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| 11/19/2011 12:00:00 AM

La Sinfónica de ruana

Coronando tres décadas de carrera musical, Jorge Velosa y los Carrangueros presentan su proyecto más ambicioso: 'Carranga Sinfónica'., 249541

Por armar una frase ingeniosa, le pregunto a Jorge Velosa si "se puso de ruana" a la Orquesta Sinfónica Nacional.

"No", me contestó con la misma rapidez con que lanza adagios y versos. "Todos arropamos con una ruana, la música".

La diferencia es enfática. Lo primero insinuaba que fue una ocurrencia divertida poner a toda esa tropa de cuerdas y vientos a acompañar a los Carrangueros; lo segundo, más ceñido a la verdad, es que se encontraron dos voluntades de nutrir lo sinfónico y lo popular. Jorge Velosa se reunió en varias ocasiones con Eduardo Carrizosa, el director de la Sinfónica, para elegir entre más de un centenar de temas aquellos 15 que se acoplaran mejor al lenguaje de la orquesta.

Y, para seguir exprimiendo la metáfora de la ruana, los arreglos orquestales resultaron ser eso: un ropaje, a veces poderoso y otras veces atmosférico, para unas canciones que ya tienen un lugar ganado en el acervo campesino. No parece natural, en principio, que una oda a las veredas de Boyacá reciba un tratamiento de vals vienés. Pero los arreglos del disco Carranga Sinfónica han resultado recatados, trazan una especie de marco ambiental y apenas colorean un poco el paisaje en los espacios que van de una estrofa a un estribillo. No hay imbricaciones orquestales ni desarrollos que se alejen demasiado de la melodía. La canción original sigue teniendo la fuerza. Y, a la manera de un concerto grosso, la guitarra, el tiple y el requinto de los Carrangueros tienen también pasajes para lucirse.

La Orquesta Sinfónica cumple aquí distintas funciones. En Julia, Julia, Julia parece arrasar como si fuera un camión, con todo y bocina. En La gallina mellicera juega a imitar el canto de la gallina y los pollitos. Y más allá, en esa joya de la inspiración que es Canto a mi vereda (tal vez el momento más emotivo del disco), se arma una miniatura de sinfonía pastoril que entreteje las voces de la naturaleza y los bailes campesinos. Velosa me confía que, además de hacer un barrido de la historia carranguera, desde un principio quiso que el disco tuviera esa variedad: "Va desde un bambuco hasta un merengue endiablado, pasando por cosas tan distintas como 'La rumba de las flores' o 'El cagajón', y siempre pensando en que lo sinfónico no debía ser prosopopéyico".

El experimento ha funcionado en las ocasiones en que se ha interpretado en vivo. Un integrante de la Sinfónica admitió que nunca había visto gente bailando en sus conciertos, ni menos aplaudiendo durante cinco minutos seguidos, como sucedió hace unos meses en la plaza de Ráquira. El secreto de ese embeleso, si es que hay uno solo, radica en las letras que con tanta fineza ha labrado Jorge Velosa, heredero de una escuela de coplas sabias y cortas capaces de sintetizar grandes verdades. "La copla es el adobe de la canción", dice.

Justamente, una de las cosas que sorprendió desde aquel primer álbum de los Carrangueros en 1980 fue la presencia de lo que en la industria llaman "clásicos instantáneos": canciones que son nuevas pero que, por su forma, podrían tener cien o doscientos años. No hay un truco para ese efecto. A Velosa simplemente le salen así. Y para demostrarme que le ha dedicado tiempo a pensar en ese fenómeno, me regala una copla (una "canta", la llama él) que está inédita porque todavía no le ha puesto música:

La canta es la mesma vida

Por eso cuando se canta

Uno siente ques el tiempo

Que sale por la garganta. n
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