Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2007/11/07 00:00

Una muy seria publicación de Estados Unidos asegura que relación de Uribe con los paras es ‘sospechosa’

La alianza entre Estados Unidos y Colombia jamás había estado tan en veremos, argumenta una prestigiosa académica en un artículo en ‘Foreign Affairs’, la revista de análisis político más importante de Norteamérica.

El presidente Álvaro Uribe Vélez.

No corren buenos tiempos para el futuro de la alianza entre Estados Unidos y Colombia. Así lo considera Foreign Affairs, la revista de análisis político más importante de Estados Unidos, en un artículo que aparece en la edición en español correspondiente a los meses de octubre y noviembre. El texto, titulado ‘La agonía de Álvaro Uribe’, tiene por autora a Cynthia J. Arnson, directora del Programa Latinoamericano del Woodrow Wilson Center for Scholars en Washington D.C., uno de los centros de investigación sobre Latinoamérica más influyentes de la capital norteamericana.

“Desde el inicio del Plan Colombia en 2000, que fue un programa multifacético para fortalecer la seguridad y la gobernabilidad en el tercer país más poblado de América Latina, nunca había habido tanta incertidumbre sobre la naturaleza y el futuro del compromiso de Estados Unidos con Colombia”, dice el artículo, que más adelante constata que el presidente Álvaro Uribe, pese a ser “uno de los más populares de la región”, ha reaccionado “con alarma ante el cuestionamiento de Washington sobre la conducta de su gobierno y la naturaleza de las políticas colombianas”.

Para Cynthia J. Arnson, la “encrucijada de Colombia”, cuyo gobierno quiere que Washington apruebe la ayuda para la segunda etapa del Plan Colombia, así como el Tratado de Libre Comercio (TLC) suscrito en noviembre por ambos países, se compone de algunos elementos fáciles de establecer. El primero fue la reconquista de las mayorías del Congreso por parte de la oposición demócrata en las elecciones de ese mes. El segundo es el hecho de que el presidente republicano George W. Bush sea “más impopular que nunca” principalmente por su respaldo a la guerra en Irak.

El tercer componente de la encrucijada se centra en que los resultados de la guerra contra el narcotráfico “distan mucho de ser extraordinarios”. De acuerdo con Foreign Affairs, es verdad que los 5.600 millones de dólares del Plan Colombia han “mejorado notablemente la seguridad en todo el país, pero la pureza de la cocaína en las calles de Estados Unidos ha aumentado y sus precios han bajado”.

El artículo también deja claro que, según las estadísticas publicadas el pasado mes de junio por la Oficina Nacional de Política para el Control de la Droga en Estados Unidos (Ondcp, por su sigla inglesa), “la cantidad de coca cultivada en Colombia durante 2006 aumentó por segundo año consecutivo pese a las cifras récord de fumigación. Pero no sólo eso. Afirma que “el total de hectáreas dedicadas al cultivo de coca en toda la ragión andina no ha disminuido desde que el presidente Bill Clinton lanzó, en el año 2000, la actual fase de la guerra contra las drogas”.

El cuarto ingrediente de la “encrucijada colombiana” enumerado por Arnson se relaciona con los problemas internos que enfrenta el presidente Álvaro Uribe, en especial el de los nexos de algunos dirigentes políticos con los grupos paramilitares. Pero la autora va más allá y menciona al propio Presidente. “La relación de Uribe con los paramilitares se considera sospechosa, más aún por la expansión de las estructuras de tipo paramilitar conocidas como Convivir durante la época en que Uribe gobernó el departamento de Antioquia. Peor aún, Uribe personalmente escogió a Jorge Noguera, su jefe de campaña en la costa Atlántica, para dirigir el Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), la agencia interna de seguridad en Colombia”, dice.

Arnson asegura que la aprobación en Washington del Plan Colombia en el año 2000 no fue el fruto de una coalición bipartidista entre el presidente demócrata Bill Clinton y el Congreso republicano, como tratan de mostrarlo los dirigentes colombianos, sino una “colcha de retazos sostenida por débiles hilos”. Lo explica de la siguiente manera: “Clinton pudo reunir una coalición de apoyo al inicio del Plan Colombia debido a que múltiples intereses y objetivos –la lucha antinarcóticos, el desarrollo alternativo, el proceso de paz, los derechos humanos y la consolidación económica– tuvieron cabida dentro de esa gran carpa”.

Pero eso ha cambiado mucho, sostiene el artículo de Foreign Affairs. Ahora la principal preocupación en Washington, a la hora de considerar la ayuda a Colombia y el TLC, es una sola: la protección de los derechos humanos. Por esa razón el gobierno estadounidense, si quiere enviar ayuda para el Plan Colombia, debe contar con el visto bueno de varios comités del Congreso en Washington. Y por eso mismo es que algunos dirigentes demócratas se oponen al TLC. Así lo afirma un demócrata consultado por Arnson: “Cuando año tras año un país ocupa el primer lugar como el sitio más peligroso del mundo para ser sindicalista, ello se nota”.

Finalmente, Cynthia Arnson subraya que la enorme diferencia de la economía de ambos países hace “mucho más incierto” el futuro del TLC en el Congreso estadounidense porque si por un lado “el PIB de Colombia en 2006 (132.000 millones de dólares) representa aproximadamente el 1 por ciento del total del de Estados Unidos”, por otro lado “Colombia constituye menos del 1 por ciento del comercio norteamericano y ocupa el lugar 29 entre los mercados de exportación de aquel país”.

La nota de Arnson en Foreign Affairs termina, no obstante, con las palabras del representante republicano Jerry Weller, del subcomité de Comercio de la Cámara de Representantes, para quien es absurdo que Estados Unidos no apruebe el TLC con un país “que es nuestro más fuerte aliado y nuestro socio más confiable en América Latina”.

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