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Opinión

  • | 1996/07/08 00:00

    666

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Pocas cosas han sido tan folclóricas como la anunciada llegada de Belcebú a Colombia, habida cuenta de la interpretación del 6 de junio del 96 como la fecha escogida por el anticristo para materializar la cifra bíblica del 666. Aparte de la avalancha de bautizos que puso a trabajar horas extras a todas las parroquias a lo ancho y largo del país, no se vio por ningún lado algo anormal que pudiera asociarse con el acontecimiento. Salvo que el anticristo hubiera decidido llegar de incógnito, pero no es su estilo. Sin embargo, aprovecho la ocasión para echarle una repasada a los grandes temas nacionales, con el fin de investigar si en alguna parte se detecta la presencia clandestina del demonio. Estos son algunos: Violencia. Nada extraordinario en este campo. Colombia siguió manteniendo su promedio de muertes violentas por puñaladas callejeras, botellazos, tajos de machete, tiros de revólver, fusil, subametralladora y bazuca. Se mantuvo el promedio de masacres de guerrilleros a campesinos, de paramilitares a campesinos, de guerrilleros a paramilitares y de paramilitares a guerrilleros. La dosis de bombas no se alteró en forma sustancial por las épocas del 666; las minas quiebrapatas estuvieron dentro del promedio histórico y el número de secuestros no registró un aumento significativo. El país, en síntesis, se sostuvo en los primeros lugares del escalafón mundial de la violencia, sin que nadie pudiera encontrar un aumento intempestivo que se interprete como una llegada reciente del diablo. Pobreza. Tampoco se alteró la aguja en este renglón. Los estudios hechos entre el 5 y el 7 de junio no dan cuenta de un agravamiento sensible del país en este aspecto. Los cinturones de miseria siguieron acordonando las ciudades con un número no alterado de miserables. Las pesquisas sobre la cantidad de harapientos por semáforo mostraron una situación estable. Se pudo establecer que no se redujo por esos días el consumo de proteínas por habitante y que el índice de pobreza absoluta no sobrepasó el 60 por ciento de la población, igual que en los censos anteriores. Narcotráfico. Hubo cierta dificultad para detectar alguna variación en este aspecto, porque desde antes de la fecha señalada para la llegada del anticristo Colombia ya ocupaba el número uno en varias listas, y por eso la permanencia del país en ese renglón no arrojaba resultados claros. Sin embargo, al cabo de algunos días se aclaró todo: Colombia está, en efecto, como campeón mundial de producción de drogas y las mafias de narcotraficantes criollos siguen siendo las más potentes del planeta, pero las toneladas de cocaína exportada, las hectáreas de siembra de amapola y coca, así como el número de sus efectivos, se mantuvo dentro de las cifras que se estaban manejando antes del 666. Corrupción. Sin novedad en el frente. No se aumentó en uno solo el número de parlamentarios en la cárcel acusados de testaferrato o de enriquecimiento ilícito. No hubo un solo procurador, un solo contralor, un solo ex contralor, un solo ministro de Defensa ni un solo tesorero de campaña liberal que fuera encarcelado durante esos días, adicional a los ministros de Defensa, senadores, contralores, ex contralores o procuradores que ya habían sido encarcelados con anterioridad. ¡Ni uno solo! El proceso de juicio al Presidente no registró por esos días acusaciones distintas a las de ingreso de dinero del narcotráfico, que como es de todos sabido ya habían sido formuladas con anterioridad al 666. La única novedad estuvo por el lado de las acusaciones que se cruzaron los parlamentarios que intervienen en el debate en la Cámara, que de comprobarse agravarían en forma seria el grado de corrupción de la clase política. Pero como esos delitos no han sido demostrados, no entro a prejuzgar, pues no es mi estilo. De modo que tranquilos, el anticristo no ha pasado por aquí.
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