21 agosto 2007

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Una maestra de armas tomar

Esta es la historia de una profesora que siguiendo sus convicciones empuñó las armas del EPL por tres lustros.

Una maestra de armas tomar.

Foto: Daniel Reina.

Miriam Criado no parece tener el temperamento de un combatiente armado. Su trato y su voz dulce llevan a pensar más en una noble ama de casa. Sin embargo, ha cumplido las dos facetas en su vida. Es una madre de tres hijos y por casi 15 años militó en la guerrilla del EPL con algún protagonismo, el s
uficiente para que aún hoy tenga que contar con medidas de seguridad.

Su historia comienza en Ocaña, Norte de Santander, donde se crió como la mayor de seis hermanos. Allí hizo los estudios tradicionales de cualquier normalista que aspira a aprender mucho para dedicarse luego a enseñar. Tenía 18 años, era muy aplicada y nada revoltosa cuando partió hacia las zonas rurales del departamento a cumplir con el período de pasantía necesario para graduarse. Allá se despertó, de un momento a otro, su actitud contestataria y se comprometió con el llamado Ejército Popular de Liberación “en el año 77”.

Fue tal el ímpetu de su “vocación” insurgente, que de entrada quiso integrarse al ala militar de la organización. Pero esas tareas eran de tradición masculina y ella debió abrirse espacio como dirigente política. Y lo logró. Tanto, que los cuadros dirigentes vieron en ella una gran “correa de transmisión” del mensaje subversivo y le ordenaron trasladarse a Bogotá para difundir el discurso en juntas de acción comunal, sindicatos y demás organizaciones donde pudiera cazar adeptos y contribuyentes para la causa insurgente.

Luego de un período en la capital, fue a hacer lo propio en Sogamoso, Boyacá, donde el EPL había sufrido duros golpes. Allí se casó con un novio también adscrito al movimiento guerrillero y juntos tuvieron dos hijos. Luego de estar tres años disfrutando de una relativa tranquilidad, a mediados de los 80 empezó a recibir amenazas de muerte. Su nombre aparecía en listas negras. Logró salir con su familia, pero en los años siguientes la situación se repitió una y otra vez a donde quiera que fue. Hoy se considera afortunada porque la zozobra no pasó de ser eso.

A comienzos de los 90 la guerrilla del EPL inició negociaciones con el gobierno, y Miriam, como dirigente regional, ocupó un puesto en la mesa de negociación. Luego de dilaciones, crisis y avances, finalmente este proceso la llevó a la civilidad en 1991. Según ella, el resultado de ese período continúa vigente en la Constitución y el poder que con esta ganó la ciudadanía.

“Las armas son un instrumento que no puede tener perpetuidad. La lucha política comprende un espectro mayor que el enfrentamiento armado”, opina. Y su propia historia es consecuente con esa afirmación. Después de desmovilizarse, Miriam continúo su lucha un par de años en el terreno electoral. Luego se dedicó al trabajo comunitario. Desde enero hace parte del grupo de gestores, su campo de acción son los barrios marginales de Bogotá. Se declara feliz con su trabajo y dice con cierto orgullo que las armas no soy hoy el motor de la lucha “como bien lo dice la Constitución, es el ciudadano” puntualiza.
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