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| 8/2/2007 12:00:00 AM

Uribe propone crear 'zona de encuentro' por 90 días si Farc libera a secuestrados

En un agitado contrapunteo con el profesor Gustavo Moncayo, el Presidente ratificó su negativa a la desmilitarización. El educador hizo esperar al Presidente, lo obligó a pararse ante una multitud en la Plaza de Bolívar y lo cuestionó enérgicamente, pero no le pudo sacar el sí al acuerdo humanitario.

Hasta los más optimistas y simpatizantes del acuerdo humanitario presentían lo que pasaría el jueves, durante el cara a cara del presidente Álvaro Uribe y Gustavo Moncayo, el humilde educador que durante 46 días caminó más de mil kilómetros desde Sandoná (Nariño) para pedir al gobierno y la guerrilla una fórmula pacífica que devuelva a la libertad a los rehenes de las Farc.

La cita se cumplió en dos tiempos, un diálogo privado y una charla pública en plena Plaza de Bolívar. Fueron en total cuatro horas tras las cuales el caminante no logró el sí de Uribe al acuerdo humanitario y tuvo que conformarse con dos propuestas gubernamentales novedosas en su forma pero no en el contenido y ante las cuales él cree que no habrá respuesta positiva de las Farc. La primera, Uribe está dispuesto a liberar guerrilleros si las Farc hacen lo propio con todos los secuestrados. La segunda, si la guerrilla entrega a todos los rehenes el gobierno hará un despeje de 90 días para sentarse a hablar sobre la paz del país.

Ni la formación humilde de Moncayo, ni el nerviosismo por estar ante una multitud tan grande, ni la presión de encontrarse cara a cara con el hombre más poderoso del país, ni siquiera el cansancio después de mes y medio de travesía lograron hacerle perder el hilo de la discusión. Si Uribe le hablaba en tono bajo, él le preguntaba por la libertad de los secuestrados y si el presidente gritaba, volvía a interrogar sobre el mismo punto.

Por eso mientras las agencias de prensa y los periodistas se apresuraban a titular sus despachos con la “nueva” propuesta presidencial, el profesor Moncayo sacó fuerzas de donde no tenía y volvió a cuestionar a un presidente ya desencajado ante las arengas que le gritaba la multitud en la plaza de Bolívar, de Bogotá. “Esa propuesta no sirve para nada. Es una farsa. Aquí no se trata de lanzar propuestas por propuestas”, dijo Moncayo mientras reclamaba un acto “concreto” por los secuestrados, entre quienes se encuentra su hijo Pablo Emilio.

Con el paso de los minutos la tristeza del educador aumentaba. Uribe no cedió en sus propuestas y el país entero, que lo apoyó en su marcha, lo miró llorar de desconsuelo a través de la televisión. En algún lugar del mundo, la agencia Anncol, que reproduce permanentemente las noticias del grupo que secuestró al hijo de Moncayo, publicó un panfleto que daba cuenta del cinismo del grupo armado frente a la tragedia. Con un montón de calificativos endilgaba a Uribe la responsabilidad exclusiva por la suerte de los plagiados y no dedicaba una sola letra a la de las Farc, por habérselos llevado.

El cara a cara

Moncayo llegó pasadas las 10:30 a la Plaza de Bolívar luego de asistir a una misa. Allí lo esperaba el presidente Uribe que había llegado más de media hora antes. A esa hora ya se congregaban en el lugar centenares de personas expectantes que querían escuchar a quien se ha convertido una figura emblemática del acuerdo humanitario.

Llevaba una camiseta blanca con la foto de su hijo secuestrado, alrededor del cuello y en las muñecas tenía las cadenas que usa desde octubre pasado como protesta contra el presidente Álvaro Uribe y su política de rescate a sangre y fuego. Cuando no podía ocultar el cansancio, se apoyaba en el bastón indígena que lo acompaña desde su primera semana de travesía.

Al llegar a la cita Uribe se mostró paternal y proteccionista con quienes se le acercaban para pedirle gestiones por la libertad de sus hijos secuestrados. Sin embargo, dejó claro que “todo el país ya sabe cuál es mi posición”. Luego estalló en gritos ante las rechiflas, insultos y gritos de los asistentes.


Después de un rato de reunión, en la cual Uribe y Moncayo habían acordado hablar cordialmente, las arengas del público contra el presidente Uribe obligaron al profesor Moncayo a recriminar a los asistentes. Estos vociferaban un “sí al acuerdo humanitario” y “abajo el presidente”. En ese momento el profesor abandonó el diálogo para referirse a la multitud:

"Aquí no estamos diciendo abajo a nadie, vamos a hacer lo posible para que esto tenga un feliz término. Que viva la libertad y viva la paz... cambiemos la mentalidad y no seamos retrógrados", dijo enérgico, pero conciliador.

La reunión bilateral terminó y llegó el momento de presentar el balance de lo sucedido al país. Se multiplicaron las cámaras de televisión y los dispositivos de seguridad. Junto al atril, parado de tal forma que parecía más grande que los demás, estaba el Presidente. A su lado, sus ministros, asesores, escoltas, jefes de protocolo, el comisionado de paz y el subintendente John Frank Pinchao –el que se les fugó a las Farc- vestido para la ocasión con su uniforme de Policía. Al frente, miles de personas que gritaban arengas contra el gobierno. Y en el rincón más humilde de la Plaza, como contraparte del imponente equipo de gobierno y las instituciones, un profesor encadenado, su esposa, su hija de tres años de edad y la foto de Pablo Emilio, el Policía secuestrado por defender al gobierno y las instituciones.

“El profesor me dijo que yo estaba procediendo con venganza hacia las Farc porque asesinaron a mi padre. Le dije que sentía el dolor que ha sentido el 50 por ciento de familias colombianas que han sido víctimas de la violencia. Le dije que ese dolor no me privó de gobernar mi departamento (Antioquia) y le expresé que si hubiera tenido ánimo de venganza, no me hubiera presentado como candidato al Senado, a la Gobernación de Antioquia, ni a la Presidencia”, dijo Uribe.


Pitos y rechiflas

La plaza se volvió a llenar de insultos. “El que tenga algo para decirme, que salga al frente y me lo diga”, dijo, retando a la multitud.
Uribe gritó que no cederá ni “un milímetro” a la guerrilla y el maestro caminante le recordó que mientras ellos discutían en Bogotá, los secuestrados estaban sufriendo en la selva. Para ese momento el discurso del presidente sonaba más a regaño para los estudiantes congregados en el lugar, quienes no lo bajaban de paramilitar.

Moncayo retomó la palabra y recordó que el Presidente dejó en libertad a doscientos guerrilleros que la guerrilla no había pedido y que eso que el gobierno llamaba un gesto de paz era una ‘farsa’. "No hay que lanzar propuestas por lanzar propuestas, hay que sentarse a la mesa y dialogar. Si lanza propuestas, quien nos garantiza que la guerrilla va a aceptar propuestas, nadie nos garantiza nada", agregó Moncayo.

Cuando Uribe aseguró que este gobierno fortaleció la presencia estatal en el país, el profesor le respondió que la presencia estatal no se hace solo a trasvés de la Fuerza Pública, sino que debe incluir también profesores, enfermeras y asistencia social. Y cuando el Jefe de Estado se jactó por el patriótico de su gobierno el educador dijo que no estaba de acuerdo con que los niños fueran educados en los colegios para que después “en un año, se les entrene para cambiarles sus convicciones y se les enseñe a disparar al blanco”. Y con la sabiduría del viejo y el dolor de padre en sus palabras volvió al tema central del encuentro: "¿Por qué tenemos que esperar que nuestros hijos nos los entreguen como los diputados del Valle?"

En un abrir y cerrar de ojos, Uribe asumió el control de la reunión y quedó como eje central de la cita, a usanza de los consejos comunitarios que hace cada ocho días por las regiones del país. Dejó de ser el blanco de las críticas para mostrarse como el facilitador hacia la resolución de los problemas. Hasta se dio el lujo de pasar al frente a una estudiante de ciencias políticas que lo chiflaba, le pidió que hablara, le respondió y por un momento el tema de la reunión pasó a ser el del desempleo, la pobreza, el TLC...

Dijo que había permitido que una comisión de la ONU tuviera acercamientos con las Farc y que cuando el ex presidente Ernesto Samper y el ex candidato Álvaro Leyva le pidieron permiso para buscar una negociación, los autorizó. También comentó que Suiza, Francia y España están buscando acuerdos para liberar a los secuestrados y no han podido.

“Hace más de dos años liberé a 27 guerrilleros presos y hace poco propuse lo mismo para otros 150. De ellos, faltan 108 por definir su situación, pero van a quedar libres... ¿Y cómo responden ellos? Mataron a 11 diputados del Valle de los 12 que tenían secuestrados”, dijo el presidente.

Uribe, quien se adueñó de la moderación de la reunión, decidió contestarle una vez más. El profesor, agotado, se recostó en el hombro de su esposa y unas lágrimas salieron de sus ojos. Se sentó en las escalinatas que dan al Capitolio Nacional mientras su acompañante le sobaba las piernas. Minutos más tarde, se le vio salir de la tarima, de la mano de su esposa y bajo una sombrilla que lo protegía del sol, se dirigió hacia su “cambuche”. Uribe se quedó hablando sin contertulio. Para la televisión. Minutos después cerró el acto anunciando que una semana después volverá a debatir, pero que no cederá en sus convicciones.

“Profesor, quiero hablarle con franqueza, pero no engañarlo. No puedo aceptar el despeje. No le entregaré ni un milímetro cuadrado al terrorismo de las Farc”. El caminante se quedó sin palabras.


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