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| 9/20/2007 12:00:00 AM

“Yo canto para que no haya guerra, porque en medio de ella nací”

Daner Martínez, un joven desmovilizado decidió cambiar el fusil por la guitarra. Ahora le canta a la paz. Conmovedor relato de un ex combatiente.

Al medio día, al término del evento, el joven irrumpe con su guitarra y empieza a cantar. Sólo quiere que Frank Pearl, el Alto Consejero para la Reintegración, lo escuche. El instrumento eleva sus acordes como si fuera un llanto. Se conjugan en un vallenato el lamento de las cuerdas, una voz que desgarra el alma y una letra esperanzadora.

Daner Martínez un joven de 28 años, desmovilizado de las autodefensas, en unos minutos logra reunir a curiosos y periodistas entorno a su canción. “Saca la guerra de tu corazón”, se llama, y fue compuesta en uno de sus días “en el monte”. “Yo soy aquel niño que soñaba con estudiar, yo quería ser el orgullo en la tierra mía”, canta. Pero un día los rumores de una guerra y la ambición tocaron a la puerta y “fui obligado a ella, porque mi pueblo quedó entre el fuego cruzado”.

Cuando habla no da la impresión de ser un joven ingenuo. Sabe que en la trinchera se endurece el corazón, y no hay espacio para pensar, que algunos jóvenes ingresaron a las filas pensando que hacían lo correcto, pero con el tiempo se dieron cuenta del error. La letra de su canción continúa, “para la paz yo quiero ser un instrumento y mi grano de arena lo aporto en esta canción”.

El escaso público aplaude. Todos están seguros de estar asistiendo al plato fuerte de la jornada. Detrás están las historias de los miles de combatientes que tras la “ilusión” del dinero y el poder representado en las armas y el uniforme, heredaron una guerra incomprensible.

Daner asalta por sorpresa a los asistentes afuera del salón de cómputo. Cantar esa canción no está dentro de la programación. Pero lo ha hecho bien y las videograbadoras y los flash toman nota. El compositor es uno de los pocos reinsertados a la vida civil que se atreve a hablar en público. No tiene miedo de expresarse porque siente que está libre de culpa. Y dice comprender a sus compañeros porque “el proceso no ha sido fácil”.

Se cumple la jornada de inauguración del Centro de Oportunidades Incluyentes Mi llave, en la Casa de Justicia del barrio La Nevada, Valledupar. El programa consiste en facilitar el acceso y capacitación en tecnología a las personas afectadas por el conflicto, tanto víctimas como desmovilizados. La Fundación para las Américas de la Organización de Estados Americanos (OEA), Mirosoft y la Alta Consejería para la Reintegración hacen posible la marcha del programa instalando una sala de 16 computadores, donde se darán los cursos básicos para que los beneficiarios aprendan de sistemas y “sean más competitivos en el mercado laboral”, como dice Pearl.

El joven de la guitarra logró su cometido. Pearl y un grupo que se había quedado al finalizar la jornada lo escucharon.

Del fusil a la guitarra

“El cantante”, le decían a Daner en las autodefensas. Nació en Guaimaral, Bolívar. Desde niño tenía la inclinación por la música gracias a las canciones que su mamá le cantaba.

Pero la falta de trabajo y una experiencia como soldado raso cuando prestó servicio, lo motivó a entrar en las autodefensas del Sur de Bolívar. “Yo viví la guerra invisible, la indiferencia, la falta de oportunidades”, dice. En ese momento, ya componía las primeras canciones. Pasaron los primeros cuatro años y terminó su “primer contrato”.

Viajó a Valledupar, la tierra de los acordeones, los sinsontes, donde todo canta, y fue allí donde la lírica se materializó. Aprendió a interpretar la guitarra mirando a un anciano y practicando, durante varias tardes. Tocaba en los buses, vendía tintos o bon ice, mientras esperaba un trabajo.

Un amigo que estaba “en el monte” le dijo que volviera, que soplaban buenos vientos a favor de la desmovilización y a él lo podrían beneficiar. Se internó de nuevo. Esta vez en el Bloque Norte. Pero se fue enamorado de Ayda Margarita, una joven vallenata que estaba terminando el bachillerato y a quién le escribió unas canciones. Sin embargo, los meses comenzaron a pasar y la posibilidad de la civilidad se alejó. En el transcurso de esos meses pudo ver la guerra desde otro punto de vista: “absurda, dura y sin futuro”.

Una tarde se anunció que al batallón llegarían los cadáveres de unos paramilitares de esa zona, entre los cuales estaba ‘El cantante’. “Para mí esos días fueron muy duros. Yo fui desesperada a ver los cuerpos, pero no estaba. Sentí alivio y me prometí que no lo dejaría ir otra vez”, recuerda quien hoy es su esposa.

El 10 de marzo de 2006 se dio la desmovilización del Bloque Norte en La Mesa un corregimiento de Valledupar. 2.000 paramilitares dejaron las armas con la promesa de no volver a delinquir y reincorporarse a la vida civil.

Daner celebra los 11 de cada mes junto con su esposa, porque se acuerda del primer día de vida nueva y un 11 fue el día que se comprometieron. “No volvería a la guerra. Yo cambié el fusil por la guitarra”, dice. Hace dos meses nació su hija Tzeilym Danet, que significa “princesa de la alabanza”. Agradecido con Dios por la oportunidad que le ha dado promete hacer de su hija una cantante.

Actualmente, ‘El cantante’ estudia comunicación social en la Universidad Abierta y a Distancia de Valledupar. En aras de unas monedas se sube a los buses y canta cualquiera de las 200 canciones que ha compuesto. Hace parte del programa de reinserción que cuenta con asistencia sicológica y un subsidio mientras los desmovilizados aprenden un oficio o una carrera.

Pero todo no es color de rosa. A veces los subsidios se demoran lo que provoca el descontento, pues para muchos desmovilizados es el único ingreso. Daner tiene una actitud crítica pero dice comprender la situación. “Todos los procesos tienen sus falencias”, dice. Por eso no pelea.

Su mensaje central es: la violencia no está afuera, en el conflicto, está adentro, en el corazón. Aduce que la guerra es una expresión de la violencia interna. “Yo desmovilicé mis actos de guerra, ¿pero que puedes desmovilizar tú?”, pregunta. También hizo un seminario para “gestores paz”, y luce la camiseta que lo acredita con orgullo. La experiencia le ha enseñado que quien vive el conflicto y lo supera puede ayudar a dirimirlo.

“Yo canto para que no haya guerra, porque en medio de ella nací”, dice un verso de su canción. Su familia vivió el desplazamiento forzado y él las pocas oportunidades. Pero ahora, al lado de Ayda, su bastón y Tzeylim, su inspiración, cree que la vida le ha dado un giro, se siente afortunado y con una misión: “de nosotros depende que a nuestros hijos les demos un mejor país”.
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