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Opinión

  • | 1980/12/11 00:00

    56 minutos

    Mientras el resto del mundo se enteraba del grave atentado terrorista contra Bogotá, el país veía cantar a unos niños adorables

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Durante 56 minutos Colombia no supo que mientras transcurría la posesión del presidente Alvaro Uribe, se había lanzado un ataque terrorista contra el Palacio de Nariño y la Plaza de Bolívar. Sólo lo supieron los que sintonizaron la CNN, por costumbre o por accidente.

Mientras ocurrían los acontecimientos y por un extraño fenómeno que sólo podría explicar Inravisión, todo el planeta, excepto Colombia, se estaba enterando de la verdad a través de unas imágenes tremebundas que se transmitían desde uno de los barrios más humildes de la capital: El Cartucho. Allí fueron a parar los misiles que tenían como blanco al Establecimiento central del país y a los representantes de la comunidad internacional.

Pero durante esos 56 minutos en los que las Farc bombardeaban a Bogotá y el mundo se enteraba de ello, Colombia veía por la televisión otras cosas.

Por ejemplo, veía cómo a los ex presidentes de Colombia y a sus señoras, cual tamal, se les embutía vía a la posesión de Uribe entre un bus que haría la corta ruta Palacio de San Carlos-Capitolio. Hay testigos que aseguran que en el trayecto a Ana Milena Muñoz le tocó sentarse al lado del conductor del bus. Que a Amparo Canal de Turbay le tocó irse de pie colgada de la varilla y que Marta Blanco de Lemos animó el ambiente tocando el cuatro. Pero todos vimos a través de Inravisión que Ernesto Samper, abordando el bus, arengaba a las masas con el pulgar victorioso hacia arriba. Sólo que como todo estaba acordonado y no había acceso al público, los únicos que podían aplaudirlo eran los integrantes del Batallón Guardia Presidencial.

Durante esos 56 minutos el país también vio a Alvaro Uribe llegar al Capitolio en una oscura ambulancia blindada. Y luego asumir el mando a través de una transmisión de Inravisión que francamente daba vergüenza, conducida por Xiomi, una ex animadora de un programa infantil, acompañada de una ex reina de belleza, y por medio de unas cámaras estáticas que se limitaban simplemente a registrar lo que buenamente les pasaba por delante. Oso de los canales privados, que por primera vez debutaban en una transmisión de mando.

Una de sus presentadoras, como augurando lo que se venía, dijo que en la Plaza de Bolívar había mucha calma porque afortunadamente estaba llena de "francotiradores". Otra dijo, cuando el presidente Uribe estaba saludando a la delegación internacional, que había llegado la hora del "besamanos". Otra más lanzada la corrigió, asegurando que lo que empezaba era el "lavatorio de manos".

Y así. Mientras el resto del mundo se enteraba del grave atentado terrorista contra Bogotá, nosotros aquí veíamos cantar a unos niños adorables, que intentaban convencernos de que "Ay, qué orgulloso me siento de haber nacido en Colombia".

Al mismo tiempo, la descomplicada Lina Moreno, cuya primera decisión de gobierno ha sido la de que no la llamen "primera dama", seguía con la cabeza los acordes de Vivaldi interpretados por una niña violinista genio, desde luego paisa: "De muerte", se veía que comentaba Lina, entre labios.

Durante esos 56 minutos la pasó muy mal uno de los hijos del Presidente, contra el que se ensañó una estática cámara de Inravisión que no le quitó el lente de encima. Enervado, se frotaba los dedos con la desesperación de alguien que intenta cumplir con su deber pero que internamente se hace la obvia pregunta: ¿Qué hago aquí?

Durante esos 56 minutos el país vio y escuchó al presidente del Congreso leyendo su discurso a través de un teleprompter que fue moderno cuando lo estrenó Alvaro Gómez hace 20 años, y que increíblemente hoy aún asombra a la audiencia. "Reforma o catástrofe", exclamó, tratando de hacer historia. Pero lo único que se registró de su discurso es que al Congreso no lo van a revocar. Y eso que lo diga el presidente uribista del Senado.

Durante ese bache de 56 minutos también intervino el nuevo Presidente de la República, quien no logró conciliar el dictamen de la opinión. Los más uribistas aplaudieron todo lo que dijo. Para el uribismo línea 'expectante', Uribe bajó preocupantemente el tono de su discurso de candidato. Para los uribistas sensatos simplemente aterrizó.

Pero durante esos 56 minutos el show se lo iba robando el presidente de Venezuela, Hugo Chávez. No sólo cantó al pie de la letra el Himno Nacional de Colombia, sino que fue el primero en homenajear con el ritmo de sus palmas a los niños cantantes del agasajo. "Güepa jé", casi gritaba en el salón de gobelinos del Palacio de Nariño, donde la austeridad, para tratarse de una transmisión de mando, era más que franciscana.

Y ahí, al lado de Chávez, estaba Alvaro Uribe, ya enterado del comité de bienvenida que le habían preparado las Farc. Pero puede que estuviera de cuerpo presente. Porque su mirada ensimismada y su mente divagante indicaban más bien que el nuevo Presidente de Colombia ya no estaba ahí. Se había ido a trabajar.
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