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Opinión

  • | 1985/10/28 00:00

    ¡ABAJO LA TAUROMAQUIA!

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La semana pasada, en esta misma revista, un periodista anónimo pero entusiasta, en el colmo de la emoción, escribió una graciosa crónica sobre la tauromaquia y los toreros que han fallecido recientemente en los ruedos españoles. "Dos muertos en un año -dice el articulista mencionado- le demuestran a cualquiera que el toreo es un asunto peligroso, además de ser un arte y una ciencia, y encima un espectáculo. Lo que liga todo eso, y lo convierte en fiesta, es la sangre"
Vamos por partes, que son muchas cosas juntas para un solo párrafo. En primer lugar, es cierto que el toreo es un asunto peligroso, especialmente para el toro. Segundo: dos toreros muertos en un año lo que le demuestran a cualquiera es que tenemos toda la razón del mundo quienes nos oponemos abiertamente a la tauromaquia. Porque si antes la combatíamos porque ella produce la muerte atroz de los animales de cuatro patas, ahora también sostenemos que además, ocasiona la muerte de un animal más valioso: el hombre.
El autor de la reseña mencionada cuyo nombre ignoro, vuelve sobre un par de adjetivos que los taurofilos han amasado a lo largo de los años, apropiándose de ellos, para defender su afición: la llaman arte y ciencia. Creo que es un despropósito. Mejor dicho: son dos despropósitos. Desde muy joven, cuando el toreo se me convirtió en el antitema favorito, he tenido la impresión de que nada que sea cruel puede ser artístico en si mismo.
Santo Tomás, que sabía de estas cosas a pesar de lo que digan sus detractores afirmaba que el arte produce placer porque es bello. Lo que no se puede confundir es la obra final con los motivos que la inspiraron. Pensar, por ejemplo. que lo maravilloso no es el cuadro de los toreros de Goya, sino la corrida que lo originó, es un sofisma tan inocente como imaginarse que el artista no era Picasso cuando pintó Guernika. sino el general Franco cuando ordenó el bombardeo.
¿Puede considerarse obra de arte, entonces, el hecho de acuchillar a un animal asustado, sangrante, con los músculos superiores destrozados por el garrochero, cansado, acezante, aturdido por los gritos? Porque el toro no embiste con la intención de hacer daño sino por fatalismo. El único que hiere a conciencia es el hombre. Peor todavía: ¿es artístico el doloroso positrote de un caballo con las tripas al suelo, moribundo y tambaleante, huyendo del toro que lo ha herido y que lo mira sin saber lo que ha hecho? Y la más terrible de todas las preguntas posibles, especialmente en estos días ¿exalta la condición humana, como debe hacerlo todo arte verdadero, la escena de un hombre que cuelga de un cuerno, con el corazón tocado, los ojos vidriosos hacia el sol de la tarde, sus amigos sufriendo en los tendidos, la multitud angustiada y llorosa, la muerte aleteando en torno suyo como un gallinazo, la arena mojada de sangre fresca?
Espectáculo si es, qué duda cabe, porque cumple con el requisito de entretener a la gente, aunque sea a condición de remover los instintos más bajos de la naturaleza humana, el juego con el peligro, la tendencia a la morbosidad, la agonía. Como espectáculo, al fin y al cabo, la fiesta brava, que tiene mucho de brava y poco de fiesta, ha servido de tema para algunas obras, que no llegan a ser de arte porque son menores y prescindibles, como los poemas folclóricos de García Lorca, esa especie de Escalona andaluz que componía vallenatos sin música por los caminos de Granada.
Durante mucho tiempo me ha perseguido la desgarradora sospecha de que gran parte de los taurofilos no va a la plaza con la ilusión de ver morir al toro, sino con la secreta esperanza de ver morir al torero. Eso es lo más terrible, Pero Ortega y Gasset, que pensaba muy bien aunque escribía muy mal, tenía otra teoría, que a mi me parece una de las más lúcidas e imaginativas que se han planteado sobre este asunto: decía el filósofo que lo que hace atractiva la corrida es la lucha estética, simétrica, geométrica -y tétrica, agrego yo- entre las dos líneas opuestas. El horizontal perfecto, que es el toro, y el vertical perfecto, que es el torero parado como una raya sobre el polvo del albero.
Como una "T" mayúscula acostada.
Esas, naturalmente, son diversiones intelectuales. Juegos de ideas. La verdad es menos bella y más concreta: el toreo es un combate mezquino entre un contendor que piensa y un adversario que no. Ahí es donde radica su descomunal desigualdad. Los taurófilos dicen que el animal lleva la ventaja porque tiene la fuerza, el empuje, el instinto arrollador. No es cierto. En la naturaleza no hay fuerza bestial que pueda superar al raciocinio. El tigre muere a escopetazos, a pesar de sus colmillos y garras, porque el hombre se oculta, espera que pase y le dispara sobreseguro. Un elefante monumental es fácilmente derrotable: basta con esconderle una trampa bajo las hojas.
El torero, aunque parezca mentira, piensa. Si pierde su capote puede asaltar la cerca, correr y escabullirse. ¿Se imaginan ustedes un toro que se hiciera esta reflexión: Ahora que este majadero se me venga encima con ese cuchillo largo y esos pantalones ridículos, le saco el cuerpo, lo hago caer, me brinco la barrera, regreso al campo a vivir feliz con mi vaca y mis terneros, y lo hago quedar como un zapato delante de todo el mundo"? ¡ Lo que gozaría yo ese día! Pero no es posible porque la diferencia está ahí: el que piensa gana. Un millón de cuernos vale menos que dos neuronas.
La tauromaquia, en fin, no es lo mejor de España. Es de lo peor. Lo mejor de España es el sol de Valencia, las ventanas de El Escorial, las cigalas, los percebes, la gracia callejera y gritona, don Antonio Machado, el jerez "Tio Pepe" y, por encima de todo, esas muchachas voluptuosas que uno ve, ligeritas de ropa, en las avenidas de Madrid bajo el verano blanco de julio, que caminan haciendo una revolución de faldas, de muslos, de caderas y... ¡y olé!
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