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| 4/30/2007 12:00:00 AM

Una profesora inolvidable

Hace un mes, el 29 de marzo, falleció en Santa Fe, una ciudad colonial situada al sur de los Estados Unidos, la profesora de ballet Priscilla Welton. Perfil de una extraordinaria mujer que murió en el exilio.

Cerca de mil personas asistieron el 30 y el 31 de marzo a las ceremonias fúnebres de Priscilla Welton, la inolvidable profesora de ballet de miles de colombianos, en la catedral metropolitana de Santa Fe, una ciudad colonial situada al sur de los Estados Unidos. Dentro de ellos, cinco pequeños bailarines vestidos con sus trusas y mallas tradicionales, estaban conmocionados. La persona que las había guiado para dar, de manera segura, los primeros pasos en el mundo maravilloso del ballet, había muerto de manera sorpresiva. Tommy Grassia, un niñito de seis años, dejó cerca del catafalco una hoja doblada. Afuera, un corazón rodeando un par de zapatillas de ballet. Adentro, dos figuras “Priscilla, Tommy”), un ángel, un flamingo, y una explicación: “Yo pinté un corazón alrededor de unas zapatillas, porque yo amo el ballet. Yo pinté a Priscilla cerca de mí, porque nosotros nos amamos el uno al otro. Yo la extrañaré mucho. Un flamingo para nuestro recital de danza”.

Estas manifestaciones son extrañas dentro de la cultura norteamericana, siempre escueta y despiadada. Pero Priscilla Welton, nacida en Colombia en 1952, logró tocar de manera diferente el corazón de sus alumnos y familias, y de quienes se relacionaron con ella por una u otra causa. Exiliada política como miles de miles de colombianos, ella no se dejó abatir ni intimidar. Luego de cerrar la escuela de ballet que mantuvo por espacio de 32 años en Bogotá, siguió dedicada a su trabajo.
 
Poco después de su llegada a Santa Fe, en diciembre del 2003, Catherine Oppenheimer, la fundadora y directora del National Dance Institute, con sede en Nuevo México, le dio una única clase. Sus alumnos serían los pequeños hijos de inmigrantes, que apenas comenzaban a hablar en inglés. En el siguiente semestre, su labor, siempre serena y amorosa pero con un alto nivel de exigencia técnica y artística, le mereció un primer espaldarazo: en otoño del 2004, dirigió a los principiantes y a un grupo de los alumnos avanzados. Y luego siguió su carrera en ascenso. En el momento de morir, dirigía seis grupos diferentes, había hecho la coreografía de Pedro y el lobo, de Prokofiev, y preparaba con sus estudiantes de primer nivel una coreografía alrededor de la figura del flamingo. A eso se refería Tommy: “Un flamingo para nuestro recital de danza”.

“Ella llegó en el momento exacto, cuando nosotros la necesitábamos”, dijo Oppenheimer en sus declaraciones para la prensa, que dio cuenta destacada de su deceso. En tres años largos, Priscilla Welton se vinculó con entusiasmo al trabajo de uno de los más importantes centros de danza en Estados Unidos (el NDI, como todos lo conocen), y participó como maestra y coreógrafa en espectáculos que ponen sobre un mismo escenario cerca de 2.000 alumnos de diferentes edades. El sueño que ella tenía en sus últimos meses, era hacer algo parecido en Colombia. Uno de sus amigos recordó en el funeral lo que ella decía: “Piensen lo que sería esto en Colombia. ¡Miles de niños dedicados a expresarse a través de la danza! Esa podría convertirse en un arma efectiva contra la violencia”.

Priscilla Welton sabía lo que estaba diciendo. Durante sus últimos años en Colombia, ella quiso darle a su labor un contenido social, y mantuvo, con devoción, cerca de 40 becas para estudiantes de escasos recursos. A comienzos del año escolar, ella iba, en compañía de sus maestros, a las escuelas de los sectores marginales, hacía una audición, y seleccionaba a los más talentosos. Algunos llegaban a las primeras clases con una actitud agresiva, pero ella los iba introduciendo, con amor, en el posesivo mundo del ballet. De esa tarea surgieron excelentes bailarines, a quienes presentó en sus funciones de “Ballet al Parque”, el espectáculo organizado por el Instituto Distrital de Cultura. Pero su salida del país determinó que su labor quedara incompleta. Ella soñaba con que sus alumnos formaran parte de las grandes compañías del mundo. Aunque no lo logró con ese grupo de muchachos (y esa fue, quizá, una de sus grandes frustraciones), varios de sus estudiantes bailan hoy en distintos países. Cuando ella se enteraba de los triunfos que comenzaban a tener en una y otra parte, se sentía orgullosa. “Sembré esa semilla –decía– en terreno abonado”.

Priscilla Welton fue una maestra excepcional. Desde siempre, se dedicó a la enseñanza. Hizo su secundaria en el Rambert Ballet, de Londres, y estudió “Pedagogía del Ballet” en la Universidad de la misma ciudad. Entre 1971 y 1974 fue becaria del New York City Ballet y del Robert Joffrey Ballet, de Nueva York, y en 1975 estudió en Moscú, gracias a una beca que le otorgó el gobierno de Colombia. En 1965 obtuvo su G.C.E. en Arte, en la Universidad de Londres, en 1969 el “Major Syllabus on Teaching – All Grade” (“Enseñanza a todo nivel en Ballet Clásico”), en ese centro docente, y entre 1963 y 1990 fue miembro de la Cecchetti Society y del Instituto de Coreografía de la misma ciudad. En 1969 abrió la “Academia de Ballet Priscilla Welton”, en Bogotá, que se transformó en 1981 en la “Escuela de Ballet Priscilla Welton”, la cual extendió sus actividades en 1993 a través de la “Fundación Ballet Priscilla Welton”. En un paso fugaz que dio en 1982 en el Instituto Distrital de Cultura y Turismo, fundó la “Compañía de Ballet de Bogotá”. De 1996 al 2002, fue jurado y asesora de los principales eventos de ballet clásico en Colombia. Dentro de otro de sus frentes de actividad, son inolvidables sus coreografías para “Las Ibáñez”, y para los capítulos iniciales de “Gallito Ramírez”. Estuvo también vinculada como maestra de ballet y coreógrafa al “Taller de Misi”. Al separarse de esa agrupación, presentó en 1993 y 94 en el Gimnasio Moderno y en el Teatro William Shakespeare, tres obras llenas de ingenio y creatividad: “Una noche de navidad”, “Navidad es soñar”y “El taller de Santa Claus”, donde demostró que el ballet puede ser tan riguroso como se quiera, pero, si quiere persistir, al mismo tiempo requiere una buena dosis de imaginación y novedad. Esa fue también su actitud en las coreografías que presentó y dirigió en Ballet al Parque: “El mismo, el otro”, en 1999, y “Homo homini lupus”, en 2000.

Priscilla Welton fue un ser excepcional dentro de la historia del ballet clásico y neoclásico en Colombia. Su muerte, cuando tenía gran parte de su tarea por delante, deja un enorme vacío. Por eso, su alumna Laura Garret, de ocho años, le escribió, en inglés, un poema que dejó para siempre, junto a sus zapatillas, sobre su catafalco:

Para ti, Priscilla, mi amor,
más alto que una montaña,
más abierto que el mar.
Mi amor por ti nunca terminará.

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