Martes, 24 de enero de 2017

| 2007/05/10 00:00

Uribe continúa pagando los errores del gobierno con cargo a su popularidad

Las rectificaciones públicas a su gabinete solidifican su imagen, pero también le hacen daño. Primero les pidió a sus asesores que no se dejaran callar por la oposición. Ahora los tiene que controlar para que no hablen más de la cuenta. Análisis de Semana.com

Uribe continúa pagando los errores del gobierno con cargo a su popularidad

El último mes de gobierno del presidente Álvaro Uribe ha sido quizá uno de los más duros de sus casi cinco años de mandato. Ni siquiera en los días de crisis del proceso de desmovilización con las autodefensas había tenido que atender, al mismo tiempo, problemas en flancos tan diferentes. Lo habitual en un gobierno sería que ante una situación de tensión en un asunto particular el ministro o el encargado de la respectiva cartera se encargara de buscarle solución y que el mandatario sólo tuviera que intervenir en los temas más relevantes. Con Uribe ocurre algo distinto.
 

Acostumbrado como está a dirigir hasta el mínimo detalle de los asuntos públicos, el Presidente tuvo que reconocer, hace unos meses, que necesitaba por lo menos la solidaridad de su bancada para responder a los ataques que desde la oposición se le hacían por los supuestos vínculos de su familia con grupos paramilitares. El inconformismo de Uribe, notificado a sus aliados a través de los medios, fue tomado como una solicitud necesaria desde el punto de vista del mantenimiento de la fortaleza de la bancada. Sin embargo, poco se reflexionó sobre el cambio de libreto del Presidente. Uribe aceptó que no podía manejar todo y que era necesario que sus alfiles se la jugaran a fondo para defenderlo y hacerle conocer al país su versión sin necesidad de que él saliera a desgastar su imagen y su popularidad.

La estrategia le funcionó por un tiempo más bien corto porque a la vuelta de tres meses, el Jefe de Estado no tuvo más remedio que volver al pasado. No se sabe si sus colaboradores entendieron mal el mensaje o si fue él quien no supo explicarse, pero todo indica que cada vez que un funcionario sale a referirse a temas que no son estrictamente los de su cartera, comienza la cuenta regresiva para que sea rectificado por el mismo Presidente que le había pedido no cerrar la boca.

Los ejemplos del ministro del Interior, Carlos Holguín, están más que documentados. Pero lo que parecía un hecho aislado se extendió luego al recién nombrado Canciller, Fernando Araújo, por sus declaraciones en Estados Unidos sobre Venezuela.

El más reciente roce corrió por cuenta del vicepresidente, Francisco Santos, quien dijo en una entrevista por RCN Televisión que el caso de la para-política terminará llevando a la cárcel “a unos 30 o 40 congresistas”. Semejante declaración, aunque no esté alejada de la realidad, no pudo menos que alborotar el avispero político, ultrasensible en esta materia.

Santos no venía bien con un sector del Congreso que sigue culpándolo por la renuncia de la ex canciller María Consuelo Araújo, dado que fue él quien le entregó a la Corte Suprema la carta que sirvió de prueba para vincular al hermano y al padre de la ex funcionaria en la investigación por paramilitarismo y secuestro. Y ahora, cuando dijo que vendrán 30 o 40 más, ardió Troya. El Congreso ya lo citó a debate para que explique por qué dijo lo que dijo, los uribistas se sintieron ofendidos y pusieron en aprietos la reforma al régimen de transferencias (finalmente aprobada este jueves en sexto debate por el Senado) y hasta los demás ministros tuvieron que corregirlo. Detrás, “cordialmente contrario” a sus apreciaciones, estaba el Presidente, quien le dio la orden a Santos de corregir lo dicho, y a Holguín de rectificarlo.

Pero el Vicepresidente no es el único que piensa que la lista de salpicados por la para-política crecerá. En un reportaje firmado por el periodista Fernando Gualdoni, el diario El País, de España, tituló este jueves con una frase del ministro de Defensa colombiano, Juan Manuel Santos: “Caerán muchos más políticos vinculados con los paramilitares”. Salvo porque no da una cifra exacta, su afirmación es la misma que le acaban de rectificar a su primo, el Vicepresidente. El ministro Santos es el mismo que hace una semana salió a cantar victoria por el supuesto decomiso de 25 toneladas de coca y no se cansó de repetir en los medios que esa era la incautación más grande de la historia. La droga fue decomisada en un sitio distinto al que dijo Santos, por un grupo distinto al que él nombró y no llegaba a las 13 toneladas.

Como si estas metidas de pata en la política interna fueran poco, el escenario del último mes también fue muy sufrido en el plano internacional. La falta de apoyo para la aprobación del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos obligó al Presidente a viajar hasta ese país para tratar de convencer legisladores demócratas. Su gira se salvó del desastre por el apoyo del presidente George Bush –que tenía desde antes de salir de Colombia–, pues la bancada demócrata terminó exigiéndole mayores esfuerzos por la defensa de los derechos humanos.

Si la gira no terminó bien, sus consecuencias aún son una incertidumbre. Hasta este jueves los columnistas en Estados Unidos no paraban de editorializar sobre la falta de apoyo demócrata y de recordar la escena del solitario Presidente de Colombia buscando por los pasillos del Congreso de Estados Unidos a los legisladores para que le dieran su apoyo. Un columnista del Washington Post escribió este 10 de mayo que Uribe regresó “en total estado de shock”, que no se imaginó la ferocidad de los demócratas y que sus reuniones fueron “catastróficas”. Paradójicamente, el mismo diario informó que –según la Casa Blanca– hay un preacuerdo con algunos demócratas para sacar adelante el TLC, así esto implique una nueva negociación. Entre tanto, el vicepresidente Santos señaló que si Estados Unidos no aprobaba el acuerdo, habría que replantear las relaciones con ese país. Esa parte de su declaración también fue rectificada por el Presidente.

Eso sin contar con otros problemas, igualmente graves, ocurridos durante los últimos 30 días. Inteligencia militar se enredó en las explicaciones sobre las razones de un seguimiento a la familia del senador Gustavo Petro y al ser descubierta trató de enmendar el error reconociendo uno quizá más grave: que hay indicios de la vinculación de militares activos con el movimiento bolivariano de Venezuela. Cambio Radical, uno de los más importantes bastiones de la bancada uribista, le pidió la renuncia al ministro de Transporte, Andrés Uriel Gallego, tras tildarlo de ineficiente. Y las Farc cobraron la vida de 25 miembros de las Fuerzas Armadas durante la última semana. Detrás del manejo oficial de cada uno de estos asuntos estuvo Uribe, intentando ceñirse al nuevo libreto de nombrar voceros, pero con más ganas de salir a capotear en persona cada uno de los problemas.

Por eso se enfrentó a los manifestantes que gritaban consignas contra su gobierno en Washington y le ordenó al Comandante de las Fuerzas Militaras cancelar una reunión en la que éste le ofrecería excusas al senador Petro tras la captura de dos oficiales de inteligencia que merodeaban cerca de su casa. Por eso también le ordenó a Pacho Santos que rectificara y por eso, como dice Antonio Caballero, es que sigue inaugurando hasta las calles de los pueblos más apartados, ganando en presencia ante los ciudadanos y girando contra la chequera de su popularidad.

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