Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2016/04/21 15:09

A fuego lento...

...se cocina el puchero de La Habana. No vaya y sea que los comensales, atiborrados de pan en la larga espera, desprecien viandas que pueden ser suculentas.

Jorge H. Botero. Foto: Archivo Particular

Pocos avances se registran en semanas recientes en La Habana. Es normal que así suceda; en cualquier negociación los asuntos de mayor complejidad se dejan para el final. En este caso, los de concentración de guerrilleros, dejación de armas y desmovilización.

Se encuentra también pendiente la refrendación popular, la cual, por disposición del Acuerdo Marco, debe ser establecida por las partes. Este compromiso fue un error: los mecanismos de participación ciudadana están previstos en la Carta Política; no puede haber otros. Por eso el Gobierno, a pesar de que incumple un compromiso, se vio forzado a impulsar una ley en el Congreso para establecer que el mecanismo fuera un plebiscito.

Esta fórmula, que se encuentra bajo revisión constitucional, no ha sido aceptada por la guerrilla que sigue insistiendo en una constituyente inviable por razones tanto políticas como jurídicas. La “refundación de la patria” no está en la agenda nacional.

A pesar de la tardanza en el cierre del proceso, es razonable asumir que las Farc están decididas a salirse de la “guerra”; y que ahora juegan a optimizar las conquistas ya obtenidas, que no son pocas. Pero para desplegar esa estrategia tienen un tiempo acotado por el ciclo político interno y porque el Gobierno, hasta donde se sabe, les ha demostrado que sus líneas rojas son, en verdad, tales.  

En todo caso, como se avizora el fin de la negociación y bajo el supuesto de que, habiendo plebiscito, este emerja triunfante de las urnas, llegaremos a lo que apropiadamente el Gobierno llama el posconflicto, que no es nada diferente a la finalización del uso de la violencia con fines políticos por parte de actores armados distintos del Estado.

El posconflicto no es “La Paz”, así escrita entre comillas, mayúsculas y luces de colores. El acuerdo de La Habana la coloca en un futuro de plazo indeterminado, para cuya realización el fin de la confrontación armada es un requisito previo. Más apropiadamente diríamos que esa paz, concebida como la resolución final y definitiva de los conflictos sociales, es inalcanzable. En un sentido menos ambicioso pero realista, la paz no es otra cosa que el silencio de los fusiles. Y en tal sentido posconflicto y paz acaban siendo la misma cosa. ¿Correcto mi querido Elkin?

Dicho esto hay que salir al quite contra una expresión que comienza a oírse: “posacuerdo”. No se puede minimizar el producto que de la mesa resulte y que, eventualmente, los colombianos respaldaremos con nuestros votos. Estampar las firmas de los representantes de la guerrilla y del Estado en las hojas de papel que plasmen unos compromisos que han de ser solemnes, no es asunto de mero trámite. Están llamadas a marcar un punto de inflexión para nuestro país. Ojalá que para bien, lo cual, por supuesto, está por verse. El futuro es, para usar la expresión de los geógrafos del medioevo, “Terra incognita”.

Incierto es, para no ir más lejos, el “dividendo de paz” que más con el deseo que con buen herramental prospectivo se ha planteado.  Téngase en cuenta esta simpleza: el desempeño de la economía obedece a múltiples causas, muchas de las cuales escapan a la acción de las autoridades nacionales de cualquier país. Que China, por ejemplo, baje su tasa de crecimiento del 12%, que se registraba hasta hace pocos años, al 6.4% prevista para este año, tiene efectos profundos, directos o indirectos, en el resto del mundo, incluso para las economías más grandes y las menos interconectadas a los flujos mundiales de comercio e inversión.

Como el escenario del conflicto colombiano es rural, el dividendo de paz tendría que materializarse fundamentalmente en el campo. Para que ello suceda se requieren volúmenes cuantiosos de inversión pública y privada.

Respecto de la primera, el problema es que dineros frescos estatales en cuantía suficiente para ese propósito no habrá hasta cuando salgamos de la severa crisis fiscal y de balanza de pagos que hoy padecemos. Es más: ha sido la inversión pública la que se ha recortado para hacer frente al desplome de la renta petrolera, que ha caído de 2.3% del PIB a casi cero en dos años. Resultado lamentable pero inevitable dadas las inflexibilidades del gasto corriente de la Nación.

Con relación a la inversión pública externa, no cabe esperar contribuciones generosas de los países europeos, que siguen afectados por los problemas de estancamiento, terrorismo y súbitas cargas sociales asociadas a la atención de las poblaciones migrantes provenientes del Norte de África y el Oriente Medio.  El aporte ofrecido por Obama no pasa de ser “indulgencias con padrenuestros ajenos”. Sus promesas dependen de un Congreso hoy de mayoría republicana que poco simpatiza, por decir lo menos, con guerrillas comunistas. Si esas mayorías se mantienen en las elecciones de noviembre, olvídese de esa “plática”.

Sin duda, las multilaterales pueden aportar recursos vía crédito aunque con limitaciones: la necesidad de cumplir la regla fiscal, que es el mecanismo para garantizar la prudencia en el manejo de las finanzas de la Nación, limita la capacidad de endeudamiento.

En cuanto a la inversión de empresarios nacionales, es obvio que para que se materialice en los montos necesarios antes que nada se requiere que haya seguridad. El reciente paro armado, que afectó varios departamentos, no permite formular buenos augurios; tampoco el auge de los cultivos ilegales, los cuales desplazan por medio de la violencia o por su superior rentabilidad la actividad agropecuaria lícita de los particulares.

Es igualmente necesario que el ambiente sea propicio para la actividad empresarial de lo cual caben dudas: el acuerdo sobre desarrollo rural está soportado en subsidios estatales y pequeñas parcelas. La armonización de los espacios campesinos y empresariales sigue siendo, en el mundo real, una asignatura pendiente.

Por supuesto, es posible y deseable un escenario en el que nos bañen ríos de leche y miel. Como ya dije, el futuro es incierto.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.