Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2006/02/12 00:00

Una historia de piratas

Alejandro Samper cuenta su primera batalla con los piratas del software, el video y la música en el sector de Unilago. Salió estafado.

Una historia de piratas

Caminas y te pasan una libretita de varias páginas impresas con títulos de -qué más va ser- programas de computador, videojuegos, películas en DVD, y música en formato mp3. Es el sector de Bogotá conocido como Unilago, y en cada cuadra hay como mínimo ocho personas ofreciendo estos productos a precios "negociables". Si se decide por comprar videojuegos originales en alguno de los centros comerciales especializados de la zona, estos pueden estar entre 60.000 y 150.000 pesos, y las últimas películas en formato DVD, en un sitio como Tower Records, puede costar 70.000 pesos. Pero si cruza la carrera 15 o se para en las esquinas de los grandes centros de cómputo, puede conseguir los mismos títulos por 10.000 pesos. está bien, se lo dejo en 8.000.

El contacto

Son decenas de hombres y mujeres, jóvenes la mayoría, quienes diariamente llegan después de las nueve de la mañana a esas cuadras en búsqueda de clientes que apoyen la piratería digital. Leo la lista "sin compromiso". Aparecen títulos de películas recientemente estrenadas en los cinemas locales. "¿Cómo está la copia de 'Ciudad del Pecado' ('Sin City' de Robert Rodríguez y Frank Miller)?" Por experiencia sé que por lo general son copias de baja calidad: videos caseros realizados durante los primeros días de proyección. "No es quemada de original, pero se deja ver", me dice Wílber, un vendedor de unos 20 años, lo que confirma mis sospechas.

Luego de confirmar el posible proveedor con "El Costeño", otro de los intermediarios, libreta en mano, Wílber me pide que lo espere cinco minutos afuera de una de las tantas cafeterías del sector, mientras él va y me consigue el título -no reciente- que le solicito. Como yo, hay una pareja y otros tres tipos esperando a que sus respectivos intermediarios aparezcan con sus recados. No es la primera visita para uno de ellos; el día anterior había comprado un software del cual le habían dado el código de registro equivocado. "Es que la letra 'g' parecen nueves, y los nueves, cuatros", le explica su intermediario, que ya reconoce la caligrafía de varios de los proveedores.

Debe llevar mucho tiempo en esto para conocerle la letra a quien quema los programas.

Siempre, son un par de años en este cuento.

¿Y cómo terminó en este negocio?

Como casi todos los que estamos aquí, porque fue el único trabajo que encontramos. Terminé la carrera y no pasé en ninguna de las empresas a las que me presenté. Comencé a colaborarle a un compañero que tiene un puesto aquí (Centro Comercial Unilago) y ahí me fui metiendo en este cuento.

Este negocio se mueve mucho ¿cuántas películas vende diariamente?

Yo he llegado a venderme más de 30 películas en un día, pero con esta llovedera, la gente no sale o pasa de afán. Lo normal es vender unas 10 o 15.

¿Treinta películas?

No sólo películas, también programas, juegos y música.

Entonces, ¿el negocio es bueno?

Sí, es bueno. Al menos le deja a uno para comer y mantenerse. No hay jefes que lo jodan a uno y ahora que se acerca fin de año, el negocio mejora.

¿Y la Policía no molesta mucho?

A veces se alborotan y lo sacan a uno de aquí por una semana. Hay que estar pendientes y avisar si va a pasar algo. Pero generalmente cuando "cierran" esto, al otro día volvemos a estar aquí o unas cuadras más abajo y nos vamos subiendo. Ellos también compran.

¿Es que los originales ('software', películas y música) están caros?

Bastante.

¿Entonces usted esta haciendo una "labor social"?

Mientras me dé para vivir, dígale como quiera (risas).

Quince minutos después aparece Wílber con la película. Cuando va a entregármela, su mano tatuada esconde el DVD bajo la camisa estampada con un dibujo de ánime japonés. Me dice que camine con él, mientras afanosamente otros vendedores se recogen en diferentes locales. Por nuestro lado pasan cuatro agentes de Policía. Detrás de una cabina telefónica cerramos el negocio.

Déjemela en 7.000 pesos.

No se puede, ya le rebajé 2.000. Y sólo me quedarían mil para mí, y eso ni para el pasaje.

Pago y me marcho. A mi paso vuelven a reaparecer las libretas.

* * *

Me echo en la hamaca a ver la película y la imagen no aparece. Está mal copiada. Piratas.

* * *

La cofradía

De acuerdo con el censo realizado este año por el Fondo de Ventas Populares (FVP), en Bogotá hay 79.290 vendedores informales de los cuales el 2,6% se dedica a comerciar con discos compactos (música y otros). Muchos de estos comerciantes se encuentran en los sectores de San Andresito, el sector del centro de la ciudad y Unilago.

Decido hacer valer mis derechos como consumidor. Sin factura de compra y un disco en el que se garabatea un nombre: Zatoichi. ¿Cómo se llama? Los rostros de esa cuadra se me hacen iguales. Me acerco a dos vendedores jóvenes que sobrepasan los 20 años.

Esta mañana compré esta película y está mal quemada.

¿No sabe cómo se llama el que se la vendió?

Recuerdo que tiene la mano tatuada y una camiseta azul con dibujos.

¿Y es alto, morenito, flaco, y se parece a mí?

Si, pues es que ustedes se ven tan parecidos.

Es que ese es nuestro hermano Wílber. Ya debe venir.

¿Esto es un negocio familiar?

No. Negocio si fuéramos los dueños. Nosotros estamos hace poquito en esto.

¿Y por qué están en esto?

Para colaborar en la casa y tener plata. A este (el más joven) porque le gustan los juegos.

¿Y no estudia?

Cuando hay tiempo (se ríe). Tengo ganas de hacerlo, pero cuando consiga con qué.

Aparece Wílber. Una chaqueta que lo protege de la llovizna de esa tarde le cubre la camisa. Me cuenta que esa mañana hubo una redada de la Policía y le incautaron unos equipos y unos CD al proveedor. Pide que le deje la película y que pase mañana a las 10 de la mañana por ella. Le digo que mejor me quedo con ella y le cumplo la cita. Empiezo a desconfiar de la palabra del pirata.

* * *

Son las 10 de la mañana y Wílber no aparece. Mientras espero, veo las ya familiares caras de la cuadra al frente de Unilago; todos con sus libretas acercándose y ofreciéndoles sus ilegales productos a los transeúntes. Algunos chiflan y ondean la libreta llamando la atención de potenciales clientes que salen del centro comercial con las manos vacías.

Un carro de madera y balineras pasa por la 15 y para enfrente de un café. Se acercan algunos de los intermediarios de la cuadra. El hombre del carro de balineras descarga una caja que es revisada por uno de los jóvenes con libreta. La mercancía es luego llevada al interior de la cafetería. Quince minutos después, el mismo carrito está una cuadra más allá descargando otra caja. En un lado están los pequeños proveedores de programas; en otro, los de películas, y en otro, el de la música. Es toda una cadena, estructurada y -en apariencia- dinámica.

Estoy esperando a su hermano Wílber. Quedamos de encontrarnos aquí a las 10, y ya ha pasado una hora.

¿Quién?

Wílber, su hermano. ¿No sabe dónde está?

Ahhh, pues no sé. Él llega aquí a eso de las 9.

Es que quedó de cambiarme esta película que salió mala. ¿Usted por qué no me hace el favor?

Yo le hago la vuelta, pero son 5.000 pesos.

Yo ya pagué, y sólo es ir donde el proveedor.

Por eso, toca buscarlo.

Entonces, ¿por qué no me dice dónde están los proveedores y yo voy y la cambio?

Es que eso toca hablar con un 'man' ahí, y ese habla con otro. Entonces, si quiere, espérelo.

Me acerco donde otro intermediario y se niega a hacerme el favor si no es por plata. Dice no conocer a Wílber. ¿El código de honor pirata?

El sitio y la huida

"Usted es tan legal como lo que compra" anuncia la Comisión Nacional de Televisión en sus comerciales antipiratería. Al mejor estilo de los corsarios, regresé esa misma tarde y procuré no dejarme ver de Wílber y sus hermanos. Anuncian "programas, juegos, películas, mp3" y agitan sus libretas. En los cafés o bajo los árboles de la 15 se refugian los compradores. Me acerco a Wílber.

Lo estuve esperando.

Qué pena, es que tuve que hacer unas vueltas en el centro y se me fue toda la mañana.

Le dije a su hermano que si me ayudaba a hacer la vuelta y no me colaboró. ¿No le contó?

No, no me dijo nada. ¿La tiene ahí?

(Se la entrego)

Listo, ahora vuelvo.

Espere, que yo lo acompaño.

Fresco que es allí en la esquina donde está toda esa gente.

Se marcha. Media hora y una cerveza después no aparece. Me meto en medio de la gente que allí se aglomera y entre folletos de accesorios para computador y más libretitas, encuentro al 'Costeño'.

Estoy buscando a Wílber, ¿lo ha visto?

¿Quién?

Wílber.

No lo conozco.

Piratas.

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