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| 7/4/2004 12:00:00 AM

Una Copa, un estadio, un abrazo

Caldense que se respete es dicharachero, y el lema de anoche fue "el que gana es el que goza". Qué mejor frase para explicar lo que se vivió el jueves pasado en el Estadio Palogrande.

Al vendedor de cerveza se le derramaron los últimos vasos que llevaba en su canasta de madera, pero no le importó. Tampoco importó que el del lado fuera un desconocido, al final todos los hinchas del blanco terminaron en un solo abrazo, en un solo llanto y en un solo cántico: "¡Sí se pudo!".

Los voluntarios de la Defensa Civil alistaron sus camillas, pues sabían que en la lotería de los penaltis, en una final de Copa Libertadores, con el equipo del alma jugando de local y una hinchada ansiosa de triunfos, los infartos, caídas, desmayos y peleas iban a estar a la orden del día.

A las 7:10 p.m. el blanco salió de su camerino. El estadio se iba a caer. La hinchada de Holocausto, que no había entonado la primera canción, sacó sus rollos de papel, sus banderas, su pólvora y sus bengalas, las mismas que reparten por todo el estadio para darle la bienvenida al equipo, y empezó a saltar y gritar.

El "Loco" Darío, hincha incondicional desde hace más de tres décadas del Once Caldas, y uno de los más queridos por los jugadores y directivas, agarró con todas sus fuerzas un crucifijo que no soltó desde cuando entró al estadio. El "Loco" nunca alcanzó a imaginarse que casi dos horas después de haberse iniciado el partido, iba a sentir, junto a otros 42.000 hinchas, cómo es eso de ganarse una Copa Libertadores.

Y mientras en la tribuna el "Loco" se desvivía porque el partido empezara, y gritaba con todas sus fuerzas del uno al once, en la gramilla las porristas del blanco se pararon en fila, cada una con una bengala en su mano, para darles la bienvenida a los que luego serían coronados como campeones. El estadio quedó con una espesa nube de humo. Por la pólvora que recibió al equipo, por las bengalas que iluminaron su aparición.

Cerca de las 7:15, luego de que sonara el Himno de Colombia, y como por arte de magia, de la tribuna norte salió una bandera inmensa con los colores de Manizales que cubrió a las 9.500 personas que se habían acomodado allí. La hinchada de Holocausto empezó a cantar el himno de Manizales, y el estadio entero los siguió. ¡Y de pie te canto salud!, y la bandera, en un abrir y cerrar de ojos volvió a enrollarse.

El central dio el pitazo inicial. Las camándulas empezaron a hacer marcas en las manos de los hinchas que venían venir 90 largos minutos. Los 650 hinchas de La 12, la barra que vino a acompañar a los argentinos, cantaban con todas sus fuerzas que sí, que esa era La 12, sí señores. Las sombrillas, camisetas y coros de los xeneizes eran la envidia de muchos de los seguidores del blanco. Algunos argentinos prometieron que al final del partido querían cambiar la camiseta. Pero qué va, salieron custodiados por la Policía luego de que Henao le tapara el último cobro a Cángele.

En la gramilla hubo gol del Once, y en la tribuna hubo fiesta. Y los de Holocausto le dedicaban el triunfo momentáneo a sus eternos rivales: "Pereira/la Copa/se mira y no se toca".

Afuera de las graderías, en los pasillos, había una calma chicha. Cuando el central señaló que la primera parte había terminado, el movimiento se trasladó a los puestos de comidas y bebidas. Y a los baños. Mientras el primer tiempo se jugaba, los 'cocineros' del estadio asaban pinchos, freían albóndigas, asaban arepas y armaban perros calientes y hamburguesas que los hinchas devorarían en 15 minutos. La barriga llena y el corazón muy contento. Los seguidores del blanco no podían pedir más.

Pero faltaban 45 minutos, y en el fútbol cualquier cosa puede pasar. Y pasó, vino el gol de Boca, el estadio enmudeció, La 12 enloqueció y a medida que el tiempo pasaba los auriazules metieron a los blancos en su área. A los 45 minutos del segundo tiempo ya no había uñas, cigarrillos, aguardiente ni comida que calmara la ansiedad. La lotería de los penaltis era a 'palo seco'. La pregunta era si para ganar el título el Once iba a tener que sufrir tanto como sufrió Nacional en el 89...

Para qué recordar la secuencia de tiros al arco, si a los hinchas del Once se les encharcan los ojos cada vez que la repiten en los noticieros. Henao tapó el tiro de Cángele y todos se abrazaron, lloraron, gritaron, saltaron, y se volvían a abrazar y más de uno tuvo que pellizcarse y no se la creían. Las calles se llenaron de harina, de aguardiente, de gritos y de felicidad y ya la gente está haciendo cuentas para viajar a Japón en noviembre. Ya más de uno se imagina una estrellita amarilla en el escudo del Once, y quién se atreve a decir ahora que el Once es un equipo humilde.
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