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| 6/19/2017 6:16:00 PM

El laboratorio

Aunque no se conozca el resultado de las investigaciones sobre el victimario, lo cierto es que esta bomba les resultó extremadamente útil a los opositores centrodemocráticos para que, mientras aun humeaba el baño del Andino, inculparan todos a uno al presidente Santos.

“Colombia es un laboratorio de la historia”, nos dijo Pepe Mujica el día que la guerrilla más grande y antigua del continente completó la segunda entrega de armas a los funcionarios de Naciones Unidas.

“No lo hagamos fracasar”, remató la frase, usando un generoso plural para incluirse como latinoamericano, pero bien podría haberla redactado como “no lo hagan fracasar, colombianos”, porque es bien sabido que mientras se avanza en la implementación del acuerdo, hay un grupo de saboteadores de oficio que intenta, sin descanso, volverlo trizas.

Será por eso que Mujica nos lo advierte. Porque en esta esquizofrénica esquina de Latinoamérica hemos tenido la mala manía de zanjar siempre las discordias a la brava, y permitir que nazcan, crezcan y pelechen toda clase de ejércitos, seudo ejércitos y para ejércitos; mientras, en los últimos 30 años, se concretaban más de 10 procesos de paz (sin incluir la farsante Cacica Gaitana con la que Uribe y Ternura pretendieron meternos a todos los dedos en la boca), para desmontarlos. Somos un laboratorio porque vivimos en un eterno proceso de ensayo y error.

Cargamos con las consecuencias de una historia plagada de odios. De ahí que el pánico se haya multiplicado al ocurrir el hecho que acabó con la vida de Julie, Lady Paola y Ana María, quienes coincidieron a las cinco de la tarde en un baño del centro comercial el sábado víspera del día del padre; porque el abanico es amplio al intentar identificar quién fue el autor del acto terrorista, cuál pudo haber sido su intención al definir los aspectos de modo, forma y lugar de esa bomba con la que sabía que mataría indiscriminadamente a un grupo de mujeres, cuál sería el mensaje que intentó gritar tras el ruido sordo del explosivo. ¿Quién, por qué y para qué?

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No hay una guerra declarada de carteles contra el Estado, como en los nefastos finales de los ochenta e inicios de los noventa. Ya no se puede culpar a “la far”, sospechosa de siempre. Y a pesar de que rápidamente se señaló al ELN, los comandantes de esta guerrilla sentados a la Mesa en Quito respondieron de inmediato negando su autoría; puede creérseles o no, pero cuando este grupo guerrillero ha sido el autor de atentados, lo reconoce o al menos no es usual que lo niegue.

Lo único que puede decirse con certeza es que se trata de una gente que está decidida a no bajarle la guardia a la guerra, y a la que este atentado le resulta benéfico. Entre tantos posibles autores del hecho, la especulación tiene un permiso tácito.

El primer sospechoso es un supuesto grupúsculo de jóvenes bogotanos radicalizados que se hacen llamar Movimiento Revolucionario del Pueblo, una especie de alianza entre los reductos más violentos de los grupos subversivos, un revuelto de revolucionarios trasnochados que desde el año pasado le ponen la firma a sus petardos con la demagógica frase “MRP - Ni Santos Ni Uribe”.

La segunda sospechosa es la banda criminal más activa y violenta del territorio nacional, heredera de las AUC desmovilizadas en el 2005, conocida como Autodefensas Gaitanistas, Clan del Golfo o los Urabeños según quien la nombre. Podría especularse que pusieron esta bomba en represalia por la “Operación Agamenón” con la que las autoridades les han propinado fuertes golpes en los últimos meses.

La tercera posibilidad es el ente intangible, inasible, indescifrable, que deambula desde siempre como un fantasma por los recovecos de las oficinas a cargo de la inteligencia y la seguridad del Estado, amangualado con oscuros criminales vestidos de civil. “La mano negra” es ese modo de actuar impune que cobra vidas sin dar la cara, para beneficio único de quienes se lucran políticamente de la guerra, que es maestra en aterrorizar a la ciudadanía que, al no saber quién ataca, responde apoyando a quien le ofrezca una mano firme que acabe con el supuesto caos.

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Aunque no se conozca el resultado de las investigaciones sobre el victimario (si es que un día llegamos a saberlo), lo cierto es que esta bomba les resultó extremadamente útil a los opositores centrodemocráticos para que, mientras aun humeaba el baño del Andino, inculparan todos a uno al presidente Santos y a su política de paz de lo ocurrido. Como chulos carroñeros, concentraron estratégicamente sus señalamientos en potenciar el efecto de pánico en la población que el acto terrorista de por sí genera, señalando el supuesto desmadre y caos que el acuerdo de paz con las Farc le trae a Colombia.

Será por todo esto que Mujica dice que somos un laboratorio de la historia. Porque Colombia no se cansa de experimentar nuevas formas de guerra para hacer fracasar los más exitosos procesos de paz. Qué angustia tan grande produce este país.

@anaruizpe

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