Domingo, 19 de febrero de 2017

| 2004/10/03 00:00

Una mordaza que averguenza

Sólo una de cuatro mujeres violadas denuncia su situación. La mayoría prefiere callar. SEMANA.COM habló con algunas valientes.

Ese viernes Sonia salió de rumba como de costumbre. Llegó a la taberna a las 9 y 30 de la noche y se sentó en la barra. Era una clienta frecuente del lugar. Al rato llegó Mauricio. Se acercó a la barra y pidió un whisky. Lo había visto antes en el mismo sitio. Permanecía mirando bailar a las parejas. A veces buscaba una chica y la paseaba por toda la pista al ritmo de un son cubano. Su cuerpo atlético y su buen ritmo cautivaron a Sonia.

Por fin, a la medianoche, Mauricio la sacó a bailar. A la tercera pieza pidió una botella de whisky. Luego, le susurró la letra de la canción. "La primera noche que te vi, yo sabía que eras para mí". Sonia sintió un corrientazo. "Era un tipo seductor, de esos que se te van metiendo sin saber cómo", recuerda. Quedó embrujada a tal punto que aceptó ir a su apartamento.

Cogidos de la mano subieron al quinto piso. En el ascensor Mauricio la besó y le apretó las nalgas. Entre besos y risas ella lo esquivó. Hasta ese instante el hombre le había parecido encantador, bailaba como ninguno y tenía una buena posición económica. ¡Sin duda era un buen partido! Pero algo la perturbó: sintió miedo cuando vio que Mauricio cerraba con llave.

Sin mediar palabra sirvió un par de tragos. Sonia le dijo que no quería emborracharse. Entonces él la empujó hasta el sofá y la cogió por el cuello con una mano. Con la otra le fue rompiendo los botones de su blusa. Tres cachetadas le prohibieron resistirse. Todo le daba vueltas. Luego le señaló el baño y le ordenó que se arreglara. En silencio y llorosa, Sonia se acomodó la ropa. Mauricio abrió la puerta del apartamento de par en par, encendió un cigarrillo y prendió el televisor. Sonia, como sonámbula, salió con la cabeza gacha.

Sonia, una ejecutiva exitosa de 38 años, nunca le contó a nadie lo ocurrido. Sólo hasta hoy, cuatro años después, habló de lo sucedido ese día y bajo el anonimato. Teme ser estigmatizada por su familia y sus amistades. Como las casi 15 mil mujeres violadas al año en Colombia, Sonia bloqueó su memoria y no denunció. "Existe un discurso culpabilizador que a través de los prejuicios hace creer que se lo buscó o que se lo merece", dice la sicóloga Bertha Ortiz de la Fundación Si Mujer, de Cali, institución que presta ayuda a las mujeres víctimas de violación.

Diferentes estudios realizados por investigadoras en el país, entre ellas las de la Fundación Sí Mujer, dicen que sólo se denuncia entre 5% y 10% de los casos de violación sexual. Algunas ciudades, como Medellín y Cali, han lanzado una alarma por el aumento de violaciones en su territorio. En Bogotá, en la localidad de Suba, se sabe que este año 24 mujeres han sido víctimas de una banda de violadores que las asalta camino a sus hogares. En Medellín se producen más de 16 al día, de las cuales sólo se denuncian cuatro y de éstas se judicializan dos.

Las violadas tienen varias razones para guardar silencio. Estas van desde evitar la estigmatización de la sociedad hasta preservar sus vidas y la de otros. Tampoco quieren ser víctimas ni heroínas y que su vida privada se vuelva pública.

Pero nadie se imagina lo penoso que resulta para una mujer hacer que la violación no lo parezca. De víctima pasa a ser responsable por la vida de una familia o de un novio. Tiene que esconder lo que siente y piensa para que el violador se marche y no sospeche que lo va a denunciar.

Adriana, una jovencita de 18 años, fue violada por un vecino de su abuela. "Necesitaba aplacarlo, bajarle la violencia, que no me matara", recuerda. Con la voz entrecortada y las manos temblorosas Adriana cuenta que no lo denunció porque luego de violarla la amenazó con matar a su familia, empezando por el padre. "Al fin y al cabo él nos conocía a todos"

Cuando las mujeres son botín de guerra

El relato anterior es similar al de Belén, una campesina caucana, que fue violada una y otra vez por miembros de las autodefensas. ¿Ante quién denuncia para que sean castigados si ellos mandan en la región? Logró huir a otra ciudad. Lleva año y medio trabajando en una casa y cuatro guardando su secreto. De noche se despierta llorando porque tiene pesadillas. Siente que los ojos de los violadores la descubren y ella trata de esconderse debajo de unos bultos de frutas. De allí la sacaron ese día, arrastrándola por el pelo.

"Cuando el miedo es el arma mayor para obtener poder sobre el cuerpo y la vida de la mujer, el terror se maneja con el secreto y el silencio" , explica la sicóloga Ortiz." En las zonas de conflicto armado el cuerpo de las mujeres se convierte en escenario de guerra y en ese campo de batalla se humilla al enemigo, se castiga la resistencia de una comunidad y se envían advertencias para desalojar el territorio"

A las sobrevivientes de violaciones en territorios de guerra sólo les queda una salida a su problema: el exilio y el olvido.

En las zonas marginadas la situación también es muy difícil. En los barrios donde impera la ley del silencio, el abuso y la violación hacen parte de la vida cotidiana de las mujeres. Los grupos de hombres que ejercen la violencia urbana y las mujeres que la han sufrido para obtener su aceptación dentro de la pandilla presionan a las demás para que acepten esta situación como algo normal.

Hace algunos años, en la zona centro de Cali, en el sector que llaman La Olla, un grupo de feministas propuso hacer una marcha contra la violación y la violencia hacia las mujeres. Algunas de las jóvenes de la comunidad se opusieron. Otras, muy pocas, guardaron un silencio que ahogaba su dolor y repudio. ¿La razón? Sobrevivir entre tanto abuso.

La sicóloga Bertha Ortiz cuenta que algunas víctimas quisieran denunciar pero no saben a dónde acudir ni cómo hacerlo. Otras llegan hasta un centro de salud pero las asusta una actitud indiferente o un trato hostil.

"Cómo se pueden quejar estas mujeres, cuando el portero de la estación de policía del barrio o de la zona les pregunta: ¿Qué denuncia va hacer? Evento que se repite ante una o dos personas más que le solicitan: si usted lo conoce, traiga el nombre del sujeto. Muchas veces antes de salir de allí, el agresor ya está avisado ¿Será fácil denunciar si no existe un personal idóneo para recibir la queja?, pregunta la terapeuta sexual Mónica Rojas. ¿Denunciar qué, a quién? ¿Les ayuda a sus procesos de sanación a las mujeres o es sólo el hecho de denunciar?".

Algunas de las entrevistadas que han vivido una o varias violaciones sexuales consideran que sus problemas no se arreglan con denunciar. Están de acuerdo con la terapeuta sexual cuando dice que cree más en trabajos preventivos con la comunidad en donde se cambie la mirada y el tratamiento al cuerpo femenino como objeto de uso y placer."No hablo sólo de los estratos 1, 2, y 3, sino también de los casos que se presentan en los estratos 4, 5 y 6, donde se guarda silencio y no se toca el tema por guardar la imagen social", dice Mónica Rojas.

Porque la violación es un crimen que atraviesa todas las clases sociales, María Eugenia, una chica de estrato seis, de 16 años, lleva 12 años callada. A los cuatro años sufrió el manoseo por parte de un tío, hermano del padre. Hace unos años, su hermana mayor gritó en una reunión familiar que ese mismo tío había abusado sexualmente de ella a los 7 años. La familia la tildó de loca y mentirosa, y la envió luego a un tratamiento siquiátrico en donde se volvió adicta a los tranquilizantes. Mayú, como la llaman cariñosamente en su casa, no quiere correr la misma suerte de su hermana, pero ha sufrido de anorexia.

Cuando el sufrimiento hace parte de la vida

El dolor y el silencio hacen parte de la vida de muchas mujeres violadas en Colombia y entre ellas están las que son habitantes de la calle, las prostitutas y algunas mujeres casadas. Ellas, supuestamente, no pueden ser violadas. Unas, porque su actividad económica es el sexo. Otras, las casadas, porque sus maridos supuestamente tienen derecho a hacer el amor con ellas. Las ñeras, las drogadictas, las callejeras viven en silencio porque en el mundo de la calle y el de la drogadicción, el que es sapo muere.

"Lo que menos me preocupa es que me violen", confiesa Vicky, una mujer de unos 20 años, que parece de 50. "Eso hace parte del sufrimiento que nos toca a las mujeres y más si vivimos en la calle- prosigue Vicky- es que nos pasan tantas cosas en la calle y tan dolorosas, que el dolor cada día disminuye por eso".

En la calle, las mujeres renuncian al dolor y hacen acuerdos que tienen que ver con la defensa del territorio y el consumo. En el mundo de la prostitución la violación hace parte de su trabajo y el silencio obedece a que nadie les va a creer. Estas mujeres les tienen miedo a las consecuencias con el agresor. Ellas no tienen a nadie que las defienda y mucho menos quién reconozca que fueron víctimas de abuso o agresiones sexuales. Además no creen en las leyes ni en las autoridades policiales, ya que muchas veces han sido violentadas por ellos.

A la sociedad poco le importa escuchar las palabras de las prostitutas. Existe una mirada desde la cual se cree que el cuerpo de ellas es para satisfacer los apetitos sexuales de los hombres y que no puede haber rechazo.

Lo curioso es que lo mismo siente Dolly, quien está casada desde hace 10 años con el mismo hombre: "Me siento vencida, humillada cada vez que mi marido llega a la casa con ganas de estar conmigo y yo no quiero. Parezco una muerta en vida. Pero qué puedo hacer si nadie considera que un marido puede violar", dice esta mujer de 36 años, ama de casa.

"Ninguna quiere estar en el grupo de reconocidas como violadas sexuales porque entra en un grupo de estigmatización social y eso a veces es más significativo para las mujeres que la restauración moral y jurídica que se pueda hacer", opina Maria Helvia Domínguez, profesora de la Escuela de Estudios de Género de la Universidad Nacional. Considera también que para muchas mujeres el estar en grupos de vulnerabilidad social las lleva a ser miradas "como pobrecitas o si ésta ya fue violada qué importa", como sucede en las guerras cuando se viola a mujeres casadas y esto no se considera como una violación. La gente piensa que no se perdió nada.

Las repercusiones del silencio son muchas y muy graves. Sonia sigue trabajando en Cali. Tuvo que retirarse de su anterior empleo por temor a que Mauricio la encontrara. Ha vuelto a rumbear pero siempre va acompañada y el corazón le da una vuelta cuando ve algún Mazda azul que para a su lado.

Adriana estudia en una universidad y varias veces se encuentra frente a frente con el violador. Dice que le lanza maldiciones mentales cada vez que lo ve. Hace un año anda armada con una navaja y un gas paralizante.

Mayú no quiere tener relaciones sexuales con nadie. No cree en nada y expresa que quiere morir joven. Su martirio terminará "el día en que ya no tenga que saludar a mi tío de beso en la mejilla. ¡A mis padres los detesto!... Mentira, les tengo mucho miedo", confiesa agachando la cabeza.

Las demás, perdidas en las calles o encerradas entre cuatro paredes, continúan pensando que es su destino mantener sus violaciones en la oscuridad.

*Los nombres han sido cambiados a pedido de las fuentes.

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