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| 11/12/2016 2:55:00 PM

President Trump

Antes de que anunciara su candidatura el 16 de Junio del 2015, nunca le había parado muchas bolas a Donald Trump.

En ese entonces, el nuevo Presidente de los Estados Unidos, no era para mí más que un pintoresco personaje de la alta sociedad de Nueva York que se había dedicado a crecer el negocio de finca raíz que heredó de su padre, a salir en televisión cada vez que pudiera y a gastar sus millones de la manera más notoria posible. Había visto un par de documentales sobre su vida, sabía de la existencia de su avión privado, de su apartamento enchapado en oro, de su esposa Melania, de su participación en ¨The Aprentice¨, de sus métodos mezquinos para triunfar en los negocios, de sus antiguos coqueteos con la idea de llegar a la Casa Blanca y de varias entrevistas en las que el magnate ofrecía donar 5 millones de dólares a una fundación, si Barack Obama podía demostrar que había nacido en Estados Unidos y no en Kenia.

Sin embargo ese día, que recuerdo como si fuera ayer, cuando en medio de un desvelo me puse a ver el video que empezaba con la imagen de Trump y su esposa bajando triunfantes las escaleras eléctricas del rascacielos que lleva su nombre, para después pronunciar el discurso más racista y xenófobo de nuestra historia, y anunciar su intención de ser Presidente, me preocupé y empecé a tomarlo un poco más enserio.

Al día siguiente, me levanté a desayunar con mi madre y le dije: “mamá, Donald Trump va a ser el próximo presidente de Estados Unidos”. Entre risas me respondió: “Fede, ¡estas loco! ¿Cómo se te ocurre? Si ayer dijo que quiere construir un muro en la frontera y que los inmigrantes mejicanos son violadores y criminales. Es imposible”. Mi familia, mi jefe, mis amigos y todo el mundo con el que hablada del tema, me trataban de loco por pensar que semejante payaso pudiera algún día llegar a ocupar la silla de George Washington. No obstante, desde un principio, estuve convencido del peligro que Trump representaba, no porque pensara que su discurso tuviera algún sentido, sino porque al mejor estilo de un ex presidente de nuestra patria, el magnate neoyorkino había empuñado las dos armas más poderosas que existen en política: el odio y el miedo.

La victoria de Trump no puede ser estudiada desde un punto de vista puramente racional. El candidato republicano ganó por varias razones que no se miden siempre en las encuestas. En primera medida, él representa el sueño de muchos americanos: es un hombre rico, blanco, poderoso, mujeriego, que hace y dice las cosas a su manera. Por otra parte, supo adueñarse del voto protesta de quienes estaban cansados del establecimiento y sacó a relucir un discurso que antes era vergonzante y se daba en silencio. Supo capitalizar políticamente el odio y la rabia que muchos gringos sienten por los latinos, por los musulmanes y por la raza negra, e hizo énfasis en todo lo que está mal en el país diciendo que es él el único que esta en capacidad de arreglarlo. A todo esto se sumó el hecho de que Trump se enfrentaba a una candidata muy cuestionada por su accionar en la Fundación Clinton y en los varios cargos públicos que ocupó, y a que supo usar a la perfección la estrategia que comparten Hitler y Álvaro Uribe: simplificar el mensaje y repetirlo cuantas veces sea necesario. Así, el magnate del peluquín logró que su mentira sencilla le ganara a una verdad complicada de su contendora.

Es por eso que hoy nos vemos ante el triste escenario que nadie creía posible. Ese payaso racista, acosador de mujeres, corrupto, iletrado, impulsivo, inseguro e irrespetuoso, es ahora el hombre más poderoso del mundo y tendrá siempre a la mano un maletín en el que puede meter un código y empezar una guerra nuclear si se levanta de mal genio. 

Afortunadamente, al Presidente Trump le pasará lo mismo que a varios de sus antecesores. El establecimiento americano es tan sólido y la división de poderes tan clara, que el jefe de estado, así lo quiera, no puede hacer lo que se le de la gana. Por eso, lo que considero nefasto del resultado de esta elección, no es propiamente lo que pueda o no pueda hacer el mandatario, sino lo que ha dicho y seguirá diciendo.

El discurso de Trump abrió una puerta que desde los años 60´s se había cerrado, y cuyo contenido estaba ya en la sombra y tenía una clara sanción social: era “políticamente incorrecto”. Ahora, el racismo y el odio ya no se limitan a ser expresiones de un familiar imprudente en la mesa; ahora son parte fundamental de la retórica del Presidente del país más poderoso del mundo. Y, en esa medida, lo peligroso de Trump no es él mismo, sino lo que logra generar en la sociedad. Ya hemos empezado a ver golpizas a latinos y musulmanes por el simple hecho de estar sentados hablando su lengua materna; hemos visto a sus simpatizantes sacar negros a patadas de los estadios; y apenas ayer salió un video de unos niños de colegio gritándoles a sus compañeros inmigrantes ¨!!Built that Wall!!¨.

Hoy el futuro de los Estados Unidos no recae en las decisiones que puedan tomarse desde la Oficina Oval, pues queda la tranquilidad de que Trump cambia de opinión como cambia de boxers. Recae en el impacto que tengan en el grueso de la sociedad las palabras que decida usar de ahora en adelante este payaso. Ojalá al señor Donald le vaya bien en su gobierno, y no empecemos a ver asesinatos y genocidios de inmigrantes por cuenta del primer hombre que ha llegado a la Casa Blanca con el apoyo del Ku kux klan…

En twitter: @Federicogomezla

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