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| 3/19/2017 12:15:00 PM

Mi voto por Peñalosa no fue un cheque en blanco

Tengo el derecho y el deber, como elector suyo y como ciudadano, de apoyar lo que considero que hace bien y de llamar la atención en lo que considero que no.

Yo voté por Enrique Peñalosa en el 2015. Por lo que había mostrado en su primer gobierno era, entre los que estaban en campaña, el mejor preparado para sacar a Bogotá de la crisis en la que estaba sumida luego de los descalabros con Lucho Garzón, Samuel Moreno-Clara López y Gustavo Petro.

Sin embargo, mi voto no fue un cheque en blanco. Tengo el derecho y el deber, como elector suyo y como ciudadano, de apoyar lo que considero que hace bien y de llamar la atención, firme pero respetuosamente, en lo que considero que no está bien. Y así lo he hecho. Desde este espacio, en varias ocasiones, he planteado la necesidad que el alcalde dé un giro en su administración, pues por un lado su capacidad gerencial en estos 14 meses aún no se ve y por el otro, hay indicios, desde todos los lados, de que su divorcio con buena parte de la ciudad es muy riesgoso para su gobierno y para el futuro de Bogotá.

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Debo decir con preocupación que hoy no sé a qué le está jugando Peñalosa.    

Primero, revivió el petrismo. Cuando Petro terminó su administración, según las mediciones de Gallup, la desaprobación de su labor en Bogotá superaba el 60 %. Su movimiento, Progresistas, en el Concejo pasó de tener ocho concejales en el 2011 a uno en el 2015. Y su apoyo a Clara López, con toda la burocracia distrital, no la salvó de ser casi doblada en votos por Peñalosa. El petrismo era una sombra de lo que fue.

No obstante, a pesar de tener hechos incontrovertibles sobre la ineptitud y la improvisación de su antecesor y del descontento que despertaba entre los bogotanos, el alcalde Peñalosa lo graduó como su interlocutor principal en la oposición y lo puso como cabeza visible de la revocatoria.     

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Segundo, crea y junta adversarios y les da argumentos. Es claro que un gobernante no puede ser una moneda de oro para caerle bien a todo el mundo ni sus decisiones dejarán contentos a todos. Pero es torpe casar peleas todo el tiempo con diferentes sectores y darles una causa común: la revocatoria.

Con la posición que Peñalosa ha hecho pública sobre la Van der Hammen y su reciente anuncio de dar vía libre al desarrollo de Lagos de Torca puso al grueso de los ambientalistas en su contra. Con una reestructuración de los servicios de salud que reduce costos pero que no mejora la atención, ha ganado el descontento de miles de pacientes. Con el anuncio del pico y placa total por tres horas diarias casó una pelea con los dueños de los carros. Con el aumento de la tarifa de Transmilenio y del SITP sin mejoras sustanciales en la calidad del servicio terminó de echarse encima a los usuarios de los buses. Con su obsesión de construir una troncal de Transmilenio por la carrera 7ª puso en pie de lucha a miles de habitantes de Chapinero y Usaquén, dos localidades que lo apoyaron en su regreso a la Alcaldía. A eso hay que sumarle la gente que no está de acuerdo con su polémica decisión de cambiar el trazado del metro sin estudios y de irse por uno elevado en lugar de uno subterráneo, que ha calificado despectivamente de ser una ratonera, a pesar de la evidencia internacional.        

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Como se ve, el panorama no parece muy alentador. Pero aún el alcalde tiene un margen para darle un giro a lo que está pasando. Es pequeño y se le está acabando el tiempo, pues muy seguramente los de la revocatoria van a conseguir las firmas. Ojalá Peñalosa comprenda que esto no se ganará con arrogancia y que de sus acciones dependen los argumentos de sus defensores. Si no lo ve y cambia, es muy probable, a mi pesar, que no pueda terminar su mandato.  

* Politólogo con maestrías en gestión urbana e historia. Estudiante de doctorado en historia de la Universidad de los Andes. @ferrojasparra

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