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| 5/2/2011 12:00:00 AM

El silencio de las víctimas en Medellín

El control de grupos armados ilegales ha llevado a que las víctimas del paramilitarismo tengan que negar su condición y crear una versión ficticia, donde sus muertos aún viven.

A Rosalba la conocí en Medellín, en los pasillos del Palacio de Justicia donde están ubicadas las dependencias de la Unidad Nacional Justicia y Paz, cuando salía de escuchar la versión de un jefe paramilitar que operó en el pueblo de donde ella tuvo que salir huyendo hace ya nueve años luego de que le mataran a su esposo. De manera espontánea, como queriéndose desahogar, me habló del silencio en el que tiene que vivir en un barrio de Medellín por culpa de los grupos armados ilegales que hacen presencia allí.
 
“Yo no puedo decir en el barrio que soy víctima, mis tres hijos también lo saben y no nos relacionamos con muchos vecinos, para que no nos pregunten nada”, me cuenta Rosalba. Hace nueve años paramilitares de las Auc le mataron a su esposo. Ese hecho la llevó a abandonar el pueblo donde tenía su casa y sus bienes para buscar refugio en las laderas de la capital antioqueña. “Llegar aquí fue muy duro, pero hemos logrado sobrevivir”, dice.
 
Por diversas circunstancias, Rosalba y sus hijos han tenido que cambiar de casa y de barrio desde que llegó a la ciudad. Hace ya tres años que vive en las laderas occidentales de Medellín. “No he podido trabajar y allá donde estoy ahora pago poco arriendo”, agrega.
 
A su magra situación económica se le suma lo que hoy considera su mayor tragedia: vivir en medio del silencio, la soledad y el miedo que le impuso la confrontación armada que padece su vecindario y, en general, algunos sectores de las comunas de Medellín desde hace por lo menos cuatro años. “Yo sólo hablo cuando vengo aquí a la Fiscalía a las audiencias de Justicia y Paz, de resto tengo que estar callada. En el barrio donde vivo nadie sabe que somos víctimas y mucho menos que estoy reclamando la verdad sobre mi esposo. Eso no se puede saber”.
 
Rosalba teme que las bandas que hacen presencia en el barrio donde vive se molesten porque ella está en esos asuntos. “Decir que uno es víctima y está averiguando la verdad es un asunto que no se puede estar diciendo en los barrios, uno no sabe quién vive allí, quien escucha, y de pronto nos pueden hacer año a mí y a mis hijos”.
 
La angustia por construir a su alrededor una imagen que le niegue su condición de víctima la ha llevado a decir en algunas ocasiones que su esposo no está muerto. “Yo le he dicho mucho a mis hijos que digan que su papá está de viaje, que trabaja mucho, pero fuera de la ciudad. Decir que fue asesinado por los paramilitares puede ser un problema para nosotros en el barrio”.
 
Los temores se han incrementado en las últimas semanas, pues a la zona donde vive llegaron hombres con acento costeño que ejercen presión sobre los pobladores. “Hace poco iba para mi casa y uno de esos tipos me detuvo, me pregunto mi nombre, de dónde era, dónde vivía, cuánto llevaba en el barrio y con quién vivía. Me preguntó dónde estaba mi esposo y por qué no me había reportado ante ellos. Imagínese cómo están las cosas”.
 
Esta situación de negación de la condición de víctima y de la construcción de una versión ficticia no sólo la padece Rosalba. Ella sabe de muchos más que tienen que hacer lo mismo que ella: guardar silencio, no socializar mucho en los barrios y, si toca, inventar una versión distinta de su pasado.
 
“Alberto, un señor que conocí hace poco también le pasa lo mismo”, relata Rosalba. “Él perdió dos hijos, a uno lo desaparecieron y a otro lo mataron. Los acusaron de guerrilleros. A este señor lo obligaron a dejar la vereda donde vivía con su esposa y sus tres hijas y no tuvo más remedio que venirse para Medellín”.
 
Según Rosalba, al barrio donde llegó Alberto hace siete años también hay grupos armados. “Por eso le ha tocado callarse y, en ocasiones, negar la muerte de sus hijos. Imagínese que dolor”, describe con cierto tono de angustia la señora, quien no duda en advertir que como ella y Alberto, en la ciudad hay cientos de personas que quieren mantener su tragedia en la intimidad y si es del caso negarla.
 
Pese a los programas de atención a víctimas que adelanta la Alcaldía de Medellín y al acompañamiento que brindan algunas dependencias de carácter departamental y nacional, la tragedia de la guerra no deja de rondarlos. Ya no es la guerra rural la que los acosa y los privó de sus seres queridos, ahora es una guerra urbana que los obliga a callarse, a refugiarse en sus casas, a mantener un pesado blindaje sobre su pasado, a negar su historia.
 
Rosalba, en pocos minutos, me describió una cara de la guerra en esta ciudad que poco conocía y que a ella, como víctima, le recuerda duros tiempos pasados, cuando la muerte tocó a su puerta y se llevó a su esposo. “Es muy duro todo esto, pero ante tanto miedo, es mejor la soledad y el silencio”. Triste condición la de las víctimas en Medellín.
 
(El nombre de la señora fue cambiado y eliminados los nombres de pueblos y barrios por seguridad)
 
(*) Periodista y docente universitario

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