Lunes, 22 de diciembre de 2014

| 2013/09/21 00:00

Tiempos difíciles

Hay nubarrones en La Habana. El proceso no marcha al ritmo que el Gobierno quiere y las FARC parecen estar apostando a un desgaste de Santos.

Hay nubarrones en La Habana. El proceso no marcha al ritmo que el Gobierno quiere y las FARC parecen estar apostando a un desgaste de Santos, en el entendido de que en su afán de reelegirse cederá un poco más en la mesa. Mal cálculo. El tiempo se agota sobre todo para construir la fe en el proceso, tarea que ha sido desdeñada por ambas partes.

La mesa se ha desgastado, los discursos también, y la sensación de estancamiento genera un profundo desinterés en el colombiano de a pie. Incluido aquel que sale a marchar contra el Gobierno con cacerolas.

Un año después de iniciadas las conversaciones, la opinión sigue siendo escéptica y el clima del país es fatal para Santos, pero aún más para las FARC, que son quienes están buscando un espacio de reincorporación a la democracia. Al fin y al cabo, Santos todavía puede decirle no a la reelección y dejar el país en manos de un nuevo Uribe (cuyo nombre no hace falta mencionar).

Contrario a lo que se piensa, el escepticismo frente a los resultados de las conversaciones de La Habana proviene de una opinión pública inteligente. De una opinión que lee las acciones más que los discursos. Que se da cuenta, por ejemplo, de que Santos borra con el codo lo que escribe con la mano cuando permite que las Fuerzas Armadas, y sus representantes en el poder civil, controlen la agenda de la protesta social; o cuando dice defender a los campesinos, pero le entrega el Ministerio de Agricultura a un representante de la agroindustria. La gente sospecha, con toda razón, que algo no va en serio en todo esto.
 
Igual cuota de descrédito al proceso aportan unas FARC engolosinadas con los micrófonos, que en lugar de aprovechar su cuarto de hora para mostrarse como lo que dicen ser, líderes políticos portadores de esperanza, se han endurecido y mostrado cada vez más arrogantes. Encerrados en su burbuja ideológica, hacen cálculos fatalmente errados sobre un eventual ambiente prerrevolucionario en el país.

La dilación de un acuerdo en la mesa de La Habana tiene sus efectos también en el campo de batalla. Las tropas de lado y lado se desgastan y desconciertan. Miren las cifras del Ministerio de Defensa: los combates y hostilidades han caído. Es obvio. ¿Quién quiere jugarse la vida en los últimos días de la guerra? Este limbo incentiva la deserción de muchos jefes guerrilleros hacia el crimen organizado, cosa que ya está ocurriendo en muchos frentes.

El interregno también lo están aprovechando ciertas instancias para politizar a las Fuerzas Armadas. Ahora en algunas zonas, los oficiales de alto rango fungen de agentes del desarrollo rural, dicen qué se negocia y qué no con los campesinos, y hacen las veces de activistas contra la Marcha Patriótica y las Zonas de Reserva.

Si no se llega a un acuerdo en los próximos meses, posiblemente Santos pierda la oportunidad de aspirar a un segundo período y las FARC tendrán que dejar tirada –por segunda vez– a toda su órbita política. Aquellos que se han jugado el cuero en la calle y en la tribuna pública, respaldado sus demandas y puntos de vista.

Aquí nadie se llama a engaños. El país sabe que la guerrilla no logrará la revolución por decreto a la que aspira, y ha entendido que Santos no será el hombre el reformista que prometió ser y que, obviamente, ya no fue.
No puede salir un nuevo país de esa mesa. Lo único que esperamos de ellos es que le pongan fin a la maldita guerra y dejen que otros, menos mezquinos, puedan imaginarse el futuro.

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