Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2001/06/11 00:00

¿A qué horas?

A qué horas ese periodista mediocre que es Artunduaga terminó siendo el mártir de la libertad de prensa en Colombia

¿A qué horas?

No sé a qué horas el gobierno se dejó meter en un episodio tan desagradable como el de la polémica suscitada por la salida de Artunduaga de la cadena radial Caracol. Y por cuenta de él, está a punto de revivirse el enfrentamiento entre Andrés Pastrana y Julio Mario Santo Domingo, sin que ninguno de los dos tenga el menor interés de revivirlo.

Antes de la fatídica carta del jefe de prensa de Palacio, de la que obviamente él no es autor, el episodio se limitaba solamente a eso: a que un periodista mediocre había tomado la decisión de retirarse de uno de los programas más populares de la radio. (“Tan mediocre cuando lame como cuando muerde”, dijo la semana pasada en su columna de El Tiempo el ‘incisivísimo’ Mauricio Pombo). ¿Y qué pitos tocaba el gobierno en esa renuncia? Pues ninguno. No veo cómo un gobierno puede ser el responsable de que un periodista renuncie a un puesto. Pero quedó de responsable. Y repito, no sé a qué horas.

Previo a este episodio, al gobierno se le había acusado de la manera más injusta de intentar censurar el programa La Noche, por la sencilla razón de haber transmitido su preocupación de que se entrevistara en televisión al jefe de las autodefensas proclamando a los cuatro vientos que casi secuestra al consejero para la Paz, Camilo Gómez, como si los gobiernos no tuvieran derecho a opinar sobre lo que hacen los medios. Y lo mismo: no sé a qué horas el gobierno quedó de censor de un programa de televisión que no censuró, porque de hecho, éste salió al aire por cuenta de que las directivas de la cadena RCN tomaron la decisión libre y unilateral de emitirlo al día siguiente, sin que nadie se lo hubiera impedido.

Yo lo vi, como lo vieron muchos colombianos que a esa hora habrían estado dormidos, de no haber sido por el escándalo que se fue construyendo en torno a su contenido. (En este sentido las inquietudes manifestadas por el gobierno resultaron más torpes que útiles: aumentaron definitivamente el rating del programa). Y por cierto, me pareció malísimo: extraño en Claudia Gurisatti, que nos tiene tan acostumbrados a su excelente olfato periodístico, allí no hubo entrevista, ni nada que se le parezca, al señor Carlos Castaño. Sencillamente, con una fórmula totalmente antiperiodística, lo dejaron decir lo que quiso a través del teléfono, y luego pusieron a dos invitados —que tampoco entiendo por qué se dejaron hacer esa prueba— a editorializar sobre las declaraciones del jefe de las autodefensas, sin que las palabras de Castaño hubieran ameritado polémica de ninguna especie por parte del programa periodístico. Si el programa salió, y los colombianos lo vimos, ¿a qué horas el gobierno quedó como su censor? ¿A qué horas?

Pero más increíble aún: ¿a qué horas el samperismo se yergue como el defensor de la libertad de prensa, amnésico del gobierno en el que mediante una ley comprada a punta de favores gubernamentales se acalló a los noticieros de televisión enemigos del gobierno? ¿A qué horas se atreve el samperismo a poner su dedo acusador contra el gobierno Pastrana, cuando en el gobierno Samper al director del DAS de la época y hoy flamante magistrado del consejo electoral, Marco Tulio Gutiérrez, se le descubrió un memorando que contenía una lista de enemigos del gobierno a los que había que investigar tributariamente para neutralizarlos? (Al que le interese, puedo suministrarle una copia con anotaciones a mano de su autor).

Pero más increíble aún es a qué horas ese periodista mediocre que es Artunduaga terminó siendo el mártir de la libertad de prensa en Colombia. Un periodista mediocre cuya función en La Luciérnaga era dejarse decir “sapo” en medio de las carcajadas de sus compañeros. Un periodista mediocre al que con frecuencia le hacían la mofa cambiándole el apellido: ni eso merecía respeto. Un periodista mediocre al que permanentemente se le recordaba en el mencionado programa radial que Ernesto Samper le premió su fidelidad entregándole unas emisoras de radio, que no sé si fueron las que tuvo que vender para pagar los impuestos que le debía al Estado colombiano. Un periodista mediocre cuya entrevista más importante se la hizo al inmolado ministro de Justicia Rodrigo Lara, en una oportunidad en el que éste aceptó recibir a Artunduaga para hablar con él off de record (primer mandamiento del periodismo) sin saber que el periodista llevaba una grabadora entre los calzoncillos, que utilizaría para traicionar al Ministro, publicándole unos días más tarde textualmente la conversación privada que habían sostenido. Un periodista mediocre que no deja huella en el periodismo nacional, salvo por este lamentable episodio que nos suscita la misma pregunta, una y otra vez: ¿a qué horas?



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