16 octubre 2012

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La Voz

Por Miguel Camacho Castaño

OPINIÓNPasó mucho tiempo antes de que supiera que Pérez era el segundo apellido de Bernardo, y no sé si muchas veces también, lo olvidé.

La Voz.

Acudo a este recuerdo porque pocas personas logran, con tanta autoridad, convertir su nombre en una especie de imagen de marca, en este caso ligada con la cultura: Bernardo Hoyos es el sinónimo de una erudición asombrosa que descansa plácidamente sobre los cimientos de la honestidad, la gracia, la d
ecencia y la oportunidad. Haber tenido la suerte de sentarse a conversar con él fue siempre comparable a ejercer, por un rato, una de las verdaderas bellas artes, la de la conversación.

Del alma y de la boca de Bernardo se iba desgranando, casi sin sentirlo, un verdadero torrente, delicioso y refrescante, de datos, de curiosidades… de recuerdos, muchos sorprendentes porque solamente él pudo ser su dueño cuando no su fantasioso creador; era una especie de Marco Polo dialéctico que desplegaba ante los ojos de sus interlocutores las sedas del Oriente y las especies de la India con una voz irrepetible e inolvidable.

A Bernardo uno le aprendía por ósmosis, sus recuerdos de Antioquia y el orgullo de la identidad raizal que compartió con Porfirio Barba Jacob, con León de Greiff y con Manuel Mejía Vallejo nunca fueron inferiores al deleite con que se refería al alma y al misterio de ciudades que lo ayudaron a desarrollar la gracia y la elegancia, de las que hacía gala con solo aparecer o con apenas pronunciar una palabra, París, Praga, Madrid y, por supuesto, su amada Londres, entre muchas, terminaron de dar forma a un hombre que toda su vida le dio la espalda a la solemnidad.

Es curioso cómo hoy, cuando por fuerza debemos acudir a los archivos, se develan las pasiones de Bernardo a partir de distintos tipos de relatos de quienes tuvieron la suerte de tenerlo cerca: Juan Sebastián Bach, el ampuloso y ceremonioso padre de la música con sobrados merecimientos, fue para Bernardo el mejor músico de Jazz, así lo afirmaba y así lo explicaba, porque consideró siempre que esa era la mejor manera de entender al genio y, mientras tanto, le adjudicaba a su amado Duke Ellington el carácter de clásico y elegante que por sus descripciones y por sus reseñas, en muchas noches de radio, más parecía su hermano mayor… Take the A Train, Caravan, Satin Doll…

La BBC de Londres, fue la Meca para Bernardo y, como un juicioso y disciplinado penitente, allí llegó, con la humildad y el asombro con que un niño se acerca al final del arco iris; al lado de grandes maestros, hombres de micrófonos y cables, como Juan Peirano, estimuló las relaciones intercontinentales de la radio cultural en verdaderos ejemplos de periodismo musical como La historia de los Beatles narrada por sus personajes, donde le dio su voz en español al mismísimo John Lennon.

No sé, nunca sabré de dónde venía tanta especialización en las honduras de la sensibilidad humana: Sabía de tango, de cine, de actores y directores, hablaba de moda, leía todas las revistas; estoy seguro de que muchas veces encontró dónde ponían las garzas… eludía con habilidad y de la manera más decente las polémicas inútiles y la crítica soterrada y cobarde, pero por encima de cualquier característica, fue un hombre generoso.

Constanza y Juan Sebastián saben de sobra con qué dolor nos acercamos a la noble emoción de su recuerdo.
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