Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1994/11/21 00:00

ABAJO LA MONARQUIA

Los `papparazzi' le contaron al príncipe Carlos sobre Diana lo que él nunca hubiera sido capaz de establecer por su propia cuenta.

ABAJO LA MONARQUIA

DESDE LOS CUENTOS DE HADAS HASta las historias más mundanas coinciden en que la vida de los reyes y los príncipes ha sido siempre aburridísima. Está llena de compromisos formales, de normas de etiqueta insoportables, de ceremonias interminables, de desfiles en carrozas, de procesiones, de atuendos incómodos y calientes, de habitaciones frías, de venias hipócritas, de aislamiento, de soledad y de tristeza. A juzgar por lo que se sabe, no existe nada más tedioso que la vida de un rey.

Antiguamente los reyes tenían la ventaja de que, en medio del aburrimiento, podían dictar normas sin contenerse y su palabra era el equivalente, o incluso más, que la palabra de Dios. Con el tiempo esta prerrogativa se ha ido perdiendo, y de esas ventajas que siempre tuvo ser monarca soberano no va quedando ninguna. De pronto la de no trabajar, si es que se puede considerar más divertido no hacer nada que hacer algo.

Lo que simbolizó siempre la dicha de ser el rey fué esa desfachatada, atrevida y olímpica manera que siempre han tenido los reyes de escoger a sus mujeres. Y, llegada la ocasión, de cambiarlas, sin que esto representara, en manera alguna, una arbitrariedad reprochable. Al contrario: si por algo han sido envidiados los monarcas es por tener esa facultad de elegir mujer permanente o temporal sin consultarle a nadie, incluidas, por supuesto, la esposa o la concubina.

En la historia universal de la realeza nadie se ha preguntado jamás si los reyes se casaron enamorados de sus mujeres. Sería inaudito. Los matrimonios a ese nivel se celebraron casi siempre para agrandar la extensión de los dominios, para finalizar guerras, para comenzarlas, para neutralizar enemigos o para agrandar ejércitos. En algunos casos por capricho y en los más raros por amor.

Ahora la realeza produce ganas de llorar, pues sus privilegios se están acabando. El poder del periodismo logró llegar al extremo de ganarse el derecho de contabilizarle las escenas de cama a los monarcas, de investigar la identidad de sus amantes y, lo que es mucho más grave, de contárselo a todo el mundo. El resultado de ese mal ejemplo liberal es que los valores se invirtieron y el rey perdió el derecho a hacer lo que se le venga en gana, no digamos ya en el reino, sino inclusive en su propia cama.

Y que decir de su consorte... El caso de Diana Spencer es terrible. La angelical princesa, hastiada de la soledad de los palacios, terminó encontrando normal abrigo en los brazos cálidos y comprensivos de un apuesto profesor de equitación, pero los implacables papparazzi acabaron, de sapos, contándole al príncipe heredero sobre Diana, lo que el nunca hubiera sido capaz de establecer por su propia cuenta. Pero lo que es más grave es que un pecado que en las historias serias de los reyes ha debido terminar en guillotina, está siendo resuelto a base de tibios comunicados de prensa, redactados por funcionarios de turno del palacio real de Buckingham.

Pero el más penoso de todos es el escándalo más reciente. Con el patrocinio del propio príncipe Carlos, quien suministró la información general, se reveló a través de un libro que el heredero al trono de Inglaterra se casó sin estar enamorado de su mujer. Valiente cosa! Siglos y siglos de matrimonios por conveniencia, impuestos siempre a las malas y no pocas veces con la fuerza de la espada, para que venga el príncipe-jardinero de finales del siglo XX a publicar un libro quejándose de su mala suerte. Mandó publicar el príncipe, con el alma desgarrada, que su madre, la reina Isabel, era una mujer distante, y que su padre, el duque de Edimburgo, era un hombre frío y recio. Qué esperaba, que la reina de Inglaterra se comportara con el como si fuera Novicia Rebelde? Creerá que lo acompañamos en su pena?

Que bueno sería que las aguas regresaran a su cauce y que los reyes se comportaran como reyes. Porque por este camino -con notario entre la cama y con lamentos de niños consentidos- están renunciando al más sabroso de sus privilegios y claudicando ante la más elemental de las normas de la dignidad. Pero si la modernidad exige que el asunto deba ser así, que se acabe la monarquía.-

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