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| 4/24/2005 12:00:00 AM

Una mirada única

Manuel Kalmanovitz escribió sobre la extraordinaria fotógrafa estadounidense Diane Arbus.

Estén en un campo nudista, en una feria de pueblo o paseando un domingo en el Parque Central de Nueva York, la gente fotografiada por Diane Arbus siempre parece desnuda. Los nudistas por razones evidentes. Fotografiar a un nudista es fácil, claro, los nudistas empelotos están. Pero, ¿y los demás? ¿Qué hacía para que la otra gente, tan vestida, tan compuesta, dejara de lado su cara pública y quedara en la más completa desnudez síquica?

Tras su suicidio en 1971, el obituario del New York Times citó a una señora que había posado para ella y que calificó a la sesión como una "experiencia aterradora". Aparentemente, dice el obituario, la técnica de Diane Arbus era esperar a que todas las máscaras sociales cayeran una tras otra hasta dejar al sujeto totalmente expuesto, retorciéndose en su indefensión.

Y el asunto es que no son una o dos o tres las fotografías en donde uno puede ver al sujeto expuesto, es en la inmensa mayoría de las fotografías de Arbus que estos días se pueden ver en el Museo Metropolitano de Nueva York en una completísima retrospectiva itinerante (organizada originalmente por el Museo de Arte Moderno de San Francisco).

Durante su vida, Arbus se hizo relativamente famosa como fotógrafa de rarezas humanas. Iba a las ferias y les tomaba fotos a las atracciones: mujeres traga-sables, hombres tatuados, enanos, gigantes, los extremos visibles del arcoiris humano. "La mayor parte de la gente pasa sus vidas con miedo de sufrir una experiencia traumática. Los 'freaks' nacieron con su trauma. Ya pasaron su prueba en esta vida. Son aristócratas", escribió.

Hay varias cosas extraordinarias en Diane Arbus, más allá de su talento. Una es que comenzó a trabajar en sus fotografías relativamente tarde, en 1956, cuando ya tenía 33 años. Es cierto, había trabajado en fotografía de moda junto a su esposo desde el final de la Segunda Guerra Mundial (su esposo, Allan Arbus, estudió fotografía con el Cuerpo de Ingenieros del Ejército mientras prestaba servicio), pero era él quien controlaba esas sesiones. Las fotografías de moda nada tienen que ver con lo que vendría luego.

Otra particularidad es que el ojo de Arbus, su estilo particular, se ve claramente desde el principio. No hay titubeos. Como Atenea, nacida de la cabeza de Zeus en su forma definitiva, Arbus sabía lo que quería y cómo lo quería. Según ella, lo más importante en su formación fue tomar clases en el New School con la fotógrafa austríaca Lisette Model, quien afirmaba que la cámara era un instrumento investigativo. "No sólo fotografiamos lo que conocemos sino lo que no conocemos", decía la maestra.

"Hace mucho, cuando comencé a tomar fotografías pensé que había mucha gente en el mundo", diría más tarde Arbus, "Y que sería terriblemente difícil fotografiarlos a todos, así que si fotografiaba a un ser humano generalizado, todo el mundo lo reconocería. Sería lo que llaman 'el hombre común' o algo así. Fue mi maestra Lisette Model quien finalmente me hizo ver que mientras más específico seas, más general será el resultado".

El reino

Diane Nemirov nació en Nueva York en 1923. La familia de su madre era propietaria de Russek's Fifth Avenue, un exclusivo almacén especializado en pieles y otros artículos femeninos, y pasó su infancia rodeada de lujos. Estudió en una escuela privada progresista y liberal y a los 14 años conoció a Allan Arbus, que trabajaba como tendero en Russek's. Cuatro años más tarde, apenas Diane cumplió los 18, se casaron.

"Una de las cosas por las que sufrí siendo una niña fue que nunca sentí adversidades... Y esa sensación de ser inmune fue, aunque suene ridículo, dolorosa. Tuvo que pasar mucho tiempo antes de poder heredar mi propio reino. Me parecía que el mundo pertenecía al mundo. Podía aprender cosas, pero nunca parecían ser mi propia experiencia", escribió.

La cuestión es que, a juzgar por las fotos, Arbus nunca tuvo un reino. Eso es lo que la hace tan extraordinaria. Es la forastera consumada. La que no entiende las costumbres, el lenguaje, las actitudes, los rituales de quienes la rodean y lo mira todo guardando su distancia, hechizada por la extrañeza que tiene en frente y totalmente incapaz de participar.

Eso no quiere decir, claro, que Arbus no tuviera una vida tan normal como la de cualquiera. Tuvo dos hijas, Doon y Amy (desde la muerte de Diane, Doon dirige el Estate de Diane Arbus, guardando con impenetrable celo, para consternación de expertos y académicos, el legado de su madre; Amy es una fotógrafa relativamente conocida), y varios novios tras su divorcio de Allan en 1962 (Allan se fue a vivir a Los Ángeles para ser actor y participó, entre otras cosas, en la serie de televisión Mash).

Históricamente también existió en un momento preciso, renovando las posibilidades de la fotografía documental estadounidense. En 1967 participó junto a Gary Winograd y Lee Friedlander en una muestra en el Moma titulada "Nuevos Documentos". John Sarkowski, el curador de la muestra, afirmó entonces que la intención de los tres fotógrafos "no ha sido reformar la vida, sino conocerla; no quieren persuadir sino entender".

El punto es que tener una vida con estructura, con cuentas para pagar y trabajos pedidos por la revista x o y, con vacaciones a la costa o a las montañas, no implica que la persona comparta la lógica que la normalidad inevitablemente imprime sobre su vida. De hecho lo que las fotos de Arbus muestran es que si uno enfoca la mirada en un individuo, si lo mira con la suficiente fijeza, puede ver esa idea de la normalidad desaparecer en una nube, puff, dejando atrás algo único, irremplazable. El problema es que mirar con la fijeza requerida es doloroso, para ambos, para el observador y el observado.

"Todo el mundo trata de verse de cierta manera pero termina viéndose de otra y eso es lo que la gente ve. Ves a alguien en la calle y lo primero que notas es el defecto. Es extraordinario que nos hayan dado estas peculiaridades. Y que, no estando contentos con ellas, creemos otras más. La cosa es darle una señal al mundo para que piense de nosotros en cierta forma, pero hay un punto entre lo que quieres que la gente sepa de ti y lo que no puedes evitar que sepan. Es lo que siempre he llamado el abismo entre la intención y el efecto... hay algo irónico en el mundo y tiene que ver con el hecho de que lo que quieres hacer nunca sale como quieres", dice Arbus en una monografía póstuma publicada por la prestigiosa editorial Aperture. El libro, curado en 1973 por Doon Arbus y Marvin Israel, un novio, fue el encargado, junto con una retrospectiva el mismo año en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, de consolidar su prestigio.

Hay quienes encuentran las fotografías de Diane Arbus intolerables. La ven como una turista en un safari de fealdad, buscando chuequeras, gente con ropa mal puesta, con gestos sin terminar. Una niña rica fascinada superficialmente con el sufrimiento ajeno. Un ejercicio de explotación intra-clases. ¿Qué se puede responder a eso? Lo que muestran las fotos es compasión y curiosidad. Un interés casi virginal en el mundo y sus misterios.

Era alguien consciente de lo raro, de lo extraordinario, que es ser alguien. Y no alguien en el sentido de 'alguien importante', sino alguien en el sentido de 'alguien cualquiera'. "Todos tenemos una identidad. No podemos evitarlo. Es lo que queda cuando quitas todo lo demás". Y sus fotos son una muestra de esa identidad contemplando, foto a foto, el enigma imposible de este mundo.

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