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| 7/27/2012 12:00:00 AM

Los números del calentamiento global

¿Qué tan viable sería incrementar la tasa de la gasolina en un 3000 o 5000%? Después de considerar los números del calentamiento global, quizá usted se decida a apoyar una medida semejante.

En un artículo recientemente publicado en la revista Rolling Stone, que debería ser traducido a todos los idiomas y distribuido gratuitamente en todo el mundo, Bill McKibben nos presenta la aterradora aritmética del calentamiento global. Tres números le bastan para hacernos caer en cuenta de que la continuidad de la vida humana, y la de otras muchas especies, está en serio peligro.

Aquí quisiera presentar un resumen apretado del texto de McKibben y derivar de su análisis unas cuantas consecuencias políticas.

2 Grados Celsius (centígrados). La cumbre de Copenhague del 2009 fue una oportunidad perdida para hacer algo sustancial en relación con el calentamiento globlal. China y Estados Unidos se encargaron de bloquear cualquier acuerdo que implicara metas, mecanismos de control y sanciones para los infractores. No obstante, de esa cumbre salió una declaración en la que se reconoce en el primer párrafo que “la opinión científica es la de que el aumento en la temperatura global debe estar por debajo de los dos grados Celsius.”

La tierra ya experimenta un aumento de 0.8 grados Celsius y este aumento ha provocado cambios que han alarmado a todos los científicos que estudian el calentamiento global: una tercera parte del hielo del Ártico durante el verano se ha evaporado, el mar tiene niveles de acidez 30% más altos y la atmósfera sobre el mar es 5% más caliente, lo cual es una receta para inundaciones devastadoras. Esto ha motivado a un científico de MIT a señalar que cualquier cambio por encima de un grado Celsius es una apuesta riesgosa; otro de la NASA ha dicho que negociaciones que toman como punto de referencia dos grados Celsius son una receta para un desastre de largo plazo. Sin embargo, la meta sigue siendo dos grados Celsius. Tal es la posición oficial concertada por 187 países.

565 Gigatoneladas. Esta es la cantidad de dióxido de carbono emitido en la atmósfera que le permitiría a la tierra mantenerse por debajo de los dos grados Celsius. Aunque no es un número exacto, es una buena aproximación. Es el resultado de un trabajo conjunto de muchos científicos que han usado modelos computarizados bastante sofisticados para determinar qué sucedería si la producción de dióxido de carbono alcanzara esos límites.

El tema es que estamos ya muy cerca de cruzar la raya. El aumento en emisiones de dióxido de carbón es de 3% por año. A este paso alcanzaremos el límite de las 565 gigatoneladas en un lapso de 16 años. Fatih Birol, el jefe de la oficina responsable del análisis económico de la política energética de la Agencia Internacional de la Energía, hace unas predicciones más sombrías. Según Birol, estamos muy cerca de que se cierre el camino a la meta de los dos grados. Al considerar los datos de emisiones, Birol cree que es posible que vayamos en ruta a un aumento global de la temperatura de seis grados, lo cual supone cambios climáticos fuera de toda predicción posible.

La evidencia científica la conocen todos los estados, pero ninguno hace nada. Eso ha llevado a algunos científicos a pronunciarse vehementemente. Uno de ellos le dijo a McKibben, “¿Usted ya ha visto las nuevas cajetillas de cigarrillos en las cuales el gobierno ha puesto fotos de alguien con un hueco en su garganta? Las estaciones de gasolina deberían tener algo parecido.”

2795 Gigatoneladas. Multiplique el número anterior, 562, por cinco y obtendrá una cifra cercana a ésta: 2795 gigatoneladas. Tal es el cálculo del carbono contenido en las reservas conocidas de petróleo, gas y carbón existentes en el mundo. Se trata de reservas que tienen dueño. Son propiedad de compañías y países que registran esas reservas como una parte fundamental de sus activos. ¿Quién les va a decir que borren de sus balances el 80% de ellos? ¿Quién se va a encargar de que no saquen a la superficie lo que ya circula en la economía?

Borrar esos activos tendría consecuencias mucho mayores que cancelar los activos tóxicos que precipitaron la crisis inmobiliaria y, con ella, la crisis económica que hoy estamos viviendo. Pero si no lo hacemos, si dejamos todo como está, y Canadá, Venezuela y Kuwait, y ExxonMobil, Lukoil, British Petroleum y Shell y todas las demás compañías y países sacan a la atmósfera todas sus reservas, ¿quién va a poder seguir viviendo en este planeta?

Y con estos números a la vista, ¿qué hacer?

McKibben cree que uno de los problemas fundamentales del calentamiento global es que es un fenómeno tan general que, a primera vista, no es fácil identificar un responsable. Sin embargo, dice el mismo McKibben, no debería haber duda alguna de que la industria de los combustibles fósiles es el primer responsable, que es el enemigo público número uno de la continuidad de la existencia de nuestra civilización planetaria.

Aunque los líderes de esa industria comparten el diagnóstico del calentamiento global, viven en un estado irresponsable de negación. Rex Tillerson, el presidente de la ExxonMobil, considera que el calentamiento global es un problema de ingeniería que admite soluciones igualmente de ingeniería, tales como desplazar los cultivos a áreas más templadas. “Nos adaptaremos a eso,” dijo Tillerson en una conferencia este año en Nueva York, al tiempo que se hacía pública la noticia de que los cultivos de maíz en Kentucky se perderían por el récord de calor.

Si usted lector ya está maldiciendo a la industria del petróleo, el gas y el carbón, le recomendaría que hiciera una pausa. Deténgase, por favor, a considerar cuál es su grado de dependencia con respecto a esta industria. Si fuera a una estación de gasolina y le cerraran el chorro, ¿qué haría: echarle la culpa a la ExxonMobil o a esos “malditos ambientalistas”? Si los consumidores nos empeñamos en negar nuestra adicción al petróleo y sus derivados, la crisis ambiental nunca podrá ser resuelta.

Puede ser que las cosas no sean tan terribles, que el estado sea simplemente de dependencia, mas no de adicción. El punto es que, sin incentivos adecuados, la gran mayoría de nosotros no va a hacer nada para romper esa dependencia. Es preciso introducir cambios drásticos en nuestro comportamiento del orden de tasas a la gasolina del 3000 o el 5000%. Una medida extrema como ésta es, sin embargo, consistente con nuestros valores políticos. A nadie se le prohibiría usar su automotor. Simplemente se le recordaría cada vez que fuera a la gasolinera cuál es el costo colectivo del uso privado de su vehículo.

Quisiera expresar lo mismo de otro modo. El sistema de precios es un sistema de comunicación. Es el idioma en el cuál expresamos nuestras preferencias. A través del sistema de precios comunicamos a otros cuánto estamos dispuestos a dar para obtener la satisfacción de nuestros deseos y necesidades. El problema fundamental es que en el idioma del dinero no hay todavía una frase, ni siquiera una palabra, que dé cuenta de la gravedad del calentamiento global. Hasta ahora, el calentamiento global es como un ruido de fondo que no logra ser traducido en mensajes y en acciones concretas. Empero, no tenemos que cambiar de idioma. No hay que abolir el mercado ni el sistema de precios. Es suficiente con hacer cambios (tales como aumentar nuestros impuestos) que expresen en el lenguaje de los precios cuán grave es la situación, cuán frágil es el equilibrio de la vida en la tierra.

A fines de este año, en noviembre, la Alcadía de Bogotá tiene planeada una cumbre de ciudades latinoamericanas acerca del calentamiento global. Esta es una valiosa oportunidad para ejercitar colectivamente la inteligencia acerca de un problema de vida o muerte y para usar el músculo político para poner en práctica lo que ese uso colectivo de la inteligencia aconseje. Quizá los líderes de esa cumbre tenga la audacia para medidas que todavía nos parecen impensables, como una tasa de 3000 o 5000% a la gasolina.

 
 
* Profesor Asistente del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional.
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