Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2002/09/16 00:00

Vergüenzas históricas

Vergüenzas históricas

En un mundo desencantado, el único camino que queda por recorrer es volverlo a seducir. La gran pregunta es ¿Cómo?. Desde esta perspectiva, hemos dedicado una porción de tiempo y de vida a realizar un trabajo genealógico de la desesperanza, porque estamos convencidos que en esa tarea retrospectiva de pensar qué fue lo que pasó, dónde se refundió la utopía social por la que soñaron, murieron y hoy viven en el exilio afectivo miles de mujeres y hombres, existe una enorme posibilidad de reconfigurar el proyecto de un nuevo tipo de sociedad, de relegitimar la empresa de la transformación política y social requerida por los países del continente, y con especial urgencia el nuestro.

La tarea de encontrar la raíz de los desafueros cometidos por nosotros mismos, no puede ser obra de factores exógenos, ni de miradas cuya intención es hacer leña del árbol caído. La gran responsabilidad de los que seguimos comprometidos en la idea de un mundo distinto, así de él sólo tengamos el deseo de transcender esta inmediatez asfixiante, es poder sentarnos frente al espejo de nuestra propia historia, despojados de cualquier pretensión narcisista, y reconocernos en ese otro ámbito de la vida, faceta inescindible de nuestra propia existencia, que tendemos a concentrar y acumular en ese cuarto de San Alejo que todos los seres humanos llevamos dentro, porque es más fácil, cómodo y placentero, reconocernos en la victoria que en la miseria, en el éxito que en la mezquindad, en el triunfo que en la tragedia. Estamos acostumbrados a mirarnos como nos gusta vernos, no como realmente somos.

Esta reflexión quiere ir al cuarto de San Alejo de los revolucionarios colombianos, dispuestos a liberar los fantasmas que hemos acumulado a lo largo de más de treinta años de lucha política, social y militar por ampliar los espacios democráticos y de justicia en la sociedad. Para ello hemos utilizado el método histórico, propuesto por corrientes neomarxistas europeas, que consiste en abordar con una actitud radical e implacablemente crítica, aquellos episodios que por su barbaridad y degradación humana desvirtuaron la praxis revolucionaria, socavando así las bases de legitimidad en las que se fundaba el proyecto de la emancipación social. Un ejemplo de estas búsquedas puede ser la investigación del genocidio ejecutado por Pol Pot en Camboya, durante la década del 70.

En el caso particular de Colombia hemos querido abordar el estudio del autoritarismo de las guerrillas revolucionarias. La investigación las incorpora a todas: Las ya desaparecidas, las ya desmovilizadas y a las que aún se mantienen en armas. Sin embargo, el análisis toma como punto de referencia básico, el examen de la conocida masacre de Tacueyó, Departamento del Cauca, ocurrida en diciembre de 1985, y protagonizada por la dirigencia del frente Ricardo Franco, fracción disidente de las Farc.

La reflexión que hoy ponemos a su disposición tiene dos objetivos centrales: El primero es aportar al reencantamiento de los proyectos liberadores de la condición humana, mediante el procedimiento de reconocernos en la anomalía para así posibilitar la rectificación; el segundo es la lucha por la reivindicación de la memoria, en una sociedad proclive a la amnesia, porque entendemos que uno de los mayores peligros que enfrenta cualquier deseo autoritario, es la recuperación de la memoria histórica y colectiva de un pueblo. El autoritarismo necesita como condición política para su desarrollo, el olvido y la impunidad, de allí que el mayor antídoto contra las arrogancias del poder y sus naturales propensiones al desbordamiento, sea recordar en los términos del filosofo, es decir, mirar con los ojos de la víctima, para que en el reconocimiento de su dolor y de su agonía, se construya el muro de contención contra cualquier clase de dogmatismo.

Algunas personas que conocieron este trabajo de investigación antes de su publicación, reclamaron, probablemente con mucha razón, por qué una crítica tan radical a los comportamientos autoritarios de las guerrillas revolucionarias colombianas; y por qué no adopto esta misma actitud y este mismo método crítico para examinar los comportamientos de sus adversarios, los paramilitares, por ejemplo.

Debo responder con la misma tranquilidad que lo hice, en esas conversaciones de cafetería donde fui requerido por los amigos en mención: En primer lugar, porque creo que sólo en la radicalidad de la crítica del papel jugado por las armas de la revolución en la tarea de construir una sociedad más democrática y más justa, vamos a encontrar los rumbos perdidos y la posibilidad de reencantar a la sociedad colombiana con proyectos auténticamente catárticos en su esencia. Además porque es indispensable exigirles un balance ético público, a quienes prometieron el sueño de una sociedad transformada, basada en la utopía del hombre nuevo. Es necesario preguntarnos dónde quedó ese sueño, o si por el contrario se nos convirtió en una pesadilla.

Y no debemos permitir que éstas preguntas y las respuestas a las mismas nos las formulen los Apuleyos Mendozas, no porque no sea importante dialogar con ellos, controvertir con ellos, sino simplemente porque sus respuestas a estos interrogantes están cargadas de pasado, de estancamiento, de miedo al cambio. Las respuestas deben provenir de aquellos y de aquellas que seguimos empeñados en la construcción de una Colombia en la que quepamos todos.

En relación con el segundo requerimiento planteado, debo afirmar que no hallo mayor sentido investigativo en examinar críticamente el ejercicio de la barbarie al servicio de los poderosos. ¿Será posible pensar en términos de racionalidad crítica las prácticas del poder que no se someten a ningún título de legitimidad, a ningún parámetro ético, que sólo obedecen a sus primitivos instintos de retaliación al momento de masacrar campesinos inermes e indefensos?. Creo que lo único que se le puede pedir a los masacradores es que revisen el principio judaico sobre el que fundan su acción "justiciera". Ya lo había discernido en forma majestuosa Ghandi, al señalar: Ojo por ojo y el mundo va a quedar ciego. Ojo por ojo, y Colombia está quedando ciega.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.