Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2006/09/20 00:00

Una reflexión a propósito del Día Internacional de la Capa de Ozono

Rodrigo Restrepo, periodista de SEMANA, hace un frío análisis tras las cálidas celebraciones del Día Mundial de la Capa de Ozono. La conclusión es sombría: los gases agotadores de la capa de ozono se reducen, pero una recuperación total tardaría 50 años.

Una reflexión a propósito del Día Internacional de la Capa de Ozono

El pasado sábado 15 de septiembre el mundo celebró el Día Internacional de la Capa de Ozono. En todos los países se realizaron campañas lúdicas para recordarle a la gente la importancia de proteger esa fina capa de gas que mantiene a la Tierra a salvo de los rayos ultravioleta. En Bogotá se organizaron concursos de pintura, obras de teatro y de títeres, conciertos y presentaciones de danzas. Incluso el Ideam hizo público el lanzamiento de un globo aerostático para medir los niveles de ozono en la estratosfera colombiana.

El país, por fortuna, ha logrado desde 1987 una reducción de 65 por ciento de las sustancias que agotan la capa de ozono, en especial los gases usados en refrigerantes y aerosoles. Pero a pesar del ánimo festivo y las buenas noticias, el panorama general no es tan alentador.

La ‘Evaluación científica del agotamiento del ozono 2006’, un informe preparado por más de 300 científicos de todo el mundo y presentado por la Organización de las Naciones Unidas, indica que esta capa se recuperará cinco años más tarde de lo previsto en las latitudes medias del planeta, y 15 años después de lo que se esperaba en la Antártica, donde se encuentra el agujero principal. En otras palabras, lo que indica este resultado es que los compromisos del Tratado de Montreal, suscrito en 1987 para proteger la capa de ozono, no se están cumpliendo de la manera esperada.

Hace dos décadas un grupo de científicos descubrió que la capa de ozono, ubicada en la estratosfera y cuya función es filtrar los rayos ultravioleta potencialmente mortales para los seres vivos, se estaba agotando. Esta reducción anormal se observa especialmente en los polos del planeta. Hoy se sabe que sobre la Antártica la pérdida de ozono llega al 70 por ciento, mientras que sobre el Ártico la reducción es del 30 por ciento. Si no se implementaba una drástica reducción de la producción de CFC (clorofluorcarbonados, que son los principales agentes agotadores de la capa), este fenómeno se empezaría a replicar en otras partes del planeta, con consecuencias catastróficas.

¿A ciencia cierta?

Aunque se suele asociar el calentamiento global con la reducción de la capa de ozono, lo cierto es que ésta no es una relación fuerte. El calentamiento global es un fenómeno producido fundamentalmente por el aumento de los gases de efecto invernadero, especialmente el dióxido de carbono (CO2), mientras la reducción de la capa de ozono se debe a los efectos de los CFC. Algunos modelos científicos postulan que a mayores niveles de CO2 en la atmósfera, mayor es el enfriamiento de la estratosfera, lo que redunda en una reducción del ozono. Este hecho ha sido observado por los científicos, pero nadie se atreve a atribuir su causa al calentamiento global, entre otras razones porque los fenómenos meteorológicos son de una gran complejidad y nunca obedecen a una única causa.

Y lo cierto es que nadie tiene la última palabra de lo que está pasando con la capa de ozono a nivel global. A principios de 2005 la Unidad Europea de Coordinación de Investigaciones sobre el Ozono aseguró que para ese año se esperaba la más fuerte reducción en la capa al norte de Europa. En otras palabras, el ritmo al cual las sustancias químicas emitidas por el hombre destruyen el ozono se estaban acelerando, lo que ocasionaría la mayor pérdida de ozono observada en la historia. El mismo año el satélite europeo Envisat confirmó que el tamaño del agujero del Polo Sur era el más grande registrado en la historia: 10 millones de kilómetros cuadrados, aproximadamente el tamaño de Europa.

Quizá por casualidad, quizá no, 2005 fue un año catastrófico en cuanto a clima se refiere. Una nevada en enero en Los Ángeles (una ciudad en la que rara vez nieva) alcanzó los 60 centímetros; vientos de más de 200 kilómetros por hora obligaron a cerrar las centrales nucleares en Escandinavia, lo que ocasionó una interrupción del servicio de energía a millones de personas en Reino Unido e Irlanda. En julio se registró la peor sequía en la historia en España y Portugal, países que vieron sus tierras arrasadas por feroces incendios, mientras en Francia los niveles de agua eran los más bajos en 30 años. Entre tanto, el río Amazonas, el más caudaloso del mundo, reportaba el nivel más bajo de su cauce en por lo menos 50 años. Por si fuera poco, el 28 de agosto de 2005 el violento huracán Katrina arrasó la ciudad de Nueva Orleáns en medio de una de las más fuertes temporadas de huracanes de las últimas décadas.

Sin embargo, este año la Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos informó que el agujero de la Antártica parece estar dejando de crecer poco a poco. Esto confirmó un dato que la Universidad de Alabama reveló en 2003 según el cual el ritmo de destrucción de la capa en esa zona había pasado de 8 por ciento por década a 4 por ciento.

La verdad es que nadie sabe cómo explicar con precisión los fenómenos atmosféricos que está experimentando el mundo desde hace algunas décadas. Se sabe, eso sí, que en el último siglo la Tierra se ha calentado por lo menos 0,6 grados centígrados, un aumento cinco veces mayor que el ocurrido en 1.000 años. Mientras tanto, el nivel del mar ha crecido de 10 a 12 centímetros sólo por el aumento de la temperatura de sus aguas y los glaciares polares y no polares están retrocediendo a una tasa poco más que preocupante. Si esta tendencia continúa, se prevé un incremento de hasta 5,8 grados centígrados en la temperatura global antes de 2100. Un infierno en la Tierra.

Aunque se desconoce con exactitud cuál es la influencia del calentamiento global en la capa de ozono, también se conoce a ciencia cierta que si el agotamiento de ésta continúa, ocasionará un aumento en los casos de cáncer de piel y de cataratas oculares. Peor aún: podría llegar a suprimir el sistema inmunológico del ser humano y de los animales, y afectaría gravemente buena parte de la agricultura.

La ‘Evaluación científica del agotamiento del ozono 2006’ concluye que aunque los niveles de CFC se están reduciendo considerablemente en todo el mundo, lo más probable es que el ozono se siga agotando en las regiones polares en los próximos 10 a 20 años. Aun con una prohibición absoluta de los químicos agotadores de la capa, su recuperación total no vendría antes de 2065.

El principio de la precaución aconseja no esperar hasta que el daño sea irreversible. Si seguimos esperando las pruebas de que el modelo de desarrollo actual está ejerciendo una presión insostenible sobre el medio ambiente, quizá nuestros hijos y nietos no hereden una Tierra sino un infierno.

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