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| 1/11/2007 12:00:00 AM

Una semana embelleciendo muertos

Crónica sobre el mundo de los tanatólogos, aquellos hombres que se levantan día a día a cambiarle la cara a la muerte. Un trabajo que busca hacer que el dolor que causa el deceso de un ser querido sea más llevadero, más dirigible. Historias de alegrías y tristezas.

Con el primer difunto que tuvo en sus manos no fue capaz. Al verlo, Carlos Andrés se estremeció. Sintió asco. La escena sucedió hace diez años, pero aún la recuerda como si el asesinato hubiera acontecido pocas horas atrás. Cuando habla sobre lo que ocurrió, se le escapan algunas muecas de repudio.

Aquel era un día importante para su vida. Había conocido el mundo en Sevilla, un municipio ubicado en el norte del Valle, y los días de su juventud se los pasó recolectando café en la finca donde se crió. Carlos era un campesino, pero un destino al lado de machetes y rastrojos lo desanimaba.

Entonces arregló su maleta y tomó rumbo a la ciudad, a Cali, en busca de su futuro. Encontró un trabajo como obrero en una construcción. Duró poco tiempo. El trabajo no le gustaba. Gracias a un familiar consiguió un empleo como vigilante de carros en una funeraria. Y allí si se quedó. Primero cuidando carros. Después viendo la muerte en todas sus expresiones. Carlos hace parte de un gremio en donde el oficio, por lo menos en Cali, se aprende de boca en boca y generación tras generación. Es tanatólogo. Su trabajo consiste en embellecer difuntos.

Ese día era la prueba de fuego, el momento de mostrar si tenía las agallas para realizar el oficio. O lo lograba o se dedicaba a cuidar carros. Tomó el cuerpo extinto y empezó a prepararlo para el entierro. Cosió algunas heridas, limpió su piel, sacó sus vísceras. Cuando llegó a la cara cayó derrotado. No era capaz. El joven que yacía sin vida había sido asesinado con la bala de un ‘changón’ que le impactó en el rostro. Se lo destrozó. Pómulos sueltos, ojos salidos, cachetes descompuestos. Una cara irreconocible. El muchacho, de unos 17 años de edad, pertenecía a la banda Los Chamones, que operaba en el barrio Lourdes de Cali. Murió en su ley. Carlos Andrés se retiró del sitio y se ganó un regaño por no terminar el trabajo.

Ahora, una década después de aquel suceso, todo es distinto. Ya se acostumbró a mirarle la cara a la muerte sin temor, sin asco, pero no deja de sorprenderse. Hay muertes trágicas que aún lo sacuden, como el suicidio de un italiano de unos 60 años que se lanzó desde el noveno piso de un reconocido hotel de la ciudad. La cara, recuerda, parecía arrollada por una tractomula. El cuerpo estaba fracturado en pedacitos. También recuerda la muerte de un hombre moreno. Tenía una extraña enfermedad y su cuerpo estaba bañado en vómito. Hizo el trabajo a cabalidad, lo preparó para darle un mejor aspecto, pero el impacto de la escena no le permitió almorzar esa tarde.

Carlos se gana la vida con la muerte. Además de preparar difuntos, también se dedica a ‘lagartear’ en las afueras de Medicina Legal. Los ‘lagartos’ o ‘chulos’ son los hombres que viven de las comisiones que pagan las funerarias para conseguir clientes. Muestran gran amabilidad, condolencia con los familiares de los muertos, una que otra palmada en el hombro, y una tarjeta de presentación con promociones y descuentos para un entierro. La muerte es su negocio.

Este sevillano de escasa estatura, piel trigueña y ojos oscuros, ya pasa por los 30 años. Trabaja los fines de semana como coordinador de oficios y tanatólogo en una prestigiosa funeraria de estrato seis al norte de Cali. Dice que en los estratos altos la gente se muere de vejez. Quizá tenga razón. En su funeraria sólo se atienden aproximadamente tres casos de muertes violentas al año. Las demás son muertes naturales. En los estratos uno y dos el asunto es a la inversa.

Por su trabajo gana un básico de 300 mil pesos, más diez mil por cada cuerpo que prepare. Poca remuneración para un oficio duro y riesgoso. Y él, embellecedor de difuntos, hace parte de esta crónica que revela las historias de las personas que se dedican a cambiarle la cara a la muerte. Un oficio que guarda algunos secretos y que seguro, pocos quieren realizar.

El nombre científico de esta disciplina es tanatopraxia, definida como la técnica que pretende demorar la descomposición final de un cuerpo. Ese, digamos, es el principal objetivo.

Pero tras ello que parece simple, se esconde una labor social de vital trascendencia, sobre todo en un país violento como Colombia. La tanatopraxia busca hacer que el duelo que causa la muerte de un ser querido sea más llevadero, más digerible. Es una forma de borrar el sufrimiento de quienes parten de este mundo, una comunión entre cadáver y familiares en donde el mensaje intrínseco es un ya, todo está bien, morí tranquilo. Adiós. También es una manera de que los familiares de quien es asesinado, torturado, puedan darle cabida al perdón, superar los deseos de venganza, desechar la violencia como medio para sacarse el dolor del alma. Ese es el importante trabajo que realiza Carlos Andrés.

Sin embargo, el empleo de embellecer difuntos es relegado, considerado marginal, asimilado en los imaginarios con la podredumbre, los hedores, la carroña. Al final, el oficio de tanatólogo es como cualquier otro. Exige pantalones, exige cuidados para realizarlo y, sobre todo, responsabilidad. El trabajo no tiene esa aureola oscura y misteriosa que lo rodea. Vamos a las historias.


                                                                   ...

“Saltó la liebre”, le dijeron a don Hernán Cobo por entre las rendijas de la ventana que ilumina su oficina en una funeraria de clase media ubicada al sur de la ciudad. La última pregunta de la entrevista debía esperar. Don Hernán se puso de pie, salió del recinto raudo, y movió uno de los carros de la funeraria.

- “Cuando salta la liebre quiere decir que llegó un muerto, que hay trabajo”, me explicó el hombre de la ventana. “¿No va a mirar?”

Entro a la sala de preparación de cadáveres. Es un espacio rectangular, estrecho, en el que cómodamente caben dos personas y una camilla. Un ventilador viejo pegado del techo cumple la función de refrescar el recinto y eliminar los olores. Camino de un lado para otro. Siempre le he huido a los recuerdos que deja la muerte, por lo menos cuando he perdido familiares muy cercanos. Jamás los vi dentro del féretro, no me atrevía. Preferí guardarlos en la memoria vivos, con los ojos bien abiertos. Ahora de nuevo, veo llegar el féretro a la sala de preparación. Aparece el miedo a observar de frente a la muerte, a guardar esas imágenes. Don Hernán sonríe, quizá note lo que me pasa.

Se puso un delantal, guantes desechables, botas pantaneras amarillas por encima del pantalón de dril. Si no fuera por el tapabocas que utiliza parecería un carnicero de una galería. Cuando abrió el ataúd se desprendió un olor penetrante. Lo cerró. Pedí un tapabocas. El cuerpo estaba envuelto en sabanas con algunos grabados.

Era una mujer de unos 70 años de edad, poca estatura, cabello castaño. En su cara se dibujaba una mueca de dolor, de sufrimiento. Su piel tenía un tono amarillo intenso. Era flaca, seca, chupada por la enfermedad que la llevó a la muerte.

El tanatólogo explica cada paso. Baña el cuerpo con una manguera y jabón, abre un agujero en la boca del estómago con un chuchillo, introduce el eyector de líquidos. Este, dice, es un cuerpo fácil de preparar. No hay que abrirlo. Cuando empieza a salir la sangre por el eyector me retiro un momento. Es un líquido espeso, oscuro, casi negro. La cara de don Hernán se desdibuja. Se desprende un olor que penetra el tapabocas y el cuello de la camisa que me puse sobre la nariz para tratar de soportarlo.

- Murió de cáncer, cáncer en el estómago, dice el arregla muertos.

No tuvo que preguntárselo a nadie. Lo supo por ese particular olor que emanaba el cadáver. Cuando la muerte es causada por cáncer en el hígado, el olor, explica don Hernán, es peor.

Aplica el formol en las arterias con unas inyecciones gruesas en diferentes partes del cuerpo, introduce el contenido de una bolsa de algodón en la boca, en la nariz, “para que no se le salgan los gases”. El olor cede.

Ahora peina el cadáver, cose el agujero que abrió como si estuviera amarrando un zapato, pide la ropa. Medias blancas, pantalón negro, blusa azul. Saca el maquillaje, le pinta la boca de un rosado brillante, aplica base, pinta los ojos. Trata de cumplir con el pedido de una de las familiares de la señora: “Que quede bien pispa”. Don Hernán sonríe.

- “¿Cómo la ve? Un cambio extremo, ¿no?”, pregunta buscando mi aprobación.
- Si, sobre todo en la expresión de la cara.

Parecía una elegante señora que dormía placidamente. La mueca de agonía ya no estaba presente. El trabajo duró aproximadamente 40 minutos.

Don Hernán Cobo es un sabueso del negocio. Ha sido vendedor de ataúdes, chulo, tanatólogo, y hasta fue dueño de su propia funeraria. Tuvo su época dorada en los años 70, cuando vendía a granel los féretros en Cali. Incluso, recuerda uno que vendió en aquellos años a Javier Baena, un narcotraficante de la ciudad, por 70 mil pesos. Una fortuna para esos días, tanto, que le alcanzó para comprarse un carro.

Pero su bonanza duró poco. Dice, sonriendo, que siempre ha sido salsero, rumbeador. Se recorría medio país buscando ferias donde quedarse para bailar y beber. La plata se le esfumó, pero nadie le quita lo bailado. Cuenta que en esos años, en los 70, la gente se moría era de infartos y enfermedades. Ahora, asegura, la gente en Cali se muere por la violencia y los accidentes de tránsito. Las víctimas generalmente son jóvenes. Y tiene razón. Según los datos suministrados por el Observatorio Social, en 2005 se presentaron en la ciudad 1.583 homicidios, de los cuales 723 fueron jóvenes de entre los 14 y 26 años, que equivalen a un 46% de los asesinatos. Aunque con respecto al 2004 el número de muertes se redujo en un 27%, la violencia continúa sepultando los sueños de muchos. En 2006, en el Valle del Cauca, se presentaron 2.540 homicidios entre enero y septiembre, según el Programa Presidencial de Derechos Humanos.

Don Hernán es un hombre sin escrúpulos. En 35 años dedicados al oficio lo ha visto todo. Cuerpos quemados, ahogados, accidentados de avión, suicidios. Cada caso es diferente. Por ejemplo, los cuerpos recuperados en los accidentes aéreos son difíciles de manejar. Son blandos, como la contextura de un tomate. El cuerpo de un quemado es baboso, por ello utilizan aserrín en polvo para manipularlo. Uno de los retos más complicados es el manejo de las muertes de quienes padecen de Hidropesía, una acumulación anormal de líquidos en el cuerpo. Una vez el tanatólogo ha liberado el cadáver de los líquidos, el cuerpo de nuevo los produce y se infla. Entones se debe repetir el procedimiento.

La muerte que más le ha impactado sucedió hace ya varios años, y fue causada por lo que a diario le quita la vida a miles de personas en todo el mundo: la excesiva velocidad en las carreteras. Un fuerte choque entre una camioneta y un bus cegó la vida de un hombre de edad avanzada. Las piernas quedaron en el asiento delantero de la camioneta, mientras el tronco, desmembrado, quedó en la parte trasera. Don Hernán tuvo la misión de reconstruirlo.

Tantos años de estar entre difuntos le han enseñado que los muertos no asustan. Ha viajado por carreteras, se ha varado en la mitad del camino con un ataúd a su lado, ha dormido junto con los cadáveres y jamás le ha pasado nada, ni un susto.

Tampoco se ha enfermado. Siempre, cuenta sonriendo, ha sido un hombre gordo, colorado, con mucha vitalidad. Cuando prepara un difunto muerto por hepatitis o tuberculosis toma “medidas extremas”. En lo posible, evita el contacto del cuerpo con sus manos. Cuando es alguien que ha muerto por sida es más sencillo, se cerciora de no tener ninguna herida y no cortarse durante la preparación del cadáver. Esas, por lo menos, son las pocas medidas de seguridad que ha aprendido de forma empírica. Además, es un hombre tranquilo, que no le teme a la muerte.

Nunca ha hecho la cuenta de cuantos difuntos ha preparado. “Imagínese, si en un mes puedo preparar hasta 40 cadáveres, haga la cuenta por 35 años”. 16.800, aproximadamente. En un solo día embelleció hasta diez cuerpos.

La muerte no lo deja almorzar. No por que le de impresión comer después de arreglar un cadáver, sino por el tiempo. Después de terminar de preparar a la señora muerta por cáncer en el estómago y lavarse muy bien brazos y manos me despidió. “Tengo un entierro”, dijo. La entrevista terminó. La señora, ahora, está en la sala de velación. Don Hernán, seguro, no se volverá a acordar de ella. Yo hago todo lo contrario. Es medio día y mientras almuerzo, no dejo de pensar en el olor del cáncer. 

                                                                    ...

Es un negocio redondo. La muerte está presente todos los días del año. En los 80 y 90, con el enfrentamiento de los carteles de la droga, el negocio de las funerarias se disparó. Entre 1983 y 1993, por ejemplo, la tasa de homicidios en Cali se incrementó de 23 a 93 por cada 100.000 habitantes. Los asesinatos pasaron a ser la primera causa de mortalidad general para todas las edades, superando a las enfermedades cardiovasculares, cuyas tasas se situaban entre 52 y 54 por cada 100.000 personas. Entre 1993 y 1998 se registraron 11,457 homicidios en la ciudad.

Hay fechas del año en donde la muerte parece despertar con más ímpetu. Durante la Feria de Cali, por ejemplo, los homicidios se disparan. Y el Día de la Madre es otra de estas fechas en donde la muerte ronda la ciudad. Este día, el segundo domingo del mes de mayo, suele dejar en las estadísticas un promedio de diez asesinatos por día en los últimos 13 años. En 2002 la cifra se disparó a 16 homicidios. En el Día del Amor y la Amistad sucede algo parecido. Es la cara opuesta de Cali, la cara opuesta a la salsa, a la rumba, a la pasión por el fútbol, a la belleza de sus mujeres. La violencia es el lado oscuro de la ciudad y una marca indeleble para todos los colombianos. Seguro, no existe nadie en el país a quien la violencia no le haya arrebatado un familiar, un amigo, o por lo menos, un conocido. Vamos con otra historia.

                                                                           ...

El espacio en donde me encuentro es una construcción de 300 metros cuadrados. Cuenta con recepción, oratorio, vestier para tanatólogos, salidas de emergencia, depósitos de residuos de alta peligrosidad, ductos de ventilación, sistema independiente de conducción de aguas y un laboratorio para la preparación de cadáveres con la más alta tecnología. Sobre las paredes blancas resalta una palabra: calidez.

La construcción, ubicada en el norte de Cali, es el Instituto Arquidiocesano de Tanatopraxia Restaurativa, Inarte, único en Latinoamérica. Aquí, el asunto a la hora de arreglar un cadáver es diferente con respecto a las funerarias que visité. El laboratorio para la preparación de los difuntos parece más bien un quirófano. El espacio cuenta con cuatro mesas adecuadas con la última tecnología, máquinas de inyección de líquidos arteriales, hidroaspiradora, duchas de emergencia, instrumentales.

Los tanatólogos parecen ser médicos que se aprestan para una intervención quirúrgica. Guantes desechables, tapabocas, gorro, batas, y hasta mascaras, hacen parte de su indumentaria. Son hombres que a diferencia de Carlos Andrés Marín y don Hernán Cobo, se han formado profesionalmente para desempeñar el oficio. Han ido a congresos, seminarios y prácticas en Medellín, única ciudad en Colombia donde se ofrece una carrera universitaria de tanatopraxia.

Llegan dos cuerpos, dos ancianos. Antes de entrar al laboratorio me entregan una bata, un gorro y un tapabocas. Prohíben tomar fotografías. A mi lado está Pedro Nel Samboní, uno de los tanatólogos de Inarte, quien lleva 24 años en el oficio. Al principio el hombre parece serio, incomodo por mi presencia. Después, toma confianza, me da una cátedra de cómo arreglar un cadáver, y abre sus recuerdos para contar las anécdotas de su oficio, unas alegres, otras tristes.

Cuenta, por ejemplo, que uno de los momentos más difíciles de su trabajo fue el haber arreglado el cadáver de su padre, Aníbal Samboní, muerto por un cáncer de próstata. Mientras lo preparó estuvo tranquilo, le pidió a Dios y al alma de su progenitor que le dieran fortaleza, y se dedicó reposadamente a preparar el cuerpo. Después, en la sala de velación, llegaron los recuerdos y se desplomó en llanto.

Mientras cuenta su historia le abre un agujero a la altura del cuello al cuerpo que está preparando. Es una mujer de edad avanzada. Pedro Nel, con tijeras y pinzas, abre la carótida e introduce una manguera conectada a un dispositivo para inyectar Arterial 38, un químico para preservar el cuerpo. En Inarte el formol es cosa ya del pasado. Arterial 38, además de preservar un cadáver, hace que el tono de la piel amarilla y pálida de la muerte cobre vida, vuelva a lo que fue mientras el difunto caminaba por la tierra. Y a diferencia del formol, con el Arterial 38 el cuerpo conserva cierta flexibilidad.

“Acá lo tenemos todo para realizar el trabajo”, opina Pedro Nel, mientras me muestra algunos de sus instrumentos. Explica la función de cada uno. Después cuenta lo que ha sido una de sus grandes alegrías en el trabajo de arreglar muertos.

“Una vez preparé el cadáver de una señora que tenía un cáncer en la cara. El rostro lo tenía mal, irreconocible. La señora había sido novia de un compañero mío, también tanatólogo. La preparamos juntos y quedó perfecta. La hija de la señora, viéndola en la sala de velación, dijo que ella no era su mamá, que era otro cuerpo. Yo me le acerqué y le dije que la mirara bien, que sí era su mamá. Ella me abrazó, se puso a llorar, y me dio las gracias por el trabajo. Ese es el premio de uno en este oficio”.

En Inarte todos parecen trabajar en función de aliviar el dolor de las personas que pierden un ser querido. Desde el director, Guillermo Moreno, la recepcionista, los tanatólogos, y todos los empleados, tratan a las personas que sufren con cariño. Es una forma de darles una mano, de ayudar a llevar la cruz de la muerte.

La tarde comienza a declinar. Pedro Nel culmina su trabajo, dice que dejó reluciente a la señora que acaba de preparar, como para una fiesta en la otra vida. Termina de contar sus historias. Me despido. Antes me rosea en las manos una loción que dice es “deliciosa, para que le acaricie la cara a la novia”. El olor es penetrante, como el de un ambientador barato. Sonrío. Es la loción que se aplica Pedro Nel en las manos cada que termina de arreglar un cadáver.

Afuera, otras personas esperan la entrega de un cuerpo. Un joven tiene los ojos llorosos. Es culpa de la liebre que en Cali, nunca deja de saltar. La muerte está todos los días de la vida. Y los tanatólogos listos para cambiarle la cara. En las manos de estos hombres todos estaremos algún día.
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