Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1992/03/23 00:00

1992, O ALGO POR EL ESTILO

Tantas discrepancias indican que se ha acabado eso que el gran Hegel y el Pequeño Larousse llamaban la Historia Universal.

1992, O ALGO POR EL ESTILO

SE ACABA DE INCENDIAR EN LA GRAN EXPO de Sevilla el Pabellón de los Descubrimientos, que tenía dentro la primera máquina de vapor de Watt, el primer automóvil, una reproducción del primer módulo espacial que llegó a la Luna. Anclados frente a él, en el Guadalquivir, deberían haber estado -y haberse incendiado también- las copias de las tres carabelas de Colón y de la nao Victoria, en la que Magallanes y El Cano le dieron por primera vez la vuelta al mundo. Pero la nao Victoria naufragó hace tres meses, el día de su botadura, y las tres carabelas las compró hace medio año un consorcio norteamericano que no las quiso prestar para la Expo: por eso se salvaron del fuego. Todo parece indicar que no son sólo las organizaciones indigenistas de México y del Ecuador y unos cuantos antropólogos e intelectuales sueltos los que se resisten a celebrar el V Centenario del descubrimiento de América. Así que. al menos en Sevilla, 1992 no va a ser lo que se esperaba que fuera 1992.
Pero si no estamos en el famoso 1992 ¿en qué año estamos? No hay acuerdo. Los burócratas paneuropeos de Bruselas y Estrasburgo, por ejemplo, están convencidos de que vivimos ya en 1993, cuando la Europa Unida será un hecho económico irreversible. Desde Londres, en camhio, el Primer Ministro John Major persiste en creer que seguimos en 1882, año del "espléndido aislamiento" de la Gran Bretaña. Y en Manaos, por otra parte, los burócratas pan-ecológlcos aseguran que todavía es posible volver al 1492 de la vez pasada, cuando no sólo las selvas de la Amazonía sino las de todo el continente, estaban ttodavía intactas.
Eso no es todo. Según algunos historiadores estamos de nuevo en 1914: ya vemos estallar de nuevo los Balcanes, y lo que se anuncia es una repetición de la Primera Guerra Mundial. Pero también hay quienes creen, en tierras del Islam, que el renacimiento del integrismo indica que estamos otra vez en el año 1 de la Hégira. Y esta vez sí de verdad: que tiemblen los infieles. En Israel, entre tanto, los hay convencidos de que hay que borrar los siglos y comenzar desde cero: es decir, desde el año 70 de nuestra era, cuando Tito destruyó el templo de Jerusalén y dispersó a los judíos en la Diáspora. Pero el Papa, desde Roma, dice que hemos vuelto al año mil, y es necesario, como lo hiciera entonces San Cirilo, evangelizar a los bárbaros eslavos. Pero los eslavos mismos, por su parte, están por hay en 1300, resucitando la rivalidad entre los grandes ducados de Kiev y de Moscú.
Y hay más tesis todavía. Para los teóricos del neoliberalismo, estamos en 1847 cuando el capitalismo no tenía ningún incómodo "Manifiesto comunista" que viniera a perturbar el rigor de su desarrollo. Para el presidente George Bush vamos apenas en el Año 2 del Nuevo Orden Internacional que debe durar por lo menos mil, como debía durar el Terccr Reich. (Y hay también quienes, a la sombra ominosa de la nueva Gran Alemania, temen que estemos en el año 1 del Cuarto). Ya nadie teme, como creyó el novelista George Orwell, que vivamos en 1982, ni que ese año fatídico del totalitarismo comunista vaya a llegar jamás. Pero en cambio no faltan los que dan saltos todavía más espectaculares: en Washington. el politólogo Francis Fukuyama acaba de convertir en libro su famoso artículo de hace un par de años diciendo que estamos ya en la poshistoria. Y en Krinjabo, Costa de Marfil, eI cantante Michael Jackson acaba de hacerse coronar rey de su antigua tribu bajo las frondas sagradas de un árbol del pan, tal como si siguiéramos en plena prehistoria.
Que sean posibles tantas discrepancias en torno a la fecha en que vivimos indica que se ha acabado eso que el gran Hegel y el Pequeño Larousse llamaban la Historia Universal: la historia única. hegemónica, de atrás hacia adelante, con un sentido y con un fin. Y empieza ahora sí -u otra vez- la Historia de las historias locales, caótica, contada por un loco. Locales en el sentido de que los acontecimientos cuentan por lo que son y no por el sitio donde ocurren: tanto monta Caracas como Argel, y, evaporada esa "segunda Roma" que siempre quiso ser Moscú, ya no es necesario tampoco la Roma verdadera -es decir, Washington. No importan los estados y las ideologías totalitarios y globalizantes, sino los nacionalismos crudos, los localismos, y esa exacerbación del individualismo que es moneda de doble faz: por la cara, consumo, y por el sello, fe religiosa.
Tal vez sea eso lo que Edgar Morin llama en París "la Nueva Edad Media" que, según él, vivimos hoy. Y que, en su violencia de todos contra todos, se parece tanto a un nuevo Paleolítico. -

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