicen los expertos que a medida que el enfermo de hikikomori crece, así mismo decrecen sus posibilidades de reincorporarse a la vida corriente, y que existen casos totalmente perdidos. Son personas que nunca podrán involucrarse en un trabajo estable, tener una relación duradera, y mucho menos buscar su propia independencia. En muchos casos terminan involucrados en crímenes horrendos que sorprenden a la sociedad japonesa.

Los médicos y antropólogos extranjeros miran el fenómeno con curiosidad y admiten no haber encontrado en sus países de origen casos similares. Para ellos la explicación es muy simple: demasiada tolerancia. No se explican cómo los padres le dan tiempo al encierro de sus hijos y subestiman el problema. Quizá, concluye uno de los médicos, la solución está en algo tan simple como tumbar o quitar la puerta.
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