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| 7/7/2008 12:00:00 AM

Una tragedia y una fortuna tuvo la familia Romero mientras el sargento Erasmo estaba cautivo

La semana pasada el suboficial del Ejército Erasmo Romero conoció por fin a su hijo de diez años, Julián Andrés, quien nació a los pocos meses de su secuestro. Al que no pudo ver fue a su padre, que murió mientras el estaba en cautiverio.

Atónita, Olga Rodríguez vio por televisión el 3 de agosto de 1998 que su hijo Erasmo Romero, sargento del Ejército, había sido privado de la libertad tras una toma guerrillera en Miraflores (Guaviare). Tuvo que esperar casi diez años para volver a escuchar su nombre en las principales noticias. Fue cuando el ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, leyó la lista de los rescatados en una estelar operación militar el pasado 2 de julio.

Hoy, las cosas en la familia son muy distintas a cuando las Farc internaron a Erasmo en la selva. Entonces su esposa estaba embarazada y su  una hija apenas tenía 10 meses de nacida. Su madre, Olga, aún vivía feliz con Erasmo padre, su esposo, con el que tuvo 11 hijos, entre ellos el sargento que se llama igualito a su papá. Erasmo padre estaba enfermo de una deficiencia cardiaca, pero vivía bien.

Erasmo hijo no hacía más que pensar en todos ellos en su cautiverio. La tristeza de las de no estar con su familia no se le iba ni en las extensas caminatas que tenía que dar cada día, ni los alambres de púas, ni el frío que aguantó, ni los bichos que lidió, ni las innumerables incomodidades en medio de la manigua. Vivía obsesionado con volver a ver a su hija Jessica Andrea, a su hermosísima esposa, Emilsen Grajales; extrañaba su libertad y las fiestas que solía frecuentar, “porque, todo hay que decirlo, él es muy rumbero”, según cuenta su mamá.

Cuando apenas llevaba unos días de cuativerio, su esposa Emilsen comenzó a sentir contracciones. Nació Julián Andrés, el segundo hijo de la pareja.

Emilsen se encargó de que Erasmo estuviera enterado de todos y cada uno de los movimientos de sus pequeños hijos y todo lo que ocurría en la casa. Eso a través de los programas radiales que le prestaron un servicioinvaluable a los secuestrados. Que el niño dio el primer paso, que dijo la primera palabra, que la niña ya tuvo su primer día de colegio, que ganó el año. Todo. Todo se lo contaba.

Un día, allá entre árboles y frío, Erasmo escuchó quizá la peor noticia que pudo recibir durante todos estos años que estuvo privado de la libertad. Su padre murió el 1 de agosto de 2001, de un paro cardíaco. No pudo soportar la deficiencia que tenía desde hacía años y la creciente tristeza que lo embargaba desde el 3 de agosto de 1998.

La encargada contarle el deceso de su padre fue la misma Emilsen porque Olga, su madre, no fue capaz. Además Emilsen se había vuelto fuerte para contar y explicar delicadamente las tragedias en su familia. A los niños, desde cuando empezaron a tener uso de razón, les contó la verdad sobre su padre: que era un sargento cautivo por la guerrilla de las Farc y que sólo se sabía que estaba en algún lugar remoto de las selvas colombianas.

Esa incertidumbre terminó este martes, cuando se supo que fueron rescatados Ingrid Betancourt, tres norteamericanos, cuatro policías y siete militares, entre ellos Erasmo. En ese momento, hubo por fin completa certeza de dónde estaba: viajaba en un avión hacia Bogotá. Estaba libre.

Olga no se había enterado aún de la buena nueva. Hacia el medio día, estaba hablando con una de sus hijas en su finca, en el municipio de Anserna (Caldas), donde vive desde hace décadas. De pronto, la llamó uno de sus hijos, militar también, y le dijo que prendiera el televisor. El ministro Santos estaba leyendo lentamente los nombres de los recién rescatados. Escuchó claramente el de su hijo, Erasmo Romero. “Ahí mismo, me arrodillé y le di las gracias a mi Dios. No fui capaz de hacer ninguna otra cosa”, dice con los ojos encharcados y la voz temblorosa. El viernes cuando Semana.com la entrevistó, aún estaba muy emocionada. 

Les avisaron que ell encuentro entre familias y  liberados sería en Bogotá. En el aeropuerto de Catam aterrizó antes del atardecer un avión de la Fuerza Aérea de donde fueron bajando uno por uno. El sargento Erasmo detalló las caras de cada una de las personas que los esperaban en la pista de aterrizaje.

Mientras tanto, Emilsen viajaba en un carro hacia Catam, cuando le sonó el celular. “¿Dónde estás? No te veo”, escuchó al contestar. Era él. Erasmo, el hombre que había esperado por diez largos años. “Ya voy llegando al aeropuerto”, le dijo ella, ansiosa.

De repente, entre la multitud que rodeaba a los recién liberados, Erasmo la vio. Estaba más hermosa que siempre. Bella, simplemente, bella y sólo para él, porque, según dijo, está dispuesta a seguir entregando su vida a su pareja y sus hijos, como lo ha hecho durante todo este tiempo. Sólo que ahora la familia está completa.

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