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Opinión

  • | 2011/10/11 00:00

    "A todos hay que recibirle"

    Basta observar que tales prácticas están tan enquistadas en el trajín electoral de nuestros pueblos, que desde ya se puede cantar derrota en la lucha por tratar de erradicar el clientelismo.

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Aquí en Girón (Santander), donde vivo, tengo un vecino que es dueño de una tienda donde venden la cerveza más fría del barrio. Pero el atractivo principal no es ese, sino que allí se practica la mejor conversación de toda la cuadra. El barrio se llama La Campiña y él se llama Heriberto, y la tienda se llama Beto, para más señas.

Heriberto –a quien nunca le he dicho Beto- acaba de estrenar gafas. No tuve que preguntarle dónde las había comprado, porque él mismo me contó que se las regaló un candidato al concejo. Cuando quise hacerle ver que eso es vender el voto, con la sonrisa que siempre le acompaña me concedió la más filosófica de todas las respuestas: “no importa, porque no es el único regalo que me han dado”.

Por la alegría de su mirada pude notar que el hombre se siente muy a gusto con lo que le está pasando, y no es para menos, pues sólo en las dos últimas semanas otro candidato al concejo lo ‘atendió’ con la fumigación de su tienda, y uno diferente a los dos anteriores lo invitó a un almuerzo con “lo típico de Chucurí”, y otro le regaló una pala que no necesitaba, e incluso hubo un candidato a la alcaldía que pasó anunciando la rifa de balones de fútbol autografiados por el ‘Pibe’ Valderrama para los que asistieran a la inauguración de unas canchas, con la asistencia del mismísimo famoso jugador, donde lo primero a considerar es si tiene presentación que una figura tan emblemática de la idiosincrasia nacional se preste para ser usado de esa manera. Por lo visto el ‘Pibe’ debió pensar que no le sobraban esos pesos, aunque no se entiende muy bien qué tanto puede aportarle un futbolista que vive en Santa Marta al debate electoral de Girón.

En esta brega he podido comprobar además que son los tenderos los más agasajados, y ello se explicaría en que es desde las tiendas que se corre el ‘voz a voz’ por todo el pueblo. Pero no se piense que son ellos los únicos beneficiados, no. Entre muchos gironeses (y cuando digo muchos son más que bastantes) se da por descontado que la mayoría de votos no los consigue el que plantea las más atractivas propuestas de desarrollo, sino el que más regalos da o mejores favores hace. Como este: la campaña de un candidato a la alcaldía recoge firmas para lograr que a la empinada calle principal de La Campiña le pongan reductores de velocidad: el candidato propone que si se consiguen “al menos cien firmas”, él logrará que la alcaldía ponga los ‘policías acostados’. De donde se concluye que el candidato busca “al menos” cien votos entre los residentes sobre esa vía, y que si logra cumplir su promesa antes del 30 de octubre, tendría que ser porque es amigo del alcalde.

A la campaña de otro candidato a la alcaldía -¿o tal vez es la misma?- se le escucha anunciar con ruidoso megáfono el funcionamiento de un ‘restaurante comunitario’, con almuerzo gratis para todos los que quieran “acompañarlo en su aspiración”. Y así podríamos seguir citando casos, donde se hace evidente que en muchos pueblos de Colombia la actividad política electoral se concentra en la repartición de favores, fiestas, palas, rifas, balones, diversión y comida al por mayor.

Lo llamativo del asunto es que la gente no se siente haciendo algo indebido al aceptar tales ‘atenciones’, quizá porque provienen de tan variados pretendientes. El negocio consiste básicamente en que de un lado hay una sarta de candidatos locales desesperados por hacerse cada uno a su propia clientela para asegurar el triunfo, y del otro están los que reciben la paga cuantas veces la ofrezcan, sólo que “sin compromiso”, pues ni modo de comprobar si depositó efectivamente su voto por quien pretendió comprárselo.

Sea como fuere, basta observar que tales prácticas están tan enquistadas en el trajín electoral de nuestros pueblos, que desde ya se puede cantar derrota en la lucha por tratar de erradicar el clientelismo, sobre todo en tiempos de campaña. Tratándose de un mercado donde la oferta supera con creces la demanda, es comprensible entonces la respuesta cargada de sabiduría popular que me dio Heriberto cuando traté de convencerlo de que uno no debe vender el voto: “no señor, usted está equivocado. A todos hay que recibirle (sic)”.

*http://jorgegomezpinilla.blogspot.com/
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