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Opinión

  • | 1983/04/25 00:00

    1984 ¿EL COMIENZO DEL FIN DEL MUNDO?

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Uno de los signos de nuestro profundo parroquialismo es la tendencia, siempre viva, a descubrir el mundo cada semana. Nuestras conexiones con la humanidad son esporádicas, repentinas, y suceden casi siempre en torno de las efemérides importantes. Así por ejemplo, el centenario de Carlos Marx, cuyas obras nadie en realidad ha leído en las últimas dos décadas (una especie de James Joyce de la filosofía) ha servido sin embargo para situar a los colombianos por un breve momento, elusivo, dentro de la corriente espiritual de Occidente. Con una notoria tardanza sobre las sociedades industriales, todos nos hemos apresurado a exhibir nuestra profunda sapiencia marxista, proveniente de las entrañas del trópico florido (¡Ah, la Atenas Suramericana!), por todos los medios posibles. Radio, televisión y prensa emularon en el despliegue de las superficialidades que había que decir sobre Marx, mientras el mundo entero pasaba por alto, casi con deliberación premeditada, tan inocuo cumpleaños. Mejor publicidad para el barbudo logotipo del Moir no hubiera podido lograrse con tanta facilidad.
Curiosamente-o gracias a la ignorancia colectiva sobre la esencia de la kilométrica doctrina marxistaninguna parte del análisis colombiano sobre nuestro héroe se ha detenido sobre el estudio de la realidad política e histórica de los sistemas comunistas que se inspiran en sus ideas. Es, casi, como si el marxismo no tuviera nada que ver con el comunismo de nuestro tiempo. Pero cómo nos hubiera gustado, a los demócratas, oír esta descalificación de boca de los teorizantes que aspiran a volver a Colombia una sociedad comunista, utópica, ideal, moldeada sobre el pensamiento inmortal de Carlos Marx. Lo que convenía al momento del Centenario era, evidentemente, conocer la forma como la antigua teoría se desvinculaba de su práctica moderna y la repudiaba por revisionista, o desviacionista o cualquier otra razón .
Parece oportuno resaltar, por lo tanto, dos fundamentos políticos de la teoria marxista que nos ayudan a comprender la naturaleza de los regímenes comunistas y la circunstancia actual del universo. Son ellos la teoría de la desaparición del Estado, pregonada por Marx como etapa última de la revolución proletaria; y la teoria de la Revolución Mundial, contenida en el ideal del proletariado internacional y en la abolición de la identidad nacionalista propia de las ideas liberales surgidas de la ilustración.
En primer término, y siguiendo sus orígenes anarquistas, el marxismo buscaba la desaparición del Estado porque éste se convertiría siempre, ineluctablemente, en instrumento de opresión de una clase sobre otra. Hasta el momento, sin embargo, el único pais donde el Estado ha desaparecido es Camboya, donde lejos de edificarse una sociedad igualitaria se ha abierto el campo para una permanente barbarie social. El resto de las naciones comunistas ha edificado, por el contrario, un Estado totalitario, omnipresente, jerarquizado, completamente ajeno al modelo teórico del socialismo. Parecería que el primer paso de la Revolución fuera, por definición, la constitución de un poder excluyente, oligárquico, de caracteristicas paranoicas y vengativas.
En segundo término está el ideal de la revolución mundial. Muchos han olvidado que ese es el objetivo último del marxismo, confesado por su progenitor, y nunca olvidado por la máxima potencia comunista de nuestro tiempo. Y asi como la desaparición del Estado se convierte en un fracaso de la teoria, la revolución mundial se acerca ineluctablemente, impulsada por la debilidad anímica del mundo Occidental.
Desde la Segunda Guerra, las ganancias territoriales de Rusia son inconmensurables. En dos años de combate lograron los comunistas multiplicar por cinco la población comunista de la tierra, al sumarse Europa Oriental y la China Continental. De ahi en adelante, el derrumbe del Imperio Británico y el proceso de descolonización del Tercer Mundo le han dado pingues utilidades al comunismo internacional. No solamente desde el punto de vista de la capacidad estratégica de Rusia, que hoy en día supera en mucho a la del imperio Británico en su mejor momento, y desde el punto de vista del control de las economías occidentales por medio del dominio de las t materias primas, sino también desde el punto de vista de la superioridad bélica notable del Pacto de Varsovia sobre la débil y decadente Alianza Occidental .
En vísperas de 1984 vivimos ya, en potencia, bajo la sombra de dominio mundial de los soviéticos y bajo la amenaza de que aquella macabra profesía de George Orwell se vuelva realidad para nuestra compungida generación.
Los analistas de la guerra mundial coinciden en señalar cómo, cualquiera que sea el resultado de las conversaciones de paz de los próximos años, la "ventana de la vulnerabilidad" de Occidente está abierta en tal forma que entre 1984 y 1989-un lustro-no habría posibilidad alguna de equiparar la fuerza militar de las potencias comunistas quiere esto decir que en estos cinco años, que comienzan con el Centenario de Marx, podría suceder una de dos cosas: la guerra nuclear total, cuyo fin previsible es la aniquilación de la Civilización Occidental y la reconstrucción del mundo tras el esquema soviético, o la rendición apacible y benigna de Europa, en cuyo caso el Nuevo Mundo quedará como el último rescoldo de la Libertad y heredero último de un ideal humanista en vías de desaparición.
¿No era éste, acaso, el significado de la parábola de Orwell?. Ambas perspectivas, terribles y ominosas, surgen a los cien años de la muerte t de Marx, como el más seguro porvenir para nuestro tiempo. Lo cual no quiere decir que la teoría marxista sea "válida". Evidentemente, lo que nos abruma es su práctica. -
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