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| 9/28/2013 12:00:00 AM

La rabia de 'Timochenko'

En septiembre del 2012 se filtró el acuerdo con el que culminaba la fase exploratoria y tanto Santos como ‘Timochenko’, nos vendieron la esperanza del fin del conflicto armado.

Hace ya un año se iniciaron las conversaciones entre el gobierno y la guerrilla. En septiembre del 2012 se filtró el acuerdo con el que culminaba la fase exploratoria y tanto Santos como ‘Timochenko’, nos vendieron la esperanza del fin del conflicto armado. En ese momento Santos tomaba un riesgo político enorme al alejarse definitivamente de Uribe, mientras ‘Timochenko’ enviaba un discurso atípico que invocaba más el porvenir que las heridas del pasado.

Posiblemente lo que más optimismo suscitó fue la agenda pactada. Seis puntos que con un espíritu realista buscan cerrar el capítulo de la guerra interna, y darles a las FARC suficientes garantías para que ingresen a la vida civil. Excepto por el tema agrario, la agenda no se ocupa de reformas estructurales y por tanto, esos seis puntos eran el gran triunfo del gobierno en la primera fase del diálogo. Santos prometió entonces que la negociación sería cuestión de meses, no de años.

Sin embargo, ese mismo día ‘Timochenko’ exaltaba en su discurso el preámbulo de la agenda como una verdadera conquista de las FARC en la fase exploratoria; como su “marco teórico” para construir los acuerdos. Efectivamente, el documento base de las conversaciones tiene una introducción en la que ambas partes “reconocen” que es necesario ampliar la democracia, trabajar por una mayor equidad social y económica, y contar con la participación de los colombianos en la construcción de la paz.

A lo mejor en su momento el gobierno pensó que aquellas líneas eran un canto a la bandera, una retórica insulsa y abstracta. Sin embargo, para las FARC esta es la esencia del proceso. He ahí la diferencia fundamental entre gobierno y guerrilla en las 14 rondas de conversaciones en La Habana.
 
¿Siguen siendo lejanas las visiones que unos y otros tienen sobre la misma agenda? En el tema de participación política, que actualmente se discute, la distancia es fuerte. El gobierno aspira a que se pacten sobre todo mecanismos para que los guerrilleros ingresen a la vida legal, y una vez en ella, compitan en las urnas con sus propuestas de país. Pero la guerrilla quiere que se aborden los aspectos sustanciales de la política, como la calidad de la democracia y el carácter del régimen. Para ellos el sistema actual niega cualquier garantía de acceso al poder a los sectores excluidos.

Las consecuencias prácticas de que haya dos lógicas tan diferentes también se reflejan en la discusión sobre la refrendación de los eventuales acuerdos. Mientras para el gobierno basta con que la “clase política” los haga viables en el Congreso y las urnas a través de un referendo; para ‘Timochenko’ y las FARC, es el pueblo el que les dará contenido a los mismos en una Constituyente que se convierta en un nuevo pacto social y político.

Hasta hace unos meses la propuesta del gobierno parecía plausible, y la de la guerrilla sonaba exagerada y arrogante. Sin embargo en cuestión de meses el país se ha hundido en una crisis de representación y de liderazgo con pocos antecedentes. Los partidos y el Congreso están en su peor momento. El descrédito de las Cortes no puede ser mayor. La corrupción no cede en algunas regiones. Los organismos de control carecen de credibilidad. El pesimismo se ha instalado en la opinión pública. Muchos de estos males, por no decir la mayoría, provienen del impacto negativo que ha tenido la figura de la reelección en nuestro país.

Así las cosas, la idea de un mecanismo constituyente que facilite un nuevo pacto social suena cada vez menos descabellada. Vale la pena, por lo menos, que se discuta.
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