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Opinión

  • | 2006/10/22 00:00

    ¿A quién le interesa el Acuerdo?

    Carlos Alverto 'Plotter', ex miembro de las Farc y quien se encuentra fuera del país, da su visión sobre la posibilidad real de un acuerdo humanitario con el gobierno de Álvaro Uribe.

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Mientras intentaba dar una respuesta a la pregunta que encabeza este artículo estalló la bomba en las instalaciones de la Universidad Nueva Granada. El ambiente frente al acuerdo se enrareció por las decisiones de las dos partes, marcadas como están por el extremismo en la acción. Pero la respuesta a la pregunta no deja de ser la misma: el acuerdo humanitario les interesa a ambos.

Sin duda, el carro bomba dificulta el intercambio y merece la mayor de las condenas: es una acción en contra de la comunidad académica, a la que se quiere vincular en la confrontación. Con actos como este, las Farc difícilmente lograrán convencer a la comunidad internacional de que les quite el calificativo de “terroristas”.

La respuesta del gobierno no pudo ser más violenta, al cerrar las posibilidades de un acercamiento para tratar el acuerdo humanitario. La onda expansiva del carro-bomba también rompió la ventanita que posibilitaba un diálogo frente a frente entre dos partes caracterizadas por su verticalidad y su afán de mostrar fortaleza.

Mientras muchos comandantes, mandos medios y guerrilleros de base esperaban y se preparaban para el desarrollo de una actividad política en que la palabra y los hechos de Farc llegaran a un feliz término con la salida de los combatientes de las cárceles, los más radicales y despolitizados de la organización se empeñaban en ejecutar actos de guerra, arrasando con la esperanza no sólo de los colombianos, sino también de los países amigos que le apuestan al intercambio. Nada distinto de lo que ocurrió en febrero de 2002, cuando terminó el proceso de paz. Se muestran así dos líneas de acción dentro de las Farc. Los guerreristas, en su enloquecida carrera, arrastran a los políticos revolucionarios y entorpecen la construcción de salidas negociadas.

Los sectores más radicales del lado del Gobierno no tardaron en susurrar voces también guerreristas haciéndole el juego a las Farc para comenzar un nuevo ciclo de acusaciones mutuas y de violencia. Pero como está demostrado, Colombia no es quietud. Todo cambia de un día para otro y no se debe cesar en el empeño de abrir el espacio para el acuerdo. Las FARC tienen que entender que se puede partir de elementos de cooperación sin buscar lo que los teóricos llaman “suma cero”. La reciprocidad en la cooperación logra que se establezcan elementos para el avance de los intereses de las partes.

La reacción del Gobierno también demostró la confusión que reina entre los dos temas gruesos que tiene que tratar con las FARC: acuerdo humanitario y posibilidades de diálogos de paz. Los dos temas no son excluyentes, pero tampoco son complementarios: si se le pide al primero que sea también el segundo, no habrá ni lo uno ni lo otro.

Pero si se separan los dos temas -el acuerdo humanitario y los diálogos de paz- es mucho más fácil buscar alternativas que posibiliten el llegar a un encuentro directo entre las partes. Gobierno y FARC tienen necesidades compartidas frente a la población colombiana y frente a la comunidad internacional. La tarea entonces es hacer que los caminos coincidan.

Para las Farc, el acuerdo es el escenario que les brinda la posibilidad de recuperar reconocimiento como actor político y de reposicionarse en el ámbito internacional, mostrándose como una fuerza capaz de cumplir con las normas de la guerra. Así también le demuestran al país su voluntad de encontrar salidas a la confrontación y de paso recomponen el trabajo de la diplomacia como elemento inscrito dentro de la táctica. A propósito de táctica, con el acuerdo las Farc también sueltan hombres-arma-combatientes que tienen amarrados en el trabajo de cuidar retenidos y que necesitan con urgencia en la actividad armada, política y organizativa.

Por otra parte, todo el mundo sabe que Marulanda está comprometido con el acuerdo y no quiere morir sin sacar a sus hombres de la cárcel.

Al Gobierno también le conviene el acuerdo. Además de aliviar el sufrimiento de las familias y de quitarse de encima la presión internacional, envía el mensaje de que no sólo negocia con paramilitares y que está dispuesto a posibilitar una intermediación de la comunidad internacional, como lo propuso el Presidente desde la primera campaña electoral. Sobre todo, en un momento en el que el Estado se ha fortalecido notoriamente y las FARC han decaído, el costo militar del intercambio es bajo frente al tamaño de las ganancias políticas.

Tiene razón entonces Iván Márquez cuando dice que hay que coger el toro por los cachos y hacer el intercambio. Son mayores los intereses que las partes comparten que los que las separan. Y si las partes demuestran que son capaces de negociar un acuerdo serio, se sienta un precedente importante para abrir la negociación que todos queremos más adelante. Una negociación que tenga la paz como elemento estratégico y no como parte de la táctica.
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